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Rusia usa identidades latinas para infiltrar espías

El programa de “ilegales” del Kremlin explota documentos y perfiles latinoamericanos para colocar agentes encubiertos durante años en Occidente

Por Servicios CombinadosHistoria|

Rusia utiliza identidades latinoamericanas como cobertura para infiltrar agentes encubiertos en Estados Unidos.
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Pueden casarse, tener hijos, montar negocios, comprar una casa y pasar décadas construyendo una vida que parece completamente normal. El problema es que el nombre, la nacionalidad y hasta la historia familiar pueden ser falsos.

Son los llamados “ilegales”, agentes de inteligencia rusos enviados al extranjero sin cobertura diplomática y entrenados para asumir identidades ajenas durante largos periodos. Y en la nueva generación de este centenario programa de espionaje, América Latina se ha convertido en una pieza particularmente útil para Moscú.

Una investigación desarrollada por el periodista británico Shaun Walker, corresponsal de The Guardian y autor del libro The Illegals, reconstruye más de un siglo de operaciones soviéticas y rusas. En entrevista con BBC Mundo durante el Hay Festival de Querétaro, Walker sostiene que después de 2010 Rusia creó una nueva generación de agentes encubiertos y que varios de los casos descubiertos desde 2022 han utilizado identidades latinoamericanas, particularmente argentinas y brasileñas

No se trata de agentes que llegan al país objetivo con un pasaporte ruso y un maletín lleno de secretos.

Precisamente lo contrario.

Su mayor arma es parecer que no tienen absolutamente nada que ver con Rusia.

El espía que puede vivir 20 años esperando

En el mundo de inteligencia se conoce como “ilegal” al agente que opera sin la protección o cobertura oficial de una embajada.

Un funcionario ruso destinado en una misión diplomática puede realizar tareas de inteligencia, pero su identidad, movimientos y contactos son susceptibles de vigilancia. Un ilegal puede presentarse como empresario, estudiante, consultor o padre de familia de un tercer país y permanecer durante años fuera del radar de los servicios de contrainteligencia.

El FBI enfrentó precisamente ese modelo en la denominada Operation Ghost Stories, una investigación que duró más de una década y terminó con el arresto de diez agentes rusos en Estados Unidos en junio de 2010. Los operativos habían creado vidas aparentemente convencionales mientras buscaban desarrollar contactos con personas cercanas a los círculos donde se diseñaban políticas públicas estadounidenses. 

Los diez terminaron declarándose culpables de conspirar para actuar como agentes de Rusia sin notificar al gobierno estadounidense y fueron posteriormente enviados a Moscú como parte de un intercambio de prisioneros. 

El caso pareció haber desmantelado el programa.

Pero no lo hizo.

Según Walker, Vladimir Putin había aumentado sustancialmente desde 2004 los recursos destinados a desarrollar una nueva generación de ilegales. Tras el golpe sufrido en 2010, Moscú reconstruyó el sistema. 

¿Por qué América Latina?

Ahí aparece un elemento particularmente llamativo.

De acuerdo con Walker, América Latina reúne varias características útiles para fabricar una identidad falsa suficientemente sólida como para resistir investigaciones durante años.

Primero, un ciudadano latinoamericano puede encajar físicamente con un agente de origen ruso o europeo sin necesariamente despertar sospechas inmediatas.

Segundo, existen países donde determinados registros civiles históricos todavía no están completamente digitalizados, lo que puede dificultar verificar inmediatamente un nacimiento ocurrido décadas atrás.

Y tercero, Rusia conserva presencia diplomática y redes suficientes en partes de la región como para facilitar operaciones destinadas a obtener o manipular documentación. 

El método puede aprovechar incluso la identidad de una persona que murió siendo niño.

Walker plantea como ejemplo hipotético encontrar el registro de un menor peruano fallecido a los tres años y, décadas después, construir alrededor de ese nombre la identidad de un adulto.

La clave es conseguir finalmente documentos genuinos construidos sobre una historia falsa.

Ya no sería simplemente un pasaporte falsificado que puede detectarse examinando el papel.

Sería una persona que aparece formalmente en los registros del Estado.

Una “familia argentina” que en realidad era rusa

Uno de los ejemplos modernos más sorprendentes fue descubierto en Eslovenia.

Artem Dultsev y Anna Dultseva, ciudadanos rusos, llevaban una tranquila vida familiar bajo las identidades argentinas de Ludwig Gisch y Maria Rosa Mayer Munos.

Vivían en Liubliana desde 2017 con sus dos hijos, desarrollaban actividades empresariales y aparentaban ser una familia expatriada más.

En diciembre de 2022 fueron arrestados.

Posteriormente admitieron su verdadera identidad y fueron condenados por espionaje y utilización de documentación falsa. El gobierno esloveno confirmó oficialmente que ambos eran ciudadanos rusos. 

El detalle más extraordinario llegó después.

El presidente ruso, Vladimir Putin (al fondo), recibió en 2024 unos agentes de Moscú que fingieron ser una familia argentina por años y, tras ser descubiertos, fueron intercambiados por prisioneros. (Reuters)

Sus propios hijos no sabían que eran rusos.

Según el Kremlin, los menores se enteraron de su verdadera nacionalidad durante el vuelo hacia Moscú después de que sus padres fueran incluidos en el histórico intercambio de prisioneros entre Rusia y Occidente de agosto de 2024. Los niños ni siquiera hablaban ruso y Putin los recibió en español. 

Putin esperó personalmente a la pareja cuando regresó.

La escena evidenció el valor que el Kremlin concede a este tipo de agentes.

Una tradición anterior incluso a la Unión Soviética

Aunque el programa suele asociarse con la KGB, sus raíces son mucho más antiguas.

Walker remonta el concepto de los “ilegales” a la clandestinidad bolchevique anterior a la Revolución Rusa. Los revolucionarios utilizaban nombres falsos, células clandestinas y operadores capaces de moverse secretamente entre países. Una vez tomaron el poder, esa experiencia terminó incorporándose al aparato de inteligencia del nuevo Estado soviético. 

El enemigo también cambió.

Primero fueron las potencias europeas y los opositores rusos exiliados. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en el objetivo principal.

Pero la conexión latinoamericana tampoco comenzó con Putin.

El ruso que terminó convertido en embajador de Costa Rica

Uno de los episodios más extraordinarios ocurrió con el agente soviético Iósif Grigulévich.

Había vivido parte de su juventud en Argentina y hablaba español. Durante años empleó distintas identidades latinoamericanas y participó en el primer intento soviético de asesinar a León Trotski en México

Posteriormente logró algo difícil de imaginar incluso en una novela de espionaje.

Se hizo pasar por un ciudadano costarricense llamado Teodoro Castro.

El ruso terminó estableciéndose en Roma, desarrolló relaciones con diplomáticos latinoamericanos y causó tan buena impresión entre funcionarios de Costa Rica que acabaron nombrándolo representante diplomático del país, pese a que nunca había sido costarricense. 

Durante aproximadamente cuatro años representó oficialmente a Costa Rica.

Incluso llegó a reunirse con el gobernante yugoslavo Josip Broz Tito.

Lo que Tito desconocía era que el supuesto diplomático latinoamericano respondía a Moscú y que Stalin contemplaba utilizarlo para asesinarlo. La operación fue cancelada cuando Stalin murió en 1953. 

Costa Rica tardaría décadas en descubrir quién había sido realmente su diplomático.

Cuba también apareció en los planes

Durante una etapa posterior de la Guerra Fría, la inteligencia soviética diseñó otra variante: agentes con preparación paramilitar que pudieran activarse rápidamente en caso de un conflicto abierto.

La idea, según la investigación de Walker, contemplaba incluso agentes capaces de salir desde Cuba hacia Florida aparentando ser simples viajeros, si una guerra entre Estados Unidos y la Unión Soviética hacía imposible utilizar las estructuras diplomáticas tradicionales. 

El programa evolucionaba de acuerdo con el escenario.

En ocasiones los agentes pasaban décadas cultivando contactos. En otras podían recibir entrenamiento para operaciones mucho más agresivas.

Putin recuperó una tradición de la KGB

El colapso soviético dejó durante algunos años al programa prácticamente paralizado.

Con la llegada de Putin al poder comenzó su reconstrucción.

No resulta un detalle menor que Putin haya sido oficial de la KGB.

Walker sostiene que los ilegales siempre ocuparon un lugar especialmente prestigioso dentro del aparato soviético de inteligencia y que parte de la actual élite rusa procede precisamente de esa cultura institucional. 

Para Moscú, el agente capaz de abandonar su identidad, aprender otro idioma, vivir durante décadas en otro país y continuar respondiendo secretamente al Estado representa una forma extrema de compromiso con la patria.

Putin ha convertido esa figura incluso en símbolo de heroísmo.

Su recibimiento personal a los agentes recuperados en el intercambio de 2024 lo dejó explícito. 

La tecnología ahora juega contra los espías

Crear un “ilegal” moderno, sin embargo, es considerablemente más difícil que durante la Guerra Fría.

Los pasaportes biométricos, las huellas digitales, el reconocimiento facial, los registros interconectados y ahora la inteligencia artificial permiten identificar anomalías que anteriormente podían permanecer enterradas durante décadas.

Una persona sudamericana que afirma haber nacido en África, por ejemplo, puede ser comparada rápidamente con registros históricos, movimientos migratorios, información familiar y bases de datos internacionales.

Precisamente por eso, señala Walker, Rusia necesita construir identidades mucho más profundas y duraderas. 

Ya no basta con cambiar de pasaporte cada vez que comienza una misión.

Un agente puede necesitar una única identidad falsa, pero prácticamente perfecta, sostenida durante diez o veinte años.

América Latina como plataforma hacia Occidente

Ese es posiblemente el dato más inquietante para la región.

Los países latinoamericanos no necesariamente constituyen el objetivo final de estas operaciones.

Pueden convertirse en la fábrica de la identidad que permite al agente llegar a otro lugar.

Un pasaporte argentino, brasileño, peruano o de cualquier otra nación puede permitir a un operativo presentarse en Europa o Estados Unidos sin la carga de portar documentación rusa, particularmente después de que la invasión de Ucrania endureciera las restricciones de viaje contra ciudadanos rusos. 

El atractivo de esas identidades aumentó precisamente a medida que Rusia quedó más aislada de Occidente.

Más de un siglo después de que los revolucionarios bolcheviques aprendieran a esconderse detrás de nombres falsos, el mecanismo continúa vivo.

Solo cambió el escenario.

Ahora algunos de los mejores disfraces de Moscú hablan español, tienen documentos latinoamericanos y pueden pasar años construyendo una vida que nunca existió.

Esta historia surge de una entrevista de BBC Mundo al periodista británico Shaun Walker, autor del libro The Illegals, sobre la historia y evolución del programa ruso de agentes encubiertos y el uso de identidades latinoamericanas en operaciones de espionaje.