Especial 250 Años: La Rebelión del Whiskey - Parte21
En la continuación del especial de INDIARIO, hablaremos de la ironía cuando George Washington marchó contra sus propios ciudadanos
Por Redacción InDiario|Historia|
Cualquier psicólogo político te dirá que no hay nada más peligroso para un gobierno recién establecido que un pueblo que ha aprendido, por experiencia propia, que rebelarse contra los impuestos funciona.
Hoy, a solo 2 días del Semiquincentenario, nuestra cuenta regresiva llega al primer gran desafío de los Estados Unidos bajo su recién estrenada Constitución. En Indiario analizamos lo que ocurre cuando los libertadores se convierten en la nueva autoridad. La historia de la Rebelión del Whiskey (1794) es, sin lugar a dudas, la ironía suprema de la Revolución Americana: el momento exacto en que George Washington usó un ejército para aplastar a granjeros que hacían exactamente lo mismo que él había hecho veinte años antes.
El impuesto de Hamilton y la guerra de clases
El problema comenzó, como casi todo en los primeros años de la república, con el dinero y con Alexander Hamilton. El nuevo gobierno federal había asumido las inmensas deudas de la guerra, y Hamilton, como Secretario del Tesoro, necesitaba ingresos para pagar a los ricos bonistas de la costa este. Su solución fue un impuesto especial sobre las bebidas alcohólicas destiladas en el país: el impuesto al whiskey de 1791.
Este gravamen fue una obra maestra de la desigualdad de clases. Para las grandes y ricas destilerías del este, el impuesto era una tarifa plana baja que podían absorber fácilmente. Pero para los granjeros pobres de la frontera occidental (en lugares como el oeste de Pensilvania), fue catastrófico. Estos granjeros no tenían dinero en efectivo; destilaban su grano sobrante en whiskey porque era más fácil de transportar a través de las montañas y, de hecho, lo usaban como moneda de cambio local. El impuesto de Hamilton exigía pagos en efectivo que simplemente no existían en la frontera, arruinando la economía de los más vulnerables.
"No taxation without representation"... otra vez
Los granjeros del oeste miraron la situación y vieron una repetición exacta de 1776. Un gobierno distante y elitista, en el que sentían que no tenían representación real, les estaba imponiendo una carga económica asfixiante que amenazaba su supervivencia.
Hicieron lo que los próceres les habían enseñado a hacer: organizaron comités de resistencia, plantaron "árboles de la libertad" y, por supuesto, atacaron a los recaudadores de impuestos. Los empaparon en alquitrán hirviendo y plumas, y quemaron las propiedades de los inspectores federales. Para los rebeldes, George Washington se había convertido en el nuevo Rey Jorge III, y Hamilton en su tiránico ministro.
El leviatán se quita la máscara
La respuesta de Washington y Hamilton fue fulminante. Ya no hablaban de los nobles "derechos del hombre"; ahora hablaban del "imperio de la ley". Para la élite gobernante, la rebelión no era un acto de patriotismo, sino una anarquía intolerable que amenazaba la credibilidad financiera del nuevo país frente a las potencias europeas.
Invocando la nueva Ley de Milicias, el Presidente George Washington se puso su viejo uniforme militar, montó a caballo y lideró personalmente a un ejército federal hacia Pensilvania para aplastar a sus propios ciudadanos.
La escala de la represión fue asombrosa. Washington y Hamilton reunieron a casi 13,000 soldados fuertemente armados. Para poner esta cifra en perspectiva: el ejército que Washington envió para aterrorizar y someter a unos pocos cientos de granjeros rebeldes era prácticamente del mismo tamaño que el ejército con el que derrotó a todo el Imperio Británico en la gloriosa Batalla de Yorktown.
El mensaje final de la Revolución
Al ver acercarse a esta maquinaria de guerra masiva, la Rebelión del Whiskey se desmoronó sin que se librara una gran batalla. Unos pocos cabecillas fueron arrestados, paseados por las calles de Filadelfia en una humillante marcha y luego perdonados por Washington en un acto de "clemencia" política.
Pero el objetivo no era masacrar, sino enviar un mensaje definitivo. En Indiario cerramos el análisis de hoy con esta cruda conclusión: la Rebelión del Whiskey demostró que la Constitución funcionaba exactamente como las élites la habían diseñado. El gobierno ahora tenía el poder de cobrar sus deudas a punta de bayoneta. La época romántica de quemar efigies y derrocar gobiernos por subir los impuestos había terminado oficialmente. El imperio estadounidense había nacido.
(Mañana, en nuestra entrega para el Día 1, la víspera de la celebración nacional. El gran final de nuestra serie. Desmontaremos el mayor mito de todos: El Cuatro de Julio. Por qué estamos celebrando en la fecha equivocada, la verdad detrás del pergamino que nadie firmó ese día, y la reflexión final sobre el legado de un imperio construido a base de propaganda).



