OPINIÓN: Baby, el cuento ya no te lo creen
El ex secretario general del PPD y consultor de comunicaciones explica cómo el caso “Baby” golpea la credibilidad de La Fortaleza
Por Juan Luis Camacho Semidei|Opinión|
En política, hay gobiernos que se caen por corrupción, otros por incompetencia y algunos por una enfermedad más silenciosa: la mala comunicación. No porque comunicar sustituya gobernar, sino porque cuando un gobierno gobierna mal y comunica peor, cada controversia se convierte en incendio, cada explicación en sospecha y cada silencio en confesión pública.
Eso es lo que le está pasando a La Fortaleza.
El choque entre el Senado y el Departamento de Justicia por el caso de Suzanne Roig Fuertes no es simplemente una pelea institucional. Tampoco es únicamente una disputa sobre 24 páginas, un expediente incompleto, un correo dirigido a “Baby” o una citación a varios senadores populares. Todo eso importa. Pero el problema más grande es otro: este gobierno perdió el control del relato.
Y cuando un gobierno pierde el relato, pierde también el beneficio de la duda.
Justicia puede estar haciendo las cosas por el libro. Puede tener argumentos procesales. Puede decir que citó a los senadores porque necesita corroborar información, validar documentos o ampliar la evidencia disponible. Todo eso puede sonar muy bien en una conferencia de abogados, pero en la calle se escucha distinto. En la calle suena a que quienes denunciaron terminaron citados, mientras los que estaban bajo cuestionamiento siguen cobijados por el aparato gubernamental.
Esa es la percepción. Y en política, la percepción no es un detalle menor. Es el campo de batalla.
La secretaria de Justicia, Lourdes Gómez, pudo haber apagado el fuego con transparencia quirúrgica: explicar qué documentos tenía Justicia, cuáles llegaron después desde Salud, por qué no estaban en el expediente original, qué peso tenían, quién los evaluó y qué pasos seguirían. Punto. Pero en lugar de cerrar la herida, la respuesta oficial pareció abrir otra. De pronto, el debate no era solo si Justicia investigó bien a Roig. El debate comenzó a ser si Justicia protege a alguien y persigue a los que “chotean”.
La semana pasada esa sombra se asomó con Carlos Mellado. Ahora vuelve a aparecer con los senadores populares. Y cuando la misma sombra se repite en controversias distintas, ya no parece casualidad. Parece libreto.
Ese es el problema de comunicación política de este gobierno. No sale de una para meterse en otra. Este gobierno parece haber convertido el escándalo en calendario de trabajo. Apenas intenta explicar una controversia, ya viene la próxima doblando la esquina con expediente, nombramiento, renuncia, referido, defensa oficial o conferencia improvisada.
Primero fue la designación de un cabildero como secretario de la Gobernación, con todo el poder político y administrativo que implica ese cargo. Luego vino la nominación de su esposa como secretaria de Estado, acompañada de cuestionamientos por planillas y conflictos, hasta que el nombramiento se volvió políticamente insostenible. Después llegó otro secretario de Estado bajo señalamientos sobre si cumplía o no con el requisito constitucional de residencia en Puerto Rico.
En Justicia, antes de Lourdes Gómez, el país ya había visto una nominación atropellada por denuncias de supuesto carpeteo y persecución contra el propio Senado que debía evaluarla. En Recursos Naturales, el nuevo secretario pareció recibir una revelación divina el mismo día que llegó al puesto, y de pronto una controversia en La Parguera vinculada a la familia política de la Gobernadora terminó arropada por una determinación administrativa que muchos interpretaron como un traje a la medida.
Luego vino Vivienda. Una secretaria defendida hasta el cuello por la Gobernadora, señalada por controversias relacionadas con un centro de inspección, marbetes y pagos que no habrían llegado a donde correspondía. La defendieron, la cobijaron, la presentaron como víctima de ataques, y al final terminó renunciando. Otra vez, el gobierno llegó tarde a entender lo que la calle ya había procesado.
Y ahora Familia.
Suzanne Roig Fuertes llegó al Senado con una controversia encima por sus actuaciones previas en Salud. Se le cuestiona lo que dijo bajo juramento. Aparecen documentos que, según la delegación popular, Justicia no evaluó. Surge un correo dirigido a “Baby”, un “Baby” que demasiados en el gobierno parecen no tener prisa en identificar. Justicia dice que esos documentos no estaban en su expediente original. Salud dice, envía o completa información. El Senado pide explicaciones. Justicia responde citando senadores.
Y así, otra vez, el gobierno convierte una duda en crisis.
No se trata de decir que todos son culpables. Se trata de algo más básico: un gobierno que prometió fuerza, control y experiencia está proyectando desorden, arrogancia y reacción tardía. La Gobernadora parece atrapada en una estrategia donde primero defiende, luego minimiza, después acusa motivaciones políticas y finalmente espera que el calendario entierre el escándalo. Pero el calendario ya no entierra nada. Ahora acumula.
Ese es el verdadero daño para Jenniffer González. No es solo Roig. No es solo Justicia. No es solo Domenech, Ferraiuoli, Garffer, Parra, Quiles o Ciary. Es la suma. Es la repetición. Es la sensación de que el gobierno no tiene radar ético, sino libreto de defensa. Es la impresión de que primero se protege al equipo y luego, si queda tiempo, se atiende la verdad.
La comunicación política no puede ser únicamente repartir culpas, culpar al Senado, culpar al PPD, culpar a la prensa, culpar a los analistas o culpar a cualquiera que levante la mano. La comunicación política seria consiste en entender el momento, leer la opinión pública, anticipar el daño y actuar antes de que la controversia se convierta en sentencia ciudadana.
Pero en La Fortaleza parece que la estrategia es otra: negar hasta que duela, defender hasta que queme y corregir cuando ya no queda más remedio.
Así no se gobierna. Así se sobrevive. Y un gobierno que vive sobreviviendo de escándalo en escándalo termina agotando incluso a los suyos.
El caso Roig tiene todos los ingredientes de una crisis mayor porque toca varios nervios al mismo tiempo: la confianza en Justicia, la credibilidad del gabinete, la fiscalización del Senado y la sospecha pública de que hay nombres que el gobierno prefiere no pronunciar. “Baby” ya no es solo una palabra en un correo. “Baby” se convirtió en símbolo. Es el nombre de lo que el gobierno no explica. Es el apodo de la duda. Es la sombra que se sienta en la mesa cuando nadie quiere contestar de frente.
Y en política, cuando una sombra recibe más protección que una explicación, la gente completa la historia sola.
La Gobernadora debería entenderlo. La opinión pública no necesita leer las 24 páginas para desconfiar. No necesita conocer cada detalle del expediente para percibir que algo no cuadra. No necesita una sentencia judicial para llegar a una conclusión política. En la calle, muchas veces, basta con ver quién corre, quién se esconde, quién amenaza, quién cita y quién calla.
Justicia podrá insistir en que actúa correctamente. El Senado podrá aprovechar la pugna para ganar terreno político. Los populares harán su espectáculo. Los penepés cerrarán filas. Los abogados discutirán procedimiento. Pero mientras todos juegan su papel, la ciudadanía mira otra película: la de un gobierno que prometió orden y terminó administrando incendios.
Y ahí es donde al platinado se le acaba el brillo.
Porque la comunicación política no vive de maquillaje. Puede disimular una arruga, pero no una fractura. Puede mejorar una foto, pero no reparar una estructura. Puede ponerle luces a una conferencia, pero no devolverle credibilidad a un gobierno que parece más preocupado por sobrevivir al escándalo que por aclararlo.
La crisis entre Senado y Justicia ya no es solo un choque de poderes. Es un choque entre el discurso oficial y la percepción ciudadana. Entre el expediente cerrado y la sospecha abierta. Entre el gobierno que dice que no hay nada y el país que empieza a pensar que hay demasiado.
Y ese es el peor lugar para una Gobernadora: cuando ya no le discuten los argumentos, sino la credibilidad.
Porque en política, cuando el pueblo empieza a creer que el gobierno protege más a los suyos que a la verdad, no hay conferencia de prensa, comunicado ni estrategia platinada que aguante.
El brillo se acaba. Y lo que queda debajo, tarde o temprano, siempre se ve. ¿Oiste, Baby?



