Especial 250 Años: Dickinson y su NO - Parte 10
En la continuación de este especial de INDIARIO, hablaremos de John Dickinson, el hombre que le dijo NO a la independencia.
Por Redacción InDiario|Historia|
La historia la escriben los vencedores y, casi siempre, la protagonizan los radicales. Cuando miramos hacia el verano de 1776, nos imaginamos una sala llena de hombres eufóricos, listos para firmar su sentencia de muerte con una sonrisa en el rostro. Pero en INDIARIO sabemos que la unanimidad es a menudo una ilusión óptica fabricada por la política.
Hoy, a 13 días del Semiquincentenario, iluminamos a una de las figuras más fascinantes, trágicas y malinterpretadas de la Revolución: John Dickinson. Conocido en su época como el "escribano de la Revolución", Dickinson era uno de los hombres más brillantes de Filadelfia y un ferviente defensor de los derechos coloniales. Y sin embargo, cuando llegó el momento de la verdad, se negó rotundamente a firmar la Declaración de Independencia.
¿Fue un cobarde? ¿Un traidor en secreto? Todo lo contrario. Dickinson fue el hombre que tuvo el coraje de inyectar una dosis de cruda realidad en una sala cegada por el idealismo.
El arquitecto de la resistencia legal
Para entender la magnitud de la negativa de Dickinson, hay que entender su prestigio. Años antes de que Thomas Jefferson redactara la Declaración, Dickinson había escrito las famosas "Cartas de un granjero de Pensilvania". Este documento fue el que realmente unió a las colonias en su oposición a los impuestos británicos. Él le enseñó a América cómo resistir legalmente a la corona.
Pero Dickinson era un abogado pragmático, no un agitador de taberna como Samuel Adams. Para él, la rebelión era un medio para forzar a Gran Bretaña a negociar, no un fin en sí mismo.
Saltar al vacío sin paracaídas
A medida que el Congreso se inclinaba hacia la independencia total en junio y julio de 1776, Dickinson veía cómo sus colegas se dejaban llevar por el fervor revolucionario, ignorando los detalles logísticos y militares de lo que estaban a punto de hacer.
Su argumento para no firmar no nacía del amor al Rey Jorge III, sino de un cálculo geopolítico escalofriantemente racional. Dickinson argumentó que declarar la independencia antes de asegurar una alianza militar firme con una potencia extranjera (como Francia) y antes de redactar una constitución que uniera a las 13 colonias en un solo gobierno, era un suicidio nacional.
En un discurso apasionado ante el Congreso, advirtió a sus colegas que declarar la independencia en ese momento era "enfrentar la tormenta en un esquife hecho de papel". Literalmente, les estaba diciendo: están incendiando la casa en la que vivimos antes de haber construido un techo nuevo para refugiarnos del invierno. Y, militarmente, tenía razón. El Ejército Continental apenas tenía pólvora y la armada británica estaba a punto de desembarcar en Nueva York.
El sacrificio político
A pesar de sus advertencias, Dickinson se dio cuenta de que la marea era imparable. Sin embargo, demostró ser el maestro definitivo de la realpolitik y del sacrificio personal.
Sabía que para que la independencia tuviera alguna posibilidad de éxito internacional, el voto del Congreso tenía que ser unánime. Si él votaba en contra, Pensilvania (su estado) bloquearía la resolución, fracturando al continente en dos. Así que el 2 de julio, el día de la votación final, Dickinson y su aliado Robert Morris hicieron algo extraordinario: simplemente no se presentaron en la sala. Su ausencia permitió que los radicales de Pensilvania votaran a favor, logrando la ansiada unanimidad.
Dickinson sacrificó su reputación histórica y su carrera política para no entorpecer el destino de la nación, incluso cuando creía que sus colegas estaban cometiendo un error fatal.
El mosquete reemplaza a la pluma
Quienes tacharon a Dickinson de cobarde por no firmar aquel pergamino pronto tuvieron que tragarse sus palabras. Días después de la Declaración, mientras muchos de los ilustres "Padres Fundadores" firmantes empacaban para regresar a la seguridad de sus ricas plantaciones o a sus cómodos despachos, John Dickinson hizo lo impensable.
El hombre de letras de 43 años, el aristócrata renuente, se unió a la milicia de Pensilvania como un simple oficial. Cabalgó hacia el frente de batalla en Nueva York y Nueva Jersey para enfrentarse a las balas británicas, defendiendo con su propia vida la misma independencia que se había negado a firmar.
Esa es la verdadera historia que rescatamos hoy en INDIARIO. El patriotismo no siempre es gritar más fuerte en la asamblea; a veces es tener el valor inmenso de oponerse a la turba para decir una verdad incómoda, y luego, tener la lealtad de marchar a la guerra para defender a los mismos colegas que te ignoraron.
(Mañana, en nuestra entrega para el Día 12 de la cuenta regresiva, cambiaremos la mirada hacia quienes derramaron la primera sangre. Exploraremos la inmensa y a menudo ignorada paradoja de los patriotas afroamericanos: luchar a muerte por una libertad que su propia nación recién nacida les negaría).





