Conflicto Irán reabre debate sobre arsenal de Estados Unidos
El consumo acelerado de misiles preocupa al Pentágono, aunque Iraq y Afganistán ya obligaron a Washington a reponer inventarios durante años.
Por Redacción InDiario|Noticias|
La reanudación de los ataques entre Estados Unidos e Irán volvió a colocar bajo escrutinio las reservas de misiles estadounidenses, particularmente aquellas armas de largo alcance y sistemas defensivos cuya fabricación requiere años, proveedores especializados y cadenas de producción difíciles de ampliar.
CNN, medio que ha mantenido una cobertura marcadamente crítica de la administración de Donald Trump, advirtió que algunos inventarios permanecen considerablemente reducidos y enfrentarán una presión mayor si Washington mantiene el actual ritmo de operaciones contra Irán. Sin embargo, el dato central trasciende el enfoque editorial de la cadena: análisis independientes y expresiones públicas del Departamento de Defensa confirman que la guerra consumió una parte importante de varias municiones estratégicas.
La preocupación no significa que Estados Unidos se haya quedado sin armas o carezca de capacidad para continuar la campaña contra Teherán. El problema es más específico: algunos de los misiles utilizados en Irán también serían indispensables ante un conflicto con China, una crisis en la península coreana o una guerra simultánea en más de una región.
Cuatro inventarios reducidos a más de la mitad
El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales —CSIS, por sus siglas en inglés— estimó que, durante los primeros 39 días de la campaña aérea y defensiva contra Irán, Estados Unidos pudo haber utilizado más de la mitad de sus existencias previas en cuatro de siete categorías de municiones examinadas.
Entre las armas bajo mayor presión figuran los misiles de crucero Tomahawk, los interceptores THAAD y los proyectiles PAC-3 utilizados por el sistema Patriot. Según CSIS, recuperar los niveles existentes antes de la guerra requeriría tres años o más bajo las proyecciones actuales de producción.
Los misiles navales SM-3 y SM-6 necesitarían alrededor de dos años para reponerse, mientras que los JASSM y Precision Strike Missile podrían recuperarse en un periodo de varios meses a un año.
La intensidad inicial explica parte del problema. CSIS calculó que las primeras 100 horas de la operación tuvieron un costo aproximado de $3,700 millones, de los cuales unos $3,100 millones correspondían al reemplazo de municiones empleadas. Para junio, el costo incremental de la guerra había sido estimado entre $34,000 millones y $42,000 millones.
Las nuevas hostilidades, tras semanas de intentos por sostener un entendimiento provisional, amenazan con prolongar ese desgaste. Estados Unidos e Irán intercambiaron nuevos ataques durante el fin de semana, mientras ambos gobiernos ofrecían versiones contradictorias sobre el control y la apertura del estrecho de Ormuz.
Iraq consumió el 40 % de los Tomahawk
El uso intensivo de municiones no comenzó con Trump ni con la guerra contra Irán.
Durante la invasión de Iraq en 2003, las fuerzas de la coalición lanzaron o arrojaron 29,199 bombas y misiles. De ese total, 19,948 fueron armas de precisión, incluidos 802 misiles Tomahawk disparados desde buques y submarinos estadounidenses.
Ese despliegue representó más del 40 % del inventario previo de Tomahawk, calculado entonces entre 1,890 y 2,000 unidades. Es decir, la campaña de George W. Bush contra Saddam Hussein produjo en pocas semanas una reducción proporcional comparable con algunas de las advertencias planteadas actualmente sobre Irán.
La diferencia es que Washington todavía no enfrentaba con la misma intensidad la necesidad de conservar simultáneamente esas armas para una posible guerra de alta tecnología en el Pacífico. China tampoco poseía en 2003 las capacidades navales, aéreas y misilísticas que mantiene actualmente.
Iraq, además, no solo consumió misiles. La guerra generó una demanda extraordinaria de vehículos blindados, aviones, helicópteros, piezas de artillería, municiones convencionales, equipos de vigilancia y sistemas destinados a proteger a las tropas contra artefactos explosivos improvisados.
Afganistán provocó compras de emergencia
La campaña en Afganistán también obligó al Pentágono a acelerar la adquisición de armamento.
Luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001, el Departamento de Defensa solicitó alrededor de $2,000 millones adicionales para comprar misiles Tomahawk, bombas JDAM, misiles crucero lanzados desde el aire y bombas guiadas por láser que estaban siendo utilizadas intensamente.
La solicitud no se basó únicamente en una proyección de consumo. El Pentágono pidió fondos suficientes para comprar la cantidad máxima que los contratistas podían fabricar durante el año fiscal 2002, una señal de que la capacidad industrial ya constituía una limitación.
Años después, el presupuesto de la llamada guerra global contra el terrorismo todavía incluía fondos para reemplazar Tomahawk, AMRAAM, SLAM-ER y Hellfire consumidos durante las operaciones en Iraq y Afganistán, además de reparar aviones, barcos y equipos sometidos a un desgaste operacional extraordinario.
Para 2019, el Departamento de Defensa había recibido más de $1.8 billones en fondos para operaciones de contingencia en el extranjero, principalmente destinados a Iraq y Afganistán. Esa cifra no corresponde exclusivamente a armas: incluye tropas, bases, combustible, transportación, mantenimiento, contratistas y operaciones. Sin embargo, demuestra que Estados Unidos sostuvo durante casi dos décadas un esfuerzo de reconstrucción militar y logística mucho mayor que el costo acumulado hasta ahora por la campaña contra Irán.
Menor costo total, pero mayor presión inmediata
La comparación histórica presenta una aparente contradicción.
Las guerras de Iraq y Afganistán fueron muchísimo más costosas en términos acumulados, pero esos desembolsos se distribuyeron durante años. La campaña contra Irán ha concentrado en semanas el consumo de misiles avanzados que se fabrican lentamente y que formarían parte de cualquier respuesta estadounidense en el Indo-Pacífico.
En otras palabras, el problema actual no es únicamente cuánto dinero está gastando Washington, sino la velocidad con la que utiliza determinadas armas frente al ritmo de las fábricas para reemplazarlas.
La Casa Blanca ha convocado a los principales contratistas de defensa y el Pentágono impulsa acuerdos para triplicar la producción de interceptores PAC-3, cuadruplicar la de THAAD y aumentar la fabricación de Tomahawk y AMRAAM. No obstante, varios de esos acuerdos todavía requerían contratos definitivos y asignaciones del Congreso para convertirse en nuevas líneas de producción.
La advertencia sobre las reservas estadounidenses, por tanto, no debe ser descartada como una narrativa exclusivamente dirigida contra Trump. Pero tampoco equivale a afirmar que la principal potencia militar del mundo se encuentra desarmada.
Iraq y Afganistán demostraron que Estados Unidos puede reconstruir sus inventarios después de guerras extensas. Irán está demostrando algo distinto: en una confrontación moderna, los misiles más sofisticados pueden gastarse mucho más rápido de lo que la industria es capaz de fabricarlos.



