Liderazgo de hoy D-IA: Trump y la superinteligencia

El nuevo lenguaje de Trump sobre la inteligencia artificial plantea una carrera de poder, estrategia y liderazgo tecnológico.

Por Alba Norys De LeonTecnología|

El presidente Donald Trump presentó ante la Asamblea General de la ONU su propuesta de sustituir el término “inteligencia artificial” por “superinteligencia”, al tiempo que enmarcó el desarrollo tecnológico como una competencia estratégica en la que el liderazgo de Estados Unidos será determinante.
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Durante siglos, el poder de una nación se midió en territorio, ejércitos, recursos naturales, capacidad industrial y, más tarde, dominio nuclear. El pasado 22 de septiembre de 2026, desde la Asamblea General de las Naciones Unidas, Donald Trump añadió otra variable a esa ecuación: la inteligencia. En su discurso propuso dejar atrás el término Artificial Intelligence y sustituirlo por Super Intelligence. Pero la frase que realmente merece nuestra atención vino después: Quien gane la inteligencia artificial, gana.

No estamos hablando solamente de una modificación gramatical, como quien le cambia el nombre a un producto para relanzarlo; sino de un cambio en la manera de interpretar lo que esta tecnología representa. Trump explicó que quiere sustituir artificial porque, a su juicio, hace que la tecnología parezca "falsa", y anunció que los documentos del gobierno estadounidense comenzarán a utilizar el nuevo nombre. 

Y aquí, como en todo, el lenguaje importa.

El término superinteligencia no es nuevo ni es un simple sinónimo de inteligencia artificial. Durante décadas se ha utilizado para describir un nivel más avanzado de su desarrollo: una inteligencia capaz de superar ampliamente las capacidades humanas. Por eso resulta tan interesante que Trump haya escogido precisamente ese término, y la Verdad es que su planteamiento abre inevitablemente a otra pregunta: ¿estamos simplemente cambiándole el nombre a la tecnología o estamos reconociendo que comenzamos a acercarnos al nivel que antes llamábamos superinteligencia? Las palabras no son inocentes. Llamar superinteligencia a lo que hasta ayer llamábamos inteligencia artificial modifica también la percepción de dónde creemos estar en esta evolución tecnológica.

Esa percepción pesa todavía más cuando el propio discurso coloca la tecnología en una pista de carreras. Trump vinculó su desarrollo con la ventaja de Estados Unidos frente a China, algo muy alineado con el resto de su mensaje: ventaja económica, ventaja militar, tecnológica… y, de paso, en todo lo demás. Más allá del estilo, muy Trump, detrás de esa insistencia hay una idea seria. Cuando una tecnología empieza a medirse por quién llega primero, quién domina y quién se queda atrás, deja de verse solo como una herramienta muy útil y comienza a convertirse en una Fuente de Poder Estratégico.

La historia ya conoce esa película. En 1957, la Unión Soviética lanzó el Sputnik, el primer satélite artificial, y en Estados Unidos la reacción fue mucho más que una sorpresa científica. Se alimentó la percepción de que el país podía estar rezagándose en liderazgo aeroespacial y aceleró la inversión, la investigación y la carrera en este tema.  Hoy podríamos estar frente a una dinámica parecida, pero de mayor alcance. Esta vez no hablamos solamente del espacio ni de quién logra primero una hazaña científica. La inteligencia artificial puede amplificar demasiadas áreas: productividad, investigación, defensa, ciberseguridad, educación y, en consecuencia, la capacidad de los líderes para analizar información y tomar decisiones.

Quien la domine no gana una herramienta más. Gana un multiplicador de capacidades.

Tal vez por eso otra parte del discurso me resultó especialmente significativa. Trump señaló ante los líderes reunidos que disponen de "only a short time" para hacer del mundo un lugar mejor, más seguro y próspero, y advirtió que mientras más se posponen ciertos problemas, más difíciles se vuelven de resolver. Aunque su comentario no se refería exclusivamente a la inteligencia artificial, resulta difícil escucharlo hoy sin conectarlo con este momento tecnológico. Estamos desarrollando herramientas cuya evolución puede avanzar más rápido que nuestra capacidad institucional para comprenderlas, gobernarlas y decidir responsablemente qué hacer con ellas.

Esa presión por avanzar no se queda en los países ni en la ONU; también se siente en nuestras organizaciones, en nuestras juntas y en nuestros equipos. En el afán por no quedarnos atrás, como si cada innovación fuera una vuelta más en la pista, cambia incluso la psicología de nuestras decisiones. Sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos:

¿Qué problema necesitamos resolver?

Y empezamos a preguntarnos:

¿Qué tiene la competencia que nosotros todavía no tenemos?

Ahí es donde la estrategia puede perder el norte. Que quede claro: la tecnología no es el problema; competir tampoco. El problema empieza cuando la carrera decide por nosotros. Una buena estrategia tecnológica debería ayudarnos a trabajar mejor, generar valor (claro está), resolver necesidades reales y fortalecer nuestras capacidades. Pero cuando la referencia principal es lo que hace el vecino, podemos terminar comprando herramientas que no necesitamos, automatizando procesos deficientes o implementando tecnología cuyo valor nunca definimos.

Eso no es transformación; es reacción.

Ir adelante en tecnología no siempre significa ir adelante en estrategia. Una organización puede adoptar primero, invertir más rápido y acumular herramientas y, aun así, estar decidiendo mal dónde usarlas y para qué. El tiempo termina revelando si aquello fue una ventaja real o solo velocidad.

Innovar responsablemente exige un liderato informado, capacitado y con criterio.

Criterio para saber cuándo acelerar, hacia dónde y, sobre todo, para qué. Quizás esa es la conversación que de verdad importa detrás de este "nuevo" nombre. Antes de invertir, adoptar o acelerar, cada líder debería poder responder tres preguntas: ¿Qué estoy intentando resolver en mi empresa o en mi carrera profesional? ¿He diagnosticado correctamente los síntomas que identifico? ¿Conozco lo suficiente sobre la IA para que mi decisión sea estratégica y no impulsiva?

Ninguna de estas respuestas llega sola. Cada una exige detenerse, informarse, escuchar a la gente y mirar los datos con objetividad. Y ese esfuerzo cuesta más cuando todo a nuestro alrededor acelera, desde el mercado hasta las propias naciones.

Reconozco que la seguridad nacional responde a otra lógica, aunque tampoco escapa del todo a la tentación de medirse por quién parece ir primero. Pero en el mundo de las organizaciones, algo puedo afirmar con superseguridad: si la única razón para correr es que alguien más está corriendo, algo falta en la ecuación.

Alba Norys De León Quiñones, MIOP, CPLP®, es co-conductora del programa radial TRANSFORMAcción en WKAQ 580AM

Alba Norys De León Quiñones, MIOP, CPLP®, es fundadora y presidenta de AblaTek LLC, firma especializada en transformación organizacional, gestión del cambio e inteligencia artificial aplicada. Creadora de la herramienta de diagnóstico digital-cultural para empresas (Digital Maturity Matrix by AblaTek). Es co-directora del programa de certificación para gerentes y ejecutivos en IA + IE -CAITE® (Certified AI Transformational Executive) y co-conductora del programa radial TRANSFORMAcción® en WKAQ 580AM.