El amor también forma a los profesionales del cuidado

La autora nos presenta una reflexión sobre cómo la técnica y la empatía deben unirse para cuidar con dignidad a nuestros adultos mayores.

Por Gloriana Lugo LugoSalud y Bienestar|

El cuidado de personas de edad avanzada necesita preparación profesional, pero sobre todo amor y vocación. (INDIARIO)
Comparte el artículo:

Durante las últimas semanas, Puerto Rico ha vivido momentos que nos han dolido profundamente. Las noticias sobre el cuidado de nuestros adultos mayores han despertado indignación, tristeza y muchas preguntas. Y esas preguntas son necesarias.

Pero entre todas ellas, hay una que todavía no nos hemos atrevido a hacer: ¿Estamos preparando profesionales… o estamos formando cuidadores?

Las certificaciones son importantes. Las licencias son necesarias. La educación continua es indispensable. Nunca defenderé lo contrario. El conocimiento salva vidas. La técnica evita errores. La preparación profesional protege a las personas más vulnerables.

Pero después de caminar junto a cientos de familias, he aprendido algo que ningún libro puede enseñar. Las certificaciones preparan profesionales. El amor forma cuidadores.

Porque la técnica nos enseña qué hacer. La empatía nos enseña cómo hacerlo. Y el amor nos recuerda por qué hacerlo.

He conocido auxiliares de enfermería, enfermeras, médicos, trabajadores sociales, terapistas y cuidadores que ejercen su profesión con una entrega extraordinaria. Personas que llegan a trabajar cansadas, pero nunca dejan de llamar a un residente por su nombre. Que toman una mano antes de tomar un expediente. Que explican un procedimiento aunque la persona ya no pueda responder. Que entienden que una enfermedad neurodegenerativa puede cambiar la memoria, pero nunca le quita a una persona su dignidad.

También he conocido profesionales agotados. No porque hayan perdido la vocación. Sino porque llevan demasiado tiempo sosteniendo el dolor de otros sin que nadie sostenga el suyo.

Ellos también necesitan ser escuchados. También necesitan descansar. También necesitan sentirse acompañados. Porque detrás del uniforme hay un ser humano. Y un ser humano cansado también necesita cuidado.

Hoy hablamos mucho de fiscalización. Y debemos hacerlo. Hablamos de reglamentos. Y son necesarios. Hablamos de licencias. Y tienen un propósito.

Pero no podemos olvidar que ninguna licencia garantiza la compasión. Ningún examen puede medir la ternura. Ninguna certificación puede obligar a alguien a tratar con respeto a otro ser humano.

Eso nace de un lugar mucho más profundo. Nace de comprender que, antes de ser un paciente, una cama o un número de habitación, estamos frente a una historia de vida. Frente a alguien que fue maestro, agricultor, enfermera, comerciante, madre o padre. Frente a alguien que merece ser tratado con el mismo respeto con el que algún día quisiéramos que nos trataran a nosotros.

No necesitamos escoger entre la técnica y la humanidad. Necesitamos ambas. Necesitamos profesionales bien preparados. Y seres humanos capaces de cuidar con empatía.

Porque el futuro de un Puerto Rico que envejece no dependerá únicamente de cuántos cuidadores logremos formar. Dependerá de cuántas personas estemos dispuestas a cuidar con dignidad.

Yo sigo creyendo en la vida amarilla. Esa que nos recuerda que el amor no elimina el cansancio, pero sí transforma la manera en que acompañamos a quienes más nos necesitan.

Porque cuando un profesional encuentra propósito, cuando una familia encuentra apoyo y cuando una comunidad decide acompañar, el cuidado deja de ser una carga para convertirse en un acto de amor compartido.

Las certificaciones preparan profesionales. El amor forma cuidadores. Y quizás sea esa la mayor lección que necesitamos aprender como sociedad.