Venezuela: reconstruir la esperanza tras los terremotos
La autora expresa, desde sus recuerdos de una Venezuela próspera, una reflexión sobre libertad, Estado de derecho y reconstrucción.
Por Lcda. Janille Rodríguez Beamud|Opinión|
Hay recuerdos que permanecen intactos a pesar del paso del tiempo. Cada vez que escucho el nombre de Venezuela, vuelvo a caminar mentalmente por Plaza Venezuela y por Sabana Grande. Recuerdo sus comercios llenos de vida, el movimiento de la ciudad, la calidez de su gente y la sensación, difícil de describir, de estar en un país que confiaba en su futuro.
Durante mi niñez y juventud tuve el privilegio de visitar ese hermoso país en aproximadamente ocho ocasiones, antes del ascenso al poder de Hugo Chávez en 1999 y del prolongado proceso de deterioro institucional que marcaría las décadas siguientes. Guardo el recuerdo de un paísvibrante, optimista y llena de oportunidades. Caracas era una ciudad cosmopolita; el comercio florecía, la infraestructura impresionaba y la hospitalidad de los venezolanos hacía que cualquier visitante se sintiera bienvenido.
Nunca imaginé que aquella Venezuela terminaría convirtiéndose en uno de los ejemplos más dramáticos del debilitamiento institucional y de la crisis económica, política y humanitaria que ha vivido nuestro hemisferio en tiempos recientes.
Más allá de las distintas interpretaciones políticas que puedan existir, resulta innegable que, desde 1999, el país experimentó un proceso de concentración del poder, debilitamiento de los contrapesos democráticos y erosión progresiva de instituciones esenciales del Estado. Ese proceso, consolidado durante los años siguientes, coincidió con una de las mayores crisis migratorias de la historia contemporánea de América Latina y transformó para siempre la vida de millones de venezolanos.
Por eso, cuando pienso en Venezuela, no pienso primero en el petróleo. Pienso en su gente.
Pienso en las familias separadas por la migración. En los profesionales que tuvieron que comenzar de nuevo en otro país. En quienes permanecieron resistiendo con la esperanza de que algún día la Venezuela que conocieron pudiera volver a levantarse porque toda tormenta termina.Y cuando ese momento llega, la verdadera pregunta deja de ser cómo cayó un país para convertirse en cómo vuelve a ponerse de pie.
La historia demuestra que ningún país está condenado permanentemente al fracaso. Alemania y Japón renacieron después de la Segunda Guerra Mundial. Corea del Sur pasó, en apenas unas décadas, de la pobreza a convertirse en una de las economías más innovadoras del mundo. Varias naciones de Europa Central y del Este reconstruyeron sus instituciones tras el colapso del bloque soviético. Ninguno de esos procesos comenzó con dinero. Todos comenzaron con confianza.
Es natural pensar que la recuperación de Venezuela dependerá de sus inmensas reservas petroleras. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que la riqueza natural nunca ha sido suficiente para garantizar el desarrollo. Existen países extraordinariamente ricos que permanecen atrapados en el estancamiento, mientras otros, prácticamente desprovistos de recursos naturales, han alcanzado niveles extraordinarios de prosperidad.
La diferencia nunca ha estado debajo de la tierra. Ha estado en la fortaleza de las instituciones.Los inversionistas no buscan únicamente mercados con oportunidades. Buscan sociedades donde exista seguridad jurídica, respeto a la propiedad privada, estabilidad regulatoria, tribunales independientes y reglas claras para todos. La confianza constituye el activo económico más importante de una nación. Y también el más difícil de recuperar.
La diáspora venezolana representa uno de los mayores bancos de talento profesional de nuestro continente. Médicos, ingenieros, investigadores, empresarios, artistas y emprendedores han llevado su conocimiento a todos los rincones del mundo. El día que Venezuela vuelva a ofrecer estabilidad institucional, muchos podrán contribuir a escribir uno de los procesos de reconstrucción nacional más importantes de nuestra generación.
Las naciones no se reconstruyen únicamente con inversión. Se reconstruyen cuando las personas vuelven a creer. Eso exige instituciones sólidas, transparencia, independencia judicial, respeto al Estado de derecho y la convicción de que nadie puede situarse por encima de la ley. Esa también es una reflexión para toda América Latina.
Cuando llegue el momento de la reconstrucción venezolana —y estoy convencida de que llegará— la comunidad internacional tendrá una responsabilidad compartida. Será un proceso que requerirá cooperación, inversión, financiamiento, transferencia de conocimiento y una visión de largo plazo.
No obstante, Puerto Rico también tiene una oportunidad que merece ser considerada. Nuestra ubicación geográfica, nuestro bilingüismo, nuestro conocimiento de las culturas estadounidense y latinoamericana, así como nuestro sistema jurídico y financiero, nos colocan en una posición singular para convertirnos en un punto de encuentro entre ambos mundos. Si fortalecemosnuestra competitividad, reteniendo talento y promoviendo un clima favorable para la inversión, Puerto Rico puede consolidarse como una plataforma regional desde la cual se impulsen servicios profesionales, financiamiento, innovación y cooperación económica hacia toda América e incluso, el mundo entero.
No se trata de mirar hacia afuera para resolver nuestros problemas. Se trata de comprender que el desarrollo de nuestros vecinos también puede abrir nuevas oportunidades para Puerto Rico. La prosperidad no tiene por qué entenderse como un juego de suma cero. Puede compartirse.
Como puertorriqueña, espero volver algún día a recorrer las calles de aquella Venezuela que conocí siendo niña. No por nostalgia, sino porque significará que millones de venezolanos habrán recuperado algo mucho más importante que el crecimiento económico. Habrán recuperado la confianza en sus instituciones, la esperanza en su futuro y la posibilidad de volver a soñar con la misma ilusión que recordamos quienes conocimos aquella Venezuela.
Después de toda tormenta llega el momento de reconstruir. Y cuando un país logra hacerlo sobre los cimientos de la libertad, el Estado de derecho y la confianza, su recuperación deja de pertenecer únicamente a su pueblo.
Porque los pueblos que recuperan la libertad reconstruyen sus instituciones y vuelven a confiar en sí mismos no solo transforman su propio destino. También inspiran a toda una región a creer que un futuro mejor siempre es posible.

Janille Rodríguez Beamud es abogada, notaria y asesora estratégica con cerca de dos décadas de experiencia en derecho corporativo, transacciones comerciales, relaciones laborales, cumplimiento regulatorio, derecho administrativo y planificación estratégica. A lo largo de su carrera, ha asesorado a empresas, organizaciones profesionales, entidades gubernamentales y organizaciones sin fines de lucro en asuntos legales, regulatorios, legislativos y de política pública, incluidos temas relacionados con el desarrollo económico, las relaciones gubernamentales y los asuntos federales. Participa activamente en el análisis de temas legales, económicos, regulatorios y de política pública que inciden en la competitividad, la inversión y el desarrollo de Puerto Rico.



