Irán: cómo derrocar un régimen sin invadir un país

La presión aérea combinada con insurgencias y levantamientos internos podría ofrecer una alternativa a otra guerra terrestre en Medio Oriente.

Por Victor J. Quiñones-Martínez, Esq.Opinión|

Victor J. Quiñones-Martínez, Esq. (Suministrada)
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Desde que comenzó el conflicto con Irán, una de las grandes preguntas era inevitable: ¿sería necesario enviar tropas para provocar la caída del régimen teocrático en Teherán?

La sola idea de una invasión terrestre generaba preocupación en muchos círculos estratégicos, y no es difícil entender por qué. Irán no es un país pequeño ni fácil de ocupar. Tiene más de 80 millones de habitantes, un territorio extenso y una estructura militar profundamente vinculada al régimen, particularmente a través de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC).

Cualquier intervención terrestre implicaría riesgos enormes, tanto militares como políticos. Las lecciones de Irak y Afganistán todavía pesan en Washington. Las guerras largas, con miles de bajas y proyectos interminables de “nation building”, dejaron una huella profunda en la política exterior estadounidense.

Por eso llaman la atención los reportes recientes sobre movimientos de rebeldes kurdos basados en Irak que estarían operando dentro del territorio iraní. Según informes, miles de combatientes habrían cruzado la frontera desde Irak hacia Irán, incluyendo miembros de grupos como el Partido de la Libertad del Kurdistán (PAK), la Sociedad de los Trabajadores Revolucionarios del Kurdistán Iraní (Komala) y el Partido Democrático del Kurdistán Iraní (KDPI), algunos ya en posiciones cercanas a ciudades fronterizas. Aunque hay versiones contradictorias sobre si la ofensiva ha comenzado plenamente o aún está en fase de preparación, es evidente que actores internos están entrando en acción.

Algunas fuentes también señalan que la CIA está trabajando para armar a estas fuerzas con el objetivo de fomentar un levantamiento popular, y que Estados Unidos e Israel están proporcionando apoyo aéreo, incluyendo ataques en la frontera Irak-Irán para degradar las defensas iraníes.

Más allá de los detalles que todavía se están desarrollando, estos eventos sugieren que el camino que se está siguiendo podría ser otro.

En lugar de depender de tropas estadounidenses o israelíes en el terreno, la estrategia parece apuntar a algo distinto. Debilitar al régimen desde el aire mientras aumentan las presiones internas y se fortalecen insurgentes locales.

No sería la primera vez que se intenta este modelo. En 2011, en Libia, la campaña contra el régimen de Muamar Gadafi se basó precisamente en esa fórmula. La intervención de la OTAN se concentró en ataques aéreos que degradaron la capacidad militar del régimen mientras fuerzas opositoras avanzaban desde dentro del país.

El poder aéreo puede limitar la movilidad del régimen, destruir infraestructura militar y reducir su capacidad para reprimir a sus propios ciudadanos. Cuando eso ocurre, los actores internos, desde grupos insurgentes hasta sectores de la población, pueden encontrar el espacio necesario para desafiar al poder establecido.

Nada de esto garantiza un desenlace rápido ni ordenado. Pero sí evita uno de los escenarios más peligrosos. Una guerra terrestre directa en Irán con tropas extranjeras involucradas.

Además, esta estrategia encaja con una visión que ha ganado terreno dentro de la política estadounidense en los últimos años. Donald Trump fue particularmente crítico de las intervenciones militares prolongadas y del enfoque de “nation building” que marcó buena parte de la política exterior posterior al 11 de septiembre. Su filosofía ha sido clara. Ejercer presión cuando sea necesario, pero evitar meter a Estados Unidos en nuevas guerras interminables.

Si los acontecimientos recientes continúan en esta dirección, podríamos estar viendo precisamente ese enfoque en acción.

La pregunta ahora no es si habrá tropas extranjeras en suelo iraní. La verdadera interrogante es si las fuerzas internas serán suficientes para cambiar el balance del poder.

Sobre el autor:

Victor Quiñones es abogado y analista con un destacado trasfondo en asuntos de relaciones internacionales. Obtuvo su Bachillerato en Política Internacional de la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown, donde se especializó en temas de seguridad global, Europa Oriental/Antigua Unión Soviética y el Medio Oriente. Posteriormente, completó su Juris Doctor con honores en la Universidad de Pennsylvania.

Cuenta con más de veinte años de experiencia legal, combinando su formación académica en relaciones internacionales con una práctica enfocada en asuntos de gobierno, recuperación ante desastres, infraestructura crítica y cumplimiento regulatorio. Ha asesorado a agencias públicas y entidades privadas en la implementación de políticas públicas complejas, procesos de contratación, alianzas público-privadas y reestructuración fiscal.

Esta trayectoria, junto a su preparación en geopolítica y seguridad internacional, le permite analizar con profundidad el contexto político de conflictos como el de Medio Oriente. Como observador agudo del conflicto en Medio Oriente y su impacto en el orden internacional, Quiñones aporta una perspectiva que combina análisis legal, histórico y estratégico.