Especial 250 Años: Motín del Ejercito Continental - Parte 18

En la continuación del Especial de INDIARIO, veremos que pasó cuando los soldados patriotas se sintieron traicionados, y amenazaron a Filadelfia

Por Redacción InDiarioHistoria|

Recreación fotográfica del motín de 1783 en el Independence Hall en Pensilvania (INDIARIO/AI)
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Las pinturas clásicas de la Revolución nos muestran a soldados patriotas soportando el hambre y el frío con una mirada de infinita paciencia y devoción hacia sus líderes. La realidad humana, sin embargo, tiene un límite para el sufrimiento. En Indiario sabemos que el patriotismo no llena el estómago ni abriga en el invierno.

Hoy, a 5 días del Semiquincentenario, revelamos uno de los capítulos más humillantes y censurados de la historia fundacional de Estados Unidos: los motines del Ejército Continental. ¿Qué ocurre cuando envías a miles de hombres pobres a sangrar por tu libertad, pero te niegas a pagarles durante años? Eventualmente, se dan cuenta de que el verdadero enemigo no lleva un uniforme rojo, sino un traje de seda en Filadelfia.

Carne de cañón sin sueldo 

Para 1780 y años posteriores, el Ejército Continental estaba al borde del colapso. Los soldados rasos (en su mayoría granjeros pobres, inmigrantes recientes y jóvenes sin tierras) no habían recibido su paga en meses, e incluso años. Cuando se les pagaba, era con la "moneda continental", un papel moneda tan hiperinflado que no servía ni para comprar un par de botas.

Mientras estos hombres morían de tifus en campamentos andrajosos, leían cartas de sus familias diciéndoles que sus granjas estaban siendo embargadas por deudas. Al mismo tiempo, sabían que los políticos en el Congreso Continental y los comerciantes especuladores en Filadelfia vivían cómodamente, bebiendo vino importado y amasando fortunas con la guerra. La pólvora de la indignación estaba lista; solo faltaba una chispa.

El Motín de Pensilvania de 1783: Cañones contra el Congreso 

Aunque hubo varios levantamientos severos (como el de la Línea de Pensilvania en 1781, donde las tropas mataron a algunos de sus propios oficiales), el golpe más audaz ocurrió al final de la guerra, en junio de 1783, cuando la victoria ya estaba asegurada pero las tropas seguían sin cobrar.

Un grupo de soldados veteranos en Lancaster, Pensilvania, exhaustos y asqueados por la noticia de que el Congreso planeaba licenciarlos y mandarlos a casa con los bolsillos vacíos, decidieron tomar el asunto en sus propias manos. Marcharon hacia Filadelfia y se les unieron las tropas estacionadas en la ciudad.

El 20 de junio de 1783, un batallón de aproximadamente 400 soldados armados rodeó el Independence Hall (la Casa del Estado de Pensilvania), bloqueando las puertas. Adentro estaba el mismísimo Congreso Continental, incluyendo a figuras como Alexander Hamilton.

Los soldados patriotas apuntaron sus mosquetes con bayonetas caladas hacia las ventanas del edificio donde se había firmado la Declaración de Independencia. Su ultimátum fue claro: o se autorizaba el pago de sus salarios atrasados y sus pensiones, o los delegados no saldrían vivos de allí. Habían derrocado a un rey, y no tenían ningún problema en derrocar a un comité de políticos morosos.

La huida cobarde de los Padres Fundadores 

¿Cómo respondió el ilustre Congreso Continental, los valientes arquitectos de la libertad, ante las demandas justas de los hombres que acababan de ganarles la guerra? Huyeron por la puerta de atrás.

Alexander Hamilton intentó negociar ganar tiempo, pidiendo al gobierno de Pensilvania que llamara a la milicia estatal para reprimir a los amotinados. La milicia estatal, simpatizando con los soldados hambrientos, se negó a intervenir. Aterrados por sus vidas, los miembros del Congreso Continental escaparon de Filadelfia en secreto bajo el amparo del fin de semana y huyeron a la pequeña ciudad de Princeton, Nueva Jersey, abandonando la capital de la nación.

El premio a la lealtad 

El motín finalmente se disolvió sin un derramamiento de sangre masivo, en gran parte porque George Washington envió tropas leales y amenazó con represalias severas, incluyendo cortes marciales y ejecuciones (una táctica que ya había usado sin piedad para aplastar otros motines previos en Nueva Jersey).

En Indiario destacamos este evento porque rompe la ilusión de una fraternidad revolucionaria. El Motín de 1783 expuso la inmensa brecha de clases que definió la fundación del país. Los hombres de élite que declararon la guerra huyeron despavoridos cuando la factura de su libertad fue cobrada por la clase trabajadora que la financió con su sangre.

(Mañana, en nuestra entrega para el Día 4 de la cuenta regresiva, analizaremos a las grandes víctimas olvidadas del tratado de paz. Hablaremos de las Naciones Nativas Americanas: cómo el fin de la guerra entre británicos y estadounidenses marcó el inicio de un genocidio implacable y legalizado que duraría un siglo).