Trump arrestó al narcodictador Maduro ahora... who’s next?

El líder MAGA de Puerto Rico, licenciado Alexis Quiñones, analiza quienes potencialmente son los próximos narcos en la lista de Trump

Por Alexis Quiñones MartínezOpinión|

El licenciado Alexis Quiñones aparece sonriendo vistiendo traje azul con corbata y camisa blanca. El fondo es gris con una bandera de USA.
El lcdo. Alexis Quiñones es un líder MAGA republicano de Puerto Rico, allegado de la Casa Blanca de Trump.
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Trump arrestó al narcodictador Maduro. Y de repente, el mundo entero recordó que las consecuencias existen. No las simbólicas, no las de comunicado con sello y sonrisa diplomática. Consecuencias reales, de las que terminan en una celda fría, comiendo pan mojao luego de pasar por una sala de corte, con un juez mirando por encima de los espejuelos y un expediente que no se impresiona con consignas.

Lo que pasó no es una metáfora. Maduro fue capturado en Venezuela y llevado a Nueva York, donde compareció ante un tribunal federal en Manhattan y (como era de esperarse) se declaró no culpable. Los izquierdosos pueden repetir el “no culpable” si quieren, como si eso borrara décadas. Pero el punto no es el libreto de defensa. El punto es el quiebre histórico. Un hombre que operó como intocable terminó esposado en el sistema que siempre desafió. Eso, por sí mismo, vale muchísimo.

Y sí, aquí hay que decirlo sin el tono tembloroso de quien pide permiso. Trump se ganó el crédito. No por un tuit, sino por ejecutar una decisión que otros presidentes preferían dejar en el limbo cómodo de la “preocupación” y la “vigilancia”. No fue un panel de expertos ni una cumbre de cancilleres. Fue acción. Y cuando se trata de un régimen que Estados Unidos acusa formalmente de narcoterrorismo y conspiraciones para inundar el mercado con cocaína, acción es el idioma correcto.

Ahora, por qué tanta gente lo celebra como si fuera el fin del problema. Porque Maduro no es un “líder controversial”. Maduro es el rostro de un aparato de represión documentado por organismos y reportes públicos. El informe del Departamento de Estado sobre prácticas de derechos humanos en 2024 describe abusos serios atribuibles a Maduro y su entorno, especialmente tras las elecciones del 28 de julio de 2024. Hasta la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de la ONU sobre Venezuela lleva años publicando reportes sobre mecanismos de represión estatal y el cierre del espacio cívico y democrático. Y la Corte Penal Internacional mantiene abierta la situación Venezuela I.

Lo más perverso del madurismo fue convertir el abuso en rutina y la mentira en trámite. Arrestos, intimidación, control político, y ese cinismo perfecto que se disfraza de soberanía cuando lo que protege es la impunidad. Luego, cuando el país colapsa, la propaganda exige que usted crea que la culpa es de todo el mundo menos del que manda. Mientras tanto, la consecuencia más objetiva de todas se mide en pies, maletas y despedidas. UNHCR estima que la cifra de refugiados y migrantes venezolanos ya ronda los 7.9 millones. Eso no es retórica. Eso es una región reconfigurada por la huida de un Estado fallido administrado como feudo.

Y aquí viene la parte que incomoda a los profesionales del relativismo. El viejo manual decía que la “comunidad internacional” iba a resolver esto con diálogo, presión suave y resoluciones. El resultado fue el de siempre. Mucho papel, poca consecuencia. De hecho, basta ver el espectáculo actual en Naciones Unidas. El secretario general de la ONU expresó preocupación por la estabilidad y por la legalidad del operativo estadounidense, mientras varios países condenaron la operación como violación del derecho internacional. Muy bien, gracias por su aporte. Solo que ese coro de preocupación fue incapaz de detener la maquinaria de represión durante años. Cuando el sistema internacional funciona como un detector de humo que solo suena después de que la casa se quemó, uno entiende por qué la gente aplaude al que llega con extinguidor.

Eso nos trae a la pregunta favorita del continente, la que suena fuerte y viaja rápido. Who’s next. Si usted la hace por morbo, la respuesta es un meme. Si la hace en serio, la respuesta tiene dos listas y conviene no confundirlas.

La primera lista es la lista judicial y operativa. La de acusaciones, recompensas, redes y facilitadores. El caso de Maduro no nació ayer. El Departamento de Justicia anunció en 2020 cargos contra Maduro y otros funcionarios, describiendo una estructura asociada al narcotráfico y el uso del poder estatal como plataforma. Esa misma lógica apunta a los “próximos” de verdad. No necesariamente el próximo presidente en una tarima, sino el próximo operador financiero, el próximo intermediario, el próximo que lavó, movió, compró, vendió, protegió. Los tiranos siempre tienen contables. Los narcoestados siempre tienen logística.

La segunda lista es la de países y liderazgos que Trump ya está señalando como posibles blancos de presión dura. Y ahí entran Colombia y México, pero por razones distintas.

Sobre Colombia, Trump sugirió que una operación militar enfocada en Colombia “le sonaba bien”, en el contexto posterior a la captura de Maduro. Eso es significativo porque Colombia no es Venezuela. Colombia es aliado histórico, socio de seguridad, pieza clave regional. Aun así, Trump dejó claro que su enfoque no se detiene donde empieza la incomodidad diplomática. El mensaje, para bien o para mal, es de alcance. Y eso es precisamente lo que pone a temblar a ciertos liderazgos. No porque sean “iguales a Maduro”, sino porque el clima cambió. La tolerancia a la impunidad se reduce cuando alguien demuestra que puede pasar del discurso a la acción.

Sobre México, la presidenta Claudia Sheinbaum rechazó tajantemente cualquier intervención estadounidense, luego de que Trump sugiriera usar fuerza militar en México contra carteles y clasificara ciertas organizaciones criminales como terroristas. Otra vez, no se trata de equiparar gobiernos. Se trata de entender el patrón. Trump está planteando una doctrina de presión que mezcla seguridad, drogas, soberanía y fuerza. Y si eso le parece descabellado, recuerde que hace tres días también parecía descabellado ver a Maduro en Manhattan.

Entonces, quiénes pueden ser los próximos. Si usted quiere una respuesta responsable, hay que separar lo que se sabe de lo que se especula. Lo que se sabe es que Trump ya está hablando en términos de segundas acciones en Venezuela si el nuevo gobierno no coopera y que el tema se está discutiendo con intensidad en foros internacionales. Lo que se sabe es que ya abrió el lenguaje de operaciones más allá de Venezuela, mencionando a Colombia y tensando el discurso con México. Y lo que se sabe, sobre todo, es que la región entera está tomando nota de una verdad incómoda. El viejo truco de gritar soberanía mientras se exporta caos tiene fecha de vencimiento cuando alguien decide cobrar la factura.

A Puerto Rico le conviene entender esto sin sentimentalismos. Porque nosotros vivimos en un territorio donde el costo de instituciones débiles se siente en la seguridad, en la economía, en la migración, en la energía, en la confianza. Cuando en el vecindario se normaliza el narcoestado, el crimen no se queda en su casa. Se mueve. Se adapta. Se infiltra. Y aquí, donde todavía creemos que “lo federal” es un cuento lejano hasta que nos toca la puerta, conviene recordar que el hemisferio es más pequeño de lo que aparenta.

Maduro recibió la primera dosis de lo que le toca. No es compasión lo que merece, es proceso y sentencia, como cualquier operador de un aparato criminal, según lo que se pruebe en corte. Lo importante es que se rompió el mito del intocable. Y cuando el mito se rompe, el contagio es rápido. De pronto, el resto de los aspirantes a caudillo entiende que el cargo no es armadura. Que la propaganda no es escudo. Que el abuso no es un derecho adquirido.

Así que sí, pregunte who’s next. Pero hágalo como se pregunta en una auditoría, no como se grita en una tarima. El próximo no debería ser el que cae por capricho ideológico. El próximo debería ser el que el expediente alcance, el que la red exponga, el que el dinero delate. Porque la justicia sin método se vuelve espectáculo, y el espectáculo siempre termina favoreciendo al más cínico. En cambio, la justicia con continuidad tiene un efecto raro en América Latina. Enseña que el poder también puede tener miedo.