Especial 250 Años: La tumba del HMS Jersey - Parte 17

En la continuación del especial de INDIARIO, hablaremos del HMS Jersey, donde murieron más patriótas enfermos y por hambre que en todas las batallas.

Por Redacción InDiarioHistoria|

Fotografia generada con inteligencia artificial del HMS Jersey, donde murieron más patriotas por hambre y enfermedades, que en todas las batallas combinadas (Indiario/AI)
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Si le pides a cualquier estadounidense que dibuje el mayor sacrificio de la Guerra de Independencia, probablemente pintará a soldados desangrándose en la nieve de Valley Forge o cayendo bajo fuego de mosquete en Bunker Hill. Pero en Indiario las estadísticas no mienten: el lugar más letal de toda la Revolución no fue un campo de batalla. Fue la bodega podrida de un barco en la costa de Brooklyn.

Hoy, a solo 6 días de celebrar el Semiquincentenario de la nación, descendemos a las entrañas de la ocupación británica para hablar del crimen de guerra más grande y menos documentado de 1776: los barcos prisión, y su buque insignia del terror, el infame HMS Jersey.

Las matemáticas del horror 

Para entender la magnitud de esta tragedia, hay que mirar los números. Se estima que alrededor de 6,800 soldados estadounidenses murieron en combate directo durante los ocho años que duró la guerra. En ese mismo período, más de 11,500 patriotas murieron como prisioneros dentro de los cascos flotantes británicos atracados en Wallabout Bay (lo que hoy es el Astillero Naval de Brooklyn). Casi el doble de muertes.

Cuando los británicos capturaron la ciudad de Nueva York en 1776, se quedaron sin espacio en las cárceles terrestres para albergar a los miles de prisioneros de guerra. Su "solución" fue utilizar buques de guerra desmantelados y viejos barcos mercantes como prisiones flotantes.

"Bienvenidos al Infierno" 

El peor de todos era el HMS Jersey, un antiguo navío de línea de 64 cañones al que le habían arrancado los mástiles y sellado los puertos de los cañones, dejando solo pequeños agujeros para que entrara una fracción de aire. Los propios prisioneros lo bautizaron simplemente como "El Infierno".

Las condiciones a bordo desafiaban la cordura humana. Más de 1,000 hombres estaban hacinados al mismo tiempo en bodegas sin luz, sin ventilación y sin letrinas adecuadas. En el verano, el calor derretía la brea del barco y el aire se volvía irrespirable; en invierno, los hombres se congelaban hasta morir pegados a las tablas.

Pero el verdadero verdugo no fue el clima, sino la negligencia médica y el hambre. El Imperio Británico, que alimentaba decentemente a sus propias tropas, les daba a los prisioneros raciones podridas, pan lleno de gusanos y carne cruda. El escorbuto, la disentería, el tifus y la fiebre amarilla se propagaron como fuego en bosque seco. Los registros de la época indican que el hedor de la muerte, la enfermedad y los excrementos que emanaba del HMS Jersey era tan fuerte que los neoyorquinos podían olerlo a kilómetros de distancia dependiendo de la dirección del viento.

El ultimátum sádico 

Lo que eleva a los barcos prisión de una simple tragedia logística a un acto de sadismo psicológico es el ultimátum diario que los británicos le daban a los prisioneros.

Cada mañana, los oficiales se asomaban por las escotillas con una oferta tentadora: cualquier prisionero podía salir de ese infierno inmediatamente, comer carne fresca y recuperar su libertad si juraba lealtad al Rey Jorge III y se unía a la Marina Británica. La asombrosa e incomprensible realidad es que la inmensa mayoría de estos granjeros, marineros y milicianos desnutridos se negaron. Prefirieron morir lentamente, asfixiados en la oscuridad y comidos por los piojos, antes que traicionar a la nueva república.

Huesos en la marea 

Cada mañana se escuchaba el macabro grito de los guardias: "¡Rebeldes, saquen a sus muertos!". Los cadáveres eran arrojados en fosas comunes poco profundas en la arena de la playa de Brooklyn. Durante décadas después de terminada la guerra, las mareas altas y las tormentas desenterraban continuamente los cráneos y los fémures de miles de patriotas sin nombre, dejando la costa cubierta de huesos blanqueados por el sol.

En Indiario rescatamos este espantoso capítulo hoy porque nos obliga a redefinir el heroísmo. Disparar un arma en la adrenalina de una batalla requiere valentía, sin duda. Pero elegir morir de hambre en las tinieblas de un barco infectado, cuando la salvación estaba a solo un "Sí, Su Majestad" de distancia, es un nivel de convicción y sacrificio que las estatuas de mármol rara vez logran capturar.

(Mañana, en nuestra entrega para el Día 5 de la cuenta regresiva, analizaremos otra verdad cruda de la Revolución: Los motines del Ejército Continental. ¿Qué pasó cuando los soldados patriotas, exhaustos, sin paga durante años y traicionados por su propio Congreso, decidieron girar sus mosquetes y amenazar a los políticos de Filadelfia?)

Indiario presenta una serie de reportajes especiales sobre los sucesos que guiaron a la Declaración de Independencia de EEUU