OPINIÓN: ¿A quién le creemos?
Por Juan Luis Camacho Semidei|Opinión|
Hay preguntas que nacen de la curiosidad, otras de la indignación y algunas, como esta, nacen del cansancio. ¿A quién le creemos? ¿A la versión oficial de La Fortaleza? ¿A la versión corregida? ¿Al comunicado de la mañana, a la conferencia de la tarde o al “eso no fue lo que yo dije” de la noche?
La administración de Jenniffer González empieza a parecerse a una telenovela gubernamental: alguien fue defendido, alguien fue cuestionado, alguien renunció, alguien dijo que no sabía, alguien aseguró que todo estaba bien y, tres días después, ya nada estaba bien.
El problema no es que un gobierno enfrente controversias. Todo gobierno las enfrenta. El problema es cuando la controversia deja de ser excepción y se convierte en método: primero se niega, luego se minimiza, después se defiende al funcionario “a capa y espada” y finalmente se le retira la confianza, el nombramiento, la silla y hasta la foto oficial.
Comencemos por Verónica Ferraiuoli. La funcionaria que enfrentó señalamientos por no rendir planillas, pero que inicialmente fue defendida como si aquello fuera un detallito de contabilidad. En cualquier gobierno serio, si usted aspira a secretaria de Estado, lo mínimo es tener sus planillas en orden. Pero se defendió el nombramiento hasta que no se pudo defender más. Y entonces, lo que ayer no era problema se convirtió en “distracción”.
Luego vino Arthur Garffer. Otro nombramiento defendido con entusiasmo, hasta que apareció el pequeño detalle de la residencia constitucional. Pequeño, claro, si uno piensa que la Constitución es una servilleta decorativa en la mesa del gabinete. Se dijo que cumplía, que no había problema. Al final, parece que la Constitución sí se la leyeron, pero en voz alta y desde el Senado.
Después llegó Janet Parra y el famoso audio de la “inteligencia artificial”. Primero, la sospecha. Luego, la defensa. Después, la insinuación de que aquello podía ser tecnología, edición o manipulación. Pero entonces resultó que la voz era real. El audio existía. La explicación cambió. Y la inteligencia artificial terminó siendo menos artificial que la defensa política.
Y entonces aparece Ciary Pérez Peña, con el revolú de los marbetes, las inspecciones y las explicaciones familiares. Otra vez el mismo patrón: se defiende, se pide esperar, se minimiza, se separa el asunto personal del cargo público, y luego el caso termina referido. Había preguntas, pero no razones para actuar. Hasta que hubo que actuar. Porque en esta administración las cosas no explotan: se van inflando lentamente mientras La Fortaleza dice que no huele a gas.
El caso de Suzanne Roig añade otra capa al bizcocho de contradicciones. Un contrato de $60,000 mensuales, explicaciones incompletas y un correo en el que aparece el famoso “Baby”. No es una prueba judicial, claro que no. Pero políticamente es un retrato: la confianza mal explicada, la familiaridad incómoda y el tipo de detalle que convierte un contrato en conversación de país.
La gobernadora salió a proteger, a cuestionar al que refirió, a mirar hacia el pasado y a decir que no se iba a desenfocar con novelas. Pero el pueblo no está pidiendo novela. El pueblo está pidiendo expediente.
Entonces llegamos a DDEC y OGPe, el capítulo más reciente de esta tragicomedia administrativa. Primero dijeron que renunció. Después, que lo botaron. Luego, que la carta llegó a Fortaleza, que le pidieron la renuncia, que lo refirieron. También dijeron que Sebastián Negrón se fue porque perdió la confianza y que la gobernadora se enteró por los medios. Pero al mismo tiempo, resulta que La Fortaleza le había retirado la confianza.
¡Ave María, dame un mapa, una brújula y un secretario de Asuntos Públicos con GPS!
Si la gobernadora se enteró por los medios, pero La Fortaleza ya había tomado decisiones que afectaban la confianza del funcionario, entonces la pregunta no es solo ¿a quién le creemos? La pregunta es más grave: ¿quién está gobernando? ¿La gobernadora? ¿El secretario de la Gobernación? ¿Un grupo de WhatsApp? ¿Un comité invisible?
En casi todos estos casos hay dos factores comunes. Primero: las controversias terminan rozando el entorno de confianza de La Fortaleza, particularmente al secretario de la Gobernación. Segundo: la gobernadora suele lanzarse de pecho a defender, solo para después recoger velas, cambiar el tono o aceptar lo que medio país ya veía venir.
Ese estilo de gobierno tiene un costo. No solo erosiona la credibilidad de una administración; erosiona la autoridad moral de quien la dirige. El liderato no consiste en defender a los tuyos aunque el techo se esté cayendo. El liderato consiste en saber cuándo una defensa deja de ser lealtad y se convierte en complicidad política.
Y aquí entra Zaida “Cucusa” Hernández. Aquella Cucusa que en su libro pintó a Jenniffer González con brocha dura, sin filtro y sin vaselina política. La llamó "mentirosa, manipuladora y traiciónera". Además dijo: "Entendí que esa muchacha estaba enferma, borracha de poder y presa de una soberbia nunca antes vista." En aquel momento, muchos pensaron que eran rencores de campaña. Pero cuando uno mira este desfile de contradicciones, defensas fallidas y verdades que siempre aparecen del otro lado, la pregunta se impone sola: ¿Cucusa estaba desahogándose o estaba advirtiendo? Yo insisto en que Cucusa tenía razón.
Porque una cosa es equivocarse. Otra es convertir la equivocación en sistema. Una cosa es recibir información incompleta. Otra es salir a defender con información incompleta como si se tuviera la verdad revelada. Una cosa es confiar en tu equipo. Otra es pedirle al país que confíe en un equipo que cada semana cambia la versión de los hechos.
La gobernadora ganó prometiendo fuerza, carácter y acción. Pero gobernar no es dar cantazos en campaña ni repartir frases duras en conferencia de prensa. El país no necesita una abogada de sus funcionarios; necesita una jefa de gobierno para el pueblo.
Un gobierno puede sobrevivir a errores, controversias y nombramientos fallidos. Lo que no puede sobrevivir por mucho tiempo es a la pérdida de credibilidad. Cuando el pueblo deja de creer, cada explicación suena a excusa, cada defensa suena a libreto y cada “no sabía” suena a confesión disfrazada.
Así que volvemos al principio. ¿A quién le creemos? Porque si cada vez que la gobernadora habla, los hechos terminan haciendo una corrección de estilo, el problema no es de comunicación. Es de confianza.
Y cuando un gobierno pierde la confianza, no hay comunicado que la radique, no hay nombramiento que la confirme, no hay secretario que la maquille y no hay “Baby” que la salve.


