"Vuelve el perro arrepentido" a la ONU otra vez- OPINIÓN

Puerto Rico no está en la lista colonial de la ONU desde 1953, aunque algunos insisten en reciclar el libreto ante el comité

Por Juan Luis Camacho SemideiOpinión|

Caricatura sobre el Comite de Descolonización de la ONU, y los países que tradicionalmente piden la independencia no solicitada por el voto de los puertorriqueños. (Indiario)
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El Chavo del Ocho hizo famoso un poema que recitó en una fiesta en la vecindad que decía: “Vuelve el perro arrepentido, con el rabo entre las patas, con el hocico torcido”.

Así mismo volvió el expediente de Puerto Rico al Comité de Descolonización de la ONU: como libreto viejo, con olor a naftalina diplomática, cargado por los mismos de siempre y aplaudido por los que jamás han tolerado una urna libre en sus propios patios.

Otra vez Cuba. Otra vez Venezuela. Otra vez el coro antiamericano. Otra vez el micrófono internacional prestado para que los enemigos clásicos de Estados Unidos usen a Puerto Rico como pandereta de protesta. Y otra vez algunos aquí salen emocionados, como si en Nueva York hubieran descubierto el café puertorriqueño, la plena y la cláusula territorial en una misma tarde.

Pero bajemos las revoluciones.

La resolución del Comité de Descolonización no cambia una coma de la Constitución de Puerto Rico. No deroga la ciudadanía americana. No altera la relación política con Estados Unidos. No obliga al Congreso. No abre una puerta secreta en la Asamblea General. No convierte al independentismo en mayoría electoral. No hace aparecer, por arte de birlibirloque, un mandato que el pueblo puertorriqueño no ha dado en las urnas.

Hace ruido. Punto.

Y ruido, en la ONU, hacen hasta las sillas cuando las arrastran.

El libreto es conocido. Cuba presenta o empuja la resolución. Venezuela se pone el traje de defensora de pueblos, aunque en su casa haya millones que salieron corriendo precisamente por falta de libertades. Nicaragua se apunta desde la esquina del autoritarismo tropical. Rusia e Irán miran con sonrisa de satisfacción, porque todo lo que huela a problema para Estados Unidos les sirve de incienso diplomático.

Y Puerto Rico, pobre Puerto Rico, termina usado como cartelón ajeno.

Porque ese es el punto que hay que decir sin pedir permiso: a muchos de esos gobiernos Puerto Rico no les importa. Les importa usar a Puerto Rico contra Estados Unidos. Les importa el titular, la foto, el discurso, el dedo acusador. Si mañana Puerto Rico resolviera su estatus de una manera que no les sirviera para atacar a Washington, guardarían la bandera en la gaveta más rápido que un comité cerrando sesión antes del almuerzo.

Como popular, estadolibrista y republicano, me niego a comprar ese cuento envuelto en papel celofán revolucionario. Creo en la dignidad política de Puerto Rico. Creo en el Estado Libre Asociado. Creo en nuestra identidad puertorriqueña y en nuestra relación con Estados Unidos. Creo que hay asuntos serios que discutir: representación, autonomía, poderes del Congreso, Junta de Supervisión Fiscal, desarrollo económico y trato justo.

Pero una cosa es discutir nuestro futuro con seriedad y otra muy distinta es prestarnos para el teatro anual de unos regímenes que pronuncian “libertad” con la boca llena y la democracia escondida debajo de la alfombra.

La gran verdad que se intenta esconder debajo del mantel diplomático es sencilla: Puerto Rico no está en la lista oficial de territorios no autónomos de la ONU desde 1953. No desde ayer. No desde la semana pasada. Desde 1953.

Y no salió de esa lista por un truco de magia del Tío Sam, ni porque alguien en Washington apretó un botón escondido detrás de una bandera americana. Salió porque la Asamblea General de la propia ONU aprobó la Resolución 748, luego de la creación del Estado Libre Asociado y de la aprobación de la Constitución de Puerto Rico. La ONU reconoció entonces que Puerto Rico había alcanzado un grado de gobierno propio que hacía inaplicable el régimen de información colonial del Capítulo XI de la Carta.

A algunos eso les da alergia histórica. Pero la historia no se borra con un comunicado de La Habana.

La lista actual de territorios no autónomos incluye a American Samoa, Anguilla, Bermuda, las Islas Vírgenes Británicas, las Islas Caimán, las Falkland o Malvinas, la Polinesia Francesa, Gibraltar, Guam, Montserrat, Nueva Caledonia, Pitcairn, Santa Helena, Tokelau, las Islas Turcas y Caicos, las Islas Vírgenes estadounidenses y el Sahara Occidental.

Puerto Rico no está.

Repito, por si algún camarada se atragantó con el café: Puerto Rico no está.

Y si no está, entonces lo que ocurre cada año en ese comité no es la revisión formal de una colonia incluida en la lista oficial. Es un espectáculo político. Uno con discursos largos, aplausos previsibles y conclusiones escritas antes de que el primer ponente ajuste el micrófono.

Eso no quiere decir que Puerto Rico no tenga un problema de estatus. Lo tiene. Ser estadolibrista no significa vivir en Disneylandia constitucional. El ELA necesita defensa, desarrollo, modernización y respeto. Nuestra relación con Estados Unidos tiene tensiones reales. La ciudadanía americana no debe ser moneda de chantaje. La autonomía local no debe depender del humor del Congreso. Y la Junta de Supervisión Fiscal fue una bofetada contra la voluntad democrática del país, con sus pros y sus contras, y aunque duela admitirlo, nos la buscamos por irresponsabilidad administrativa de los políticos anteriores.

Pero reconocer esas realidades no obliga a arrodillarse ante el altar diplomático de Cuba, Venezuela, Nicaragua, Rusia o Irán.

Al contrario.

Si vamos a hablar de libertad, hablemos completo. Hablemos de libertad política en Cuba. Hablemos de los presos y exiliados venezolanos. Hablemos de la represión en Nicaragua. Hablemos de Rusia invadiendo vecinos y de Irán castigando disidentes. No me vengan a vender autodeterminación con factura de regímenes que no toleran ni una pancarta frente al palacio presidencial.

Eso es como recibir clases de natación del que se está ahogando.

El Comité de Descolonización podrá aprobar otra resolución anual. Podrá hacerlo por ocasión número cuarenta y pico. Podrá usar palabras grandes como “inalienable”, “autodeterminación” e “independencia”. Pero en Puerto Rico la realidad política se mide en votos, no en consignas. Y las urnas, con todos sus defectos, han dicho una y otra vez que la independencia no es la preferencia mayoritaria del país.

Entonces, ¿qué celebran?

Celebran el eco. Celebran la ceremonia. Celebran que por unas horas Puerto Rico les sirva de libreto para su pelea eterna contra Estados Unidos. Celebran, en fin, que el perro arrepentido volvió al mismo salón, con el rabo entre las patas y el hocico torcido, a repetir el mismo verso de siempre.

Pero aquí, en esta Isla que sabe más por vieja que por colonia, ya muchos distinguimos entre solidaridad verdadera y oportunismo ideológico.

La solidaridad verdadera escucha al pueblo de Puerto Rico. El oportunismo lo usa.

La solidaridad verdadera respeta nuestras diferencias internas. El oportunismo reduce todo a independencia o colonia.

La solidaridad verdadera reconoce nuestra historia, nuestra Constitución, nuestra ciudadanía americana y nuestra voluntad democrática. El oportunismo arranca la página de 1953 y pretende que nadie se dé cuenta.

Pues nos dimos cuenta.

Puerto Rico no necesita que La Habana, Caracas, Managua, Moscú o Teherán le escriban el libreto. Tampoco necesita que un comité de credenciales morales bastante discutibles venga a explicarnos quiénes somos. Nuestro debate político es nuestro. Se da aquí, en español puertorriqueño, con memoria histórica, con votos, con argumentos y con la complejidad de un país que no cabe en las consignas de nadie.

La resolución puede seguir dando vueltas en la ONU como trompo viejo. Puede volver el año que viene, y el otro, y el otro, con el mismo discurso y los mismos aplausos. Pero por más vueltas que dé, sigue chocando con una realidad incómoda para sus promotores: Puerto Rico no está en la lista colonial de la ONU desde 1953.

Lo demás es teatro.

Y como decía El Chavo, volvió el perro arrepentido.

Solo que esta vez, además de arrepentido, llegó bastante repetido.

Juan Luis Camacho Semidei, ex Secretario General del PPD (INDIARIO)

Juan Luis Camacho Semidei es comunicador, estratega político y asesor en asuntos públicos con amplia experiencia en medios, gobierno, campañas, relaciones institucionales y análisis de política pública. A lo largo de su trayectoria, ha ocupado posiciones de dirección y asesoría en el Senado de Puerto Rico, municipios, agencias públicas y organizaciones políticas, participando en procesos legislativos, comunicación estratégica, manejo de crisis, desarrollo de mensajes, planificación política y asuntos gubernamentales. También se ha desempeñado como analista, columnista y comunicador en radio y medios digitales, abordando temas relacionados con la política puertorriqueña, el desarrollo económico, la gobernanza, la fiscalización pública, el estatus político y los asuntos federales.