Yauco, Doña Amina y las madres que sostienen a Puerto Rico

El Día de las Madres nació como homenaje, no como simple trámite comercial.

Por Juan Luis Camacho SemideiOpinión|

El autor, Juan Luis Camacho, junto a su mamá doña Maria Consuelo y sus hijos. (Foto: Suministrada)
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Hay días que el calendario marca, pero que la memoria convierte en algo más grande. El Día de las Madres es uno de ellos. No debería ser solo una fecha para comprar flores, llenar restaurantes, correr a última hora por una tarjeta o subir una foto en redes sociales. Debería ser, sobre todo, un acto de gratitud. Una pausa. Un reconocimiento. Un momento para mirar hacia atrás y entender que, en muchas casas puertorriqueñas, antes de que existiera cualquier proyecto, cualquier carrera, cualquier sueño o cualquier logro, hubo una madre sosteniendo el mundo con las manos.

En Puerto Rico, esa historia tiene un punto de partida que a mí me toca de manera especial: Yauco. Según la tradición histórica reseñada por años, fue allí donde se celebró por primera vez en la Isla el tributo a las madres puertorriqueñas, luego de que Amina Tió de Malaret impulsara en 1915 que el segundo domingo de mayo fuera reconocido oficialmente como el Día de las Madres. Esa conexión no es menor. Para quienes somos de Yauco, el dato no es una simple curiosidad de archivo; es una razón de orgullo. El Pueblo del Café no solo ha dado aroma, cultura, lucha y memoria. También aparece en el origen de una de las celebraciones más íntimas del alma puertorriqueña. En Yauco se celebró el primer Dia de las Madres de Puerto Rico en 1915.

Pero más allá del dato histórico, hay una verdad que trasciende cualquier pueblo: Puerto Rico se sostiene, en gran medida, sobre los hombros de sus madres. Las madres que crían, trabajan, cuidan, esperan, corrigen, oran, insisten, perdonan y vuelven a comenzar. Las madres que hacen rendir lo poco. Las que se quitan para que sus hijos tengan. Las que aprendieron a sonreír aunque por dentro cargaran una tormenta. Las que no siempre tuvieron todas las respuestas, pero casi siempre encontraron la manera.

Muchas veces se compara a las madres con una flor. Y sí, las madres tienen la belleza de las flores: adornan la vida, perfuman la memoria y hacen más llevaderos los días duros. Pero yo siempre he pensado que las madres se parecen más a un árbol de roble. Tienen la belleza de sus flores, pero también la fuerza de su madera. Son raíz, tronco, sombra y refugio. A su alrededor se posa la vida. Por sus ramas pasan hijos, nietos, vecinos, amigos de los hijos, muchachos que llegan a una casa buscando merienda, consejo, regaño o cariño. Porque muchas veces una madre no solo es madre de sus hijos; termina siendo madre de los amigos de sus hijos. Y todos, tarde o temprano, volamos de ese árbol. Pero nadie olvida la sombra donde aprendió a descansar.

Celebro a mi madre, María Consuelo, y celebro a la madre de mis hijos, que aun divorciados mantenemos un trabajo en equipo que muchos deberian emular. A ese equipo, se unió su nuevo esposo y mi novia, quienes por la pasada década han sido parte de esa crianza. A ellos gracias. Y también celebro a mi suegra, que ha sido consejera, amiga y me abrió las puertas de su hogar.

Junto a ellas, celebro también a tantas madres puertorriqueñas que nunca pidieron aplausos, ni homenajes públicos, ni placas, ni discursos. Mujeres que hicieron de la responsabilidad una forma de amor. Mujeres que muchas veces fueron escuela, refugio, disciplina, consuelo y empuje. En cada hijo que logra levantarse, hay casi siempre una madre que antes se desveló. En cada adulto que camina con cierta decencia por la vida, hay una voz materna que todavía le habla por dentro.

Por eso, felicitar a las madres es necesario, pero no es suficiente. Porque Puerto Rico tiene una mala costumbre: celebra con entusiasmo lo que durante el resto del año muchas veces abandona con indiferencia. Aplaudimos a las madres un domingo de mayo, pero todavía hay demasiadas criando solas, enfrentando salarios que no alcanzan, servicios de salud que llegan tarde, escuelas con recursos limitados, comunidades inseguras, cuidos inaccesibles y una carga emocional que rara vez se mide en estadísticas. Les decimos “reinas” por un día, pero muchas viven el resto del año como administradoras de crisis familiares, económicas y sociales.

La madre puertorriqueña no necesita solamente flores. Necesita respeto. Necesita tiempo. Necesita apoyo. Necesita un país que entienda que hablar de maternidad también es hablar de vivienda, educación, seguridad, salud, trabajo, transportación, cuido de niños, cuido de envejecientes y salud mental. La maternidad no ocurre en el vacío. Ocurre dentro de un país concreto, con problemas concretos, con facturas concretas y con angustias que no se resuelven con una foto bonita en Facebook.

Eso no significa restarle belleza al día. Al contrario. Hay que celebrarlo. Hay que llevar flores, llamar temprano, visitar, abrazar, cocinar, agradecer y decir lo que a veces dejamos para después. Hay que honrar a las que están y recordar con amor a las que ya partieron. Hay que reconocer a las madres biológicas, a las adoptivas, a las abuelas que criaron como madres, a las tías que asumieron roles que no les tocaban, a las mujeres que maternaron desde el afecto, la responsabilidad y la presencia.

Pero también hay que rescatar el sentido original de la fecha. Cuando Amina Tió de Malaret promovió aquel reconocimiento, no estaba pensando en especiales de tienda ni en vitrinas decoradas. Estaba reclamando que la maternidad merecía un lugar en la conciencia pública. Que el amor de una madre no podía seguir siendo invisible simplemente porque ocurría dentro del hogar. Que ese sacrificio cotidiano, silencioso y profundo, merecía nombre, fecha y respeto.

Quizás por eso me gusta tanto que Yauco esté atado a esta historia. Porque los pueblos también tienen memoria maternal. Uno nace de una madre, pero también nace de una tierra. Y cuando uno viene de Yauco, aprende que la identidad no es una teoría; es una raíz. En esa raíz están nuestras madres, nuestras abuelas, nuestras casas, nuestras calles, nuestras iglesias, nuestras escuelas, nuestras despedidas y nuestros regresos.

Este Día de las Madres, mi felicitación va primero para mi mamá, María Consuelo Semidei, y con ella para todas las madres que han sostenido a Puerto Rico sin pedir permiso ni protagonismo. A las que aman en silencio. A las que se cansan, pero siguen. A las que celebran con alegría y a las que atraviesan este día con nostalgia. A las que formaron hijos con carácter, aun cuando la vida no fue fácil.

Que este domingo no sea solo una tradición. Que sea memoria. Que sea gratitud. Que sea compromiso. Porque si de verdad queremos honrar a las madres, no basta con decirles felicidades. Hay que construir un país que no las deje solas después que se marchita la madreselva. Y hay que volver, de vez en cuando, al roble que nos dio sombra, aunque sea para decirle gracias antes de seguir volando.

En nombre de todos los que formamos parte de Indiario, FELIZ DIA DE LAS MADRES!