Para que regresen mis amigos a Puerto Rico - Opinión

La autora nos plantea que el mejor indicador económico será cuando volver a Puerto Rico vuelva a ser viable y una oportunidad real

Por Lcda. Janille Rodríguez BeamudOpinión|

Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín (SJU) en Isla Verde. (Archivo)
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Lcda Janille Rodriguez Beamud (INDIARIO)

Esta columna nace de una conversación que miles de puertorriqueños sostienen en silencio. No se trata únicamente de economía. Se trata de personas. De amigos. De hijos. De hermanos. De profesionales talentosos que un día hicieron sus maletas y partieron en busca de oportunidades que no encontraron en Puerto Rico.  Por eso, al redactar esta columna, admito que, en más de una ocasión, tuve que detenerme porque se me aguaron los ojos. Conozco a demasiados que se fueron sin pasaje de regreso.

Durante las últimas dos décadas, Puerto Rico ha experimentado una de las reducciones poblacionales más significativas bajo la jurisdicción estadounidense. Según estimados del Censo federal, la población de Puerto Rico ha disminuido en más de medio millón de habitantes desde 2004, año en que alcanzó su máximo poblacional. Buena parte de esa reducción responde al éxodo sostenido hacia los estados continentales, particularmente de personas en edad productiva y altamente cualificadas.

Todos conocemos a alguien que se fue. Quizás un compañero de la universidad que hoy trabaja en Florida. Quizás una amistad que construyó una carrera profesional en Texas. Quizás un hermano, una prima o un hijo que encontró fuera de Puerto Rico la estabilidad económica que aquí parecía inalcanzable. O quizás tu hermana de otro vientre que se fue a Carolina del Norte, pues la industria a la que se dedica lleva más de una década en retroceso en nuestro100x35.

La realidad es que muchos de ellos no se fueron porque querían. Se fueron porque entendieron que debían hacerlo. Y ahí es donde la discusión económica deja de ser un asunto de números para convertirse en un asunto profundamente humano.

Los efectos de esa migración se sienten en los hogares en los que los padres ylas madres envejecen lejos de sus hijos. Se sienten en los abuelos al ver crecer a sus nietos a través de una pantalla. Se sienten en las reuniones familiares donde siempre falta alguien. Y se sienten también entre quienes permanecimos en Puerto Rico y hemos visto partir a amigos que formaban parte esencial de nuestras vidas.

Hoy Puerto Rico mantiene una de las tasas de desempleo más bajas de su historia reciente. Según datos del Departamento del Trabajo y Recursos Humanos de Puerto Rico y del Bureau of Labor Statistics de Estados Unidos, la participación laboral continúa oscilando entre el 44% y el 45%, una de las más bajas bajo la jurisdicción estadounidense.  Eso significa que todavía existe un enorme potencial de crecimiento económico y de incorporación de personas al mercado laboral. Las preguntas que debemos hacernos son: ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué debemos reformular? ¿Qué puentes debemos tender?

Más importante aún, esos datos reflejan una realidad que debemos enfrentar con honestidad: Puerto Rico necesita más y mejores empleos. No basta con reducir el desempleo. Necesitamos crear oportunidades profesionales capaces de competir con las que ofrecen Florida, Texas, Carolina del Norte o cualesquiera otras jurisdicciones que hoy atraen a nuestros talentos.

Porque la verdadera competencia no es por empresas.

La verdadera competencia es por personas.

Las empresas siguen al talento. 

La inversión sigue al talento. 

El crecimiento económico sigue al talento.

Si queremos que nuestros amigos regresen, debemos construir un Puerto Rico en el que regresar sea una decisión racional, no solo emocional. Eso requiere atraer inversión, fortalecer nuestra infraestructura, agilizar los permisos, garantizar servicios esenciales confiables y proyectar certeza y seguridadjurídica.La creación de empleos bien remunerados no es únicamente una meta económica. Es también una política familiar. Es una política social. Es una política de reunificación. Cada empleo profesional creado en Puerto Rico aumenta la probabilidad de que un hijo regrese a vivir cerca de sus padres. Cada oportunidad económica que surge aquí reduce la necesidad de buscarla en otro lugar.

Existe otro elemento fundamental. La creación de empleos reduce la dependencia del Estado. No existe mejor política social que un empleo digno, estable y bien remunerado. Cuando una persona tiene acceso a oportunidades reales de crecimiento económico, aumenta su independencia, fortalece su capacidad de tomar decisiones y reduce su dependencia de programas gubernamentales. 

Tan universal es este principio que ha sido defendido por líderes de muy distintas corrientes ideológicas. El expresidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, sostenía que el mejor programa social era un empleo. Décadas después, el presidente de Paraguay, Santiago Peña, ha reiterado que la generación de empleos constituye la política pública más efectiva para combatir la pobreza y promover la movilidad social. Esa misma visión fue impulsada por el expresidente de Chile, Sebastián Piñera, quien promovió el crecimiento económico y la creación de empleos como herramientas esenciales para ampliar las oportunidades de las personas.

Pero quizás lo más interesante es que este principio tampoco ha sido ajeno a sectores tradicionalmente identificados con la izquierda latinoamericana. Alicia Kirchner, quien se desempeñó como ministra de Desarrollo Social de Argentina durante los gobiernos encabezados por su hermano, el Expresidente Néstor Kirchner, también reconoció el valor del trabajo como instrumento de inclusión y desarrollo social. Ello demuestra que la creación de empleos dignos trasciende las diferencias ideológicas. No es una causa exclusiva de la derecha, de la izquierda o del centro. Es, sencillamente, una causa profundamente humana, porque detrás de cada empleo bien remunerado hay mucho más que una nómina: hay una familia que puede permanecer unida, un joven profesional que no tiene que marcharse y, con suerte, un puertorriqueño que puede regresar a casa.

Estoy convencida de que muchos regresarían si encontraran aquí oportunidades comparables a las que encontraron fuera. Porque, más allá de los salarios y de las oportunidades profesionales, Puerto Rico ofrece algo que ningún otro lugar puede replicar completamente. Ofrece el calor de la familia. Ofrece la tranquilidad de saber que nuestros padres envejecen cerca de nosotros y no a miles de millas de distancia. Ofrece la cercanía de los amigos de toda una vida.Ofrece nuestras tradiciones, nuestra cultura, nuestra música y nuestra forma particular de entender la comunidad. También ofrece algo que muchos damos por sentado hasta que lo perdemos: nuestro clima tropical, nuestras playas, nuestras montañas, nuestro idioma, nuestra gastronomía y el sentido de pertenencia que solo puede brindar el lugar que llamamos hogar.

Estoy segura de que muchos de mis amigos que hoy viven en Florida, Texas, Carolina del Norte o cualquier otro lugar preferirían disfrutar de nuestro clima tropical, compartir una cena dominical con sus familias, reunirse espontáneamente con sus amistades y celebrar las Navidades más largas del mundo rodeados de los suyos en lugar de hacerlo a cientos o miles de millas de distancia.

Lo que les impide regresar no suele ser la falta de deseo. Con frecuencia es la falta de oportunidades comparables a las que encontraron fuera de Puerto Rico.Por eso, cuando hablamos de desarrollo económico, no estamos hablando únicamente de crecimiento, inversión o recaudos. Estamos hablando de familias.Estamos hablando de comunidades. Estamos hablando de personas. Estamos hablando de nuestros amigos.

Sueño con el día en que las conversaciones en Puerto Rico dejen de girar en torno a quién se fue y comiencen a girar en torno a quién regresó.

Estoy convencida de que el verdadero éxito económico de Puerto Rico no se medirá únicamente por cuántas empresas llegan o cuánto crece el Producto Interno Bruto. Se medirá, sobre todo, por cuántos de los nuestros puedan regresar.

Ese día no celebraremos únicamente un indicador económico; celebraremos que nuestros padres dejaron de esperar una videollamada para abrazar a sus hijos.

Celebraremos que nuestros amigos volvieron a ocupar la silla vacía en la mesa.

Celebraremos que Puerto Rico volvió a ser un lugar donde los sueños profesionales y el hogar dejaron de ser caminos distintos.

Y cuando volvamos a escuchar, una y otra vez, la frase "me regreso para Puerto Rico", sabremos que, finalmente, estamos haciendo las cosas bien.

 

Janille Rodríguez Beamud es abogada, notaria y asesora estratégica con cerca de dos décadas de experiencia en derecho corporativo, transacciones comerciales, relaciones laborales, cumplimiento regulatorio, derecho administrativo y planificación estratégica. A lo largo de su carrera, ha asesorado a empresas, organizaciones profesionales, entidades gubernamentales y organizaciones sin fines de lucro en asuntos legales, regulatorios, legislativos y de política pública, incluidos temas relacionados con el desarrollo económico, las relaciones gubernamentales y los asuntos federales. Participa activamente en el análisis de temas legales, económicos, regulatorios y de política pública que inciden en la competitividad, la inversión y el desarrollo de Puerto Rico.