Pobreza: motor de ayer, pretexto de hoy

En esta columna, Carlos Rivera reflexiona sobre como la pobreza en Puerto Rico pasó de forjar valores en 1940 a convertirse en excusa social en 2025.

Por Carlos Rivera Santiago
Opinión|Ago 25, 2025
Lcdo. Carlos J. Rivera Santiago
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En 1940 Puerto Rico contaba con 1,869,000 habitantes. De ellos, apenas el 68.5% sabía leer y escribir, y solo el 50% de los niños en edad escolar asistía a la escuela. El ingreso per cápita en la Isla representaba apenas un 21% del ingreso promedio de una persona en los Estados Unidos continentales. En aquella época no existían las Becas Pell —creadas en la década de 1970— y apenas comenzaban los primeros programas de ayudas sociales en 1939. Puerto Rico vivía en una pobreza generalizada, con muy pocos recursos, en un momento en que todavía no se había constituido un gobierno propio, ya que el Estado Libre Asociado nació en 1952.

Sin embargo, esa ausencia de programas y recursos no fue impedimento para el desarrollo de Puerto Rico. La pobreza y la falta de educación formal fueron, paradójicamente, la gasolina que impulsó a nuestra población a superarse y competir en la manufactura y la industrialización que vendrían después. De esa necesidad y precariedad surgió el jíbaro puertorriqueño: ciudadano de campo, humilde, servicial y dispuesto a compartir con otros, aun cuando carecía de lo esencial. De ahí nacieron refranes como “de donde comen dos, comen tres” o “no hay mal que dure cien años”, expresiones que reflejan el espíritu de perseverancia y solidaridad que nos caracterizaba. La pobreza, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en un motor para alcanzar un mejor porvenir.

Hoy, en 2025, la realidad es otra. Puerto Rico cuenta con más ayudas estatales y federales que en cualquier otro momento de su historia, especialmente si lo comparamos con 1940. Existen programas para vivienda, alimentos, servicios de agua y luz, becas universitarias, cuidado de niños, subsidios para comerciantes, ayudas municipales e incluso para costear celulares. Aun así, vivimos en una sociedad marcada por la carencia de los valores más básicos de convivencia, educación y respeto. Y, como si fuera poco, en lugar de promover la superación, muchos profesionales de la conducta, organizaciones y hasta medios noticiosos utilizan la pobreza como justificación para delinquir, violar normas sociales y excusar conductas antisociales. Se transmite la idea peligrosa de que ser pobre equivale a ser delincuente o de que la pobreza justifica cualquier acción.

Esto contrasta fuertemente con nuestras raíces. El jíbaro de antaño, que vivió en condiciones de extrema precariedad, se superó cultivando valores que hoy parecen desaparecer. En vez de asumir responsabilidad colectiva, preferimos culpar al Gobierno por todos los males, muchas veces para adelantar ideologías políticas, aunque eso nos destruya como pueblo.

Está en nuestras manos decidir si seguimos otorgando pretextos o si, como lo hizo el jíbaro puertorriqueño, asumimos el reto de echar hacia adelante a Puerto Rico con esfuerzo, dignidad y responsabilidad propia.