La guerra del Estado Islámico contra los cristianos invadió Nueva York
El periodista digital, Ralyant Oxios, señala los peligros de la invasión islámica en La Gran Manzana e invita a reflexionar sobre lo que significa.
Por Ralyant Oxios|Opinión|

Nueva York es la ciudad donde todo se tolera hasta que un día se pregunta por qué. Donde la diversidad es virtud, pero la ingenuidad se vende como si fuera la misma virtud con mejor empaque. Y ahora, con Zohran Mamdani arrancando su alcaldía en enero, la ciudad se está regalando un debate perfecto para la era del performance. No sobre si alguien puede rezar, que por supuesto que puede. Sobre si el gobierno debe amplificar religión por bocinas en el espacio público, como si la convivencia fuera un experimento acústico.
A Nueva York le encanta jugar con símbolos porque los símbolos no exigen resultados. Un símbolo no patrulla. Un símbolo no investiga. Un símbolo no detiene a nadie. Y sin embargo, el mundo real no se comporta como un seminario de inclusión. El mundo real todavía tiene fanáticos que odian a los cristianos, odian a los judíos, odian a Occidente y sueñan con convertir ciudades libres en vitrinas de miedo. Eso no es una opinión. Es el historial del Estado Islámico, ISIS, un proyecto de terror que Estados Unidos reconoció como responsable de genocidio contra minorías religiosas, incluyendo cristianos, en 2016. Eso no es discurso partidista, eso es un hecho oficial que quedó en récord público.
Aquí hay que hablar con precisión porque la precisión es lo que separa seguridad de histeria. ISIS no es el Islam. El Islam no es ISIS. Punto. El problema no es una religión. El problema es una ideología violenta que usa religión como coartada, que recluta, ordena, justifica y glorifica violencia. Se llama yihadismo. Se llama extremismo. Se llama islamismo político cuando busca poder y control. Y esa ideología no desapareció porque la prensa se cansó del tema.
De hecho, no hay que irse al Medio Oriente para recordar la realidad. El Departamento de Justicia anunció el 2 de enero de 2026 que el FBI frustró un plan inspirado por ISIS para atacar en víspera de Año Nuevo con armas blancas y martillos a personas en lugares públicos en Carolina del Norte. Y lo más relevante para esta conversación no es el estado donde iba a ocurrir, sino el método. Según reportes, el acusado discutió sus planes con un agente encubierto del NYPD, creyendo que era un extremista de ISIS. Eso es un recordatorio incómodo. Nueva York no es solo un símbolo cultural, es un imán operacional. Es un objetivo aspiracional para cualquier fanático que quiera “hacer historia” a sangre fría.
Entonces, cuando la ciudad decide amplificar un llamado religioso por altoparlantes, la discusión seria no es si eso es bonito o inclusivo. La discusión seria es qué incentivos crea, qué resentimientos siembra y qué grietas abre para los que viven de la polarización. Porque a los extremistas no les hace falta que una mezquita tenga bocinas para existir. Les hace falta una sociedad confundida, una clase política que administra percepciones como si fueran políticas públicas, y una población que se pelea por símbolos mientras el enemigo trabaja con método.
Lo primero es aclarar algo que muchos no quieren aclarar porque les rompe la narrativa. La política de permitir amplificación del adhan no la inventó Mamdani. La ciudad anunció esa guía en agosto de 2023 bajo Eric Adams y el NYPD, indicando que ciertas mezquitas podían amplificar el llamado a la oración en horarios específicos sin el permiso especial que antes se interpretaba como necesario. Eso está en el propio comunicado oficial de NYC, no en un meme. Mamdani hereda ese escenario, lo cual no lo absuelve. Lo define. Porque heredar un problema y administrarlo mal sigue siendo culpa de quien gobierna.
Aquí es donde el conservador serio se separa del comentarista flojo. El conservador serio no le teme a la libertad religiosa. La defiende. La libertad religiosa es parte del ADN americano. Pero precisamente por eso no se puede convertir en privilegio selectivo, ni en gesto simbólico que el gobierno administra según quién grita más. Si la regla es que se puede amplificar un mensaje religioso por bocinas, entonces la regla tiene que ser neutral, aplicable a todos, medible y ejecutable. Misma regla para todos. Mismo estándar de ruido. Mismo horario. Mismo cumplimiento. Misma consecuencia por violarla. Porque si el Estado empieza a hacer excepciones por identidad, usted no está celebrando pluralismo, usted está fabricando resentimiento institucional con sello oficial.
Y el resentimiento es combustible premium. Combustible para la extrema izquierda que vive de convertir toda crítica en prejuicio. Combustible para una derecha irresponsable que se va por la tangente y termina atacando a gente que no tiene nada que ver con extremismo. Y combustible, el más peligroso, para el yihadista que recluta en el caos con una narrativa simple. Occidente está débil. Occidente está dividido. Occidente confunde tolerancia con sumisión. Ese es el mensaje. No lo inventé yo. Es propaganda vieja, repetida, efectiva.
Aquí viene el argumento contrario, el mejor, el que hay que enfrentar sin caricaturas. La gente que apoya el adhan amplificado dice que esto es igualdad. Que si hay campanas de iglesias, también puede haber adhan. Que la libertad religiosa no es real si solo se permite en silencio. Y esa lógica tiene algo correcto. Un país libre no le exige a la fe que se esconda para no molestar a nadie. La fe siempre ha sido pública en América.
Pero esa verdad no cancela la otra. Una ciudad con madurez institucional no gobierna por analogías emocionales. Gobierna por reglas neutrales y por prioridades claras. En Nueva York no estamos hablando de si una persona reza. Estamos hablando de si el gobierno debe facilitar y amplificar mensajes religiosos en el espacio público bajo una guía especial, y qué implica eso para el orden civil, la convivencia y el clima cultural. La libertad religiosa no requiere que el Estado sirva de equipo de sonido. Requiere que el Estado no persiga, no discrimine y aplique reglas neutrales.
Y cuando se trata de seguridad, el Estado no puede ser un terapeuta de percepciones. Tiene que ser un guardián de realidades. ISIS y su ecosistema inspiran planes en Estados Unidos hoy. No en 2001. Hoy. Y ese ecosistema se alimenta de símbolos mal manejados, de liderazgos que no distinguen entre integración y concesión, y de instituciones que temen decir en voz alta lo obvio. El yihadismo odia a los cristianos. Los persiguió con saña. Los expulsó de sus pueblos. Los asesinó para borrar su historia. Eso no se contesta con una sonrisa inclusiva, se contesta con claridad moral y con fuerza institucional.
El test para Mamdani no es si va a posar como alcalde “diverso”. Eso es lo fácil. El test es si entiende la diferencia entre pluralismo y permisividad. Si entiende que el trabajo de un alcalde no es administrar símbolos, es administrar la ciudad. Si entiende que una regla acústica religiosa no puede convertirse en una guerra cultural permanente, porque ese ambiente es exactamente el que el extremismo quiere. Si entiende que proteger a musulmanes pacíficos y patriotas de Nueva York también implica aplastar al extremista que intenta secuestrar su fe para violencia.
La salida conservadora es clara, concreta y aburrida, por eso funciona. Regla neutral de ruido y amplificación para toda expresión religiosa, sin privilegios ni excepciones por identidad, con límites claros y fiscalización real. Comunicación pública sin cobardía, donde se diga con firmeza que la libertad religiosa se protege, pero el islamismo violento se combate sin complejos. Inversión seria en inteligencia y cooperación policial, porque el fanático no avisa con cartel, avisa con patrones. Y una prioridad política que no se arrodille ante la moda del momento. La moda del momento cambia. El cadáver no se deshace con moda.
La guerra de ISIS contra los cristianos no invadió Nueva York porque un musulmán rece. Invadió cuando Nueva York decidió convertir el espacio público en teatro de símbolos y se olvidó de que el enemigo no actúa en teatro. El enemigo opera. Recluta. Planifica. Y espera que usted siga discutiendo decibeles como si eso fuera la civilización.
Una ciudad seria respeta la fe y aplasta el terror. Respeta al creyente y enfrenta al fanático. Y no confunde tolerancia con ingenuidad, porque la ingenuidad es un lujo que las víctimas nunca pueden pagar.