La mujer que siempre rezó antes que amaneciera

Detrás de cada hijo que salió adelante en este mundo, casi siempre hubo una mujer arrodillada, una madre que negoció con Dios en silencio, escribe Rivera Schatz

Por Thomas Rivera Schatz Opinión|

Rosario Díaz Pacheco, abuela del autor, sentada al frente vestida de blanco con un corsage de flores; detrás de ella, dos familiares en traje formal posan de pie.
La abuela del autor, Rosario Díaz Pacheco, en una fotografía familiar. (Suministrada)
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El olor a café para mí es el olor de mi abuela, Rosario Díaz Pacheco. Café colado en greca, antes de que el sol entrara por la ventana, mientras ella movía los labios sin hacer ruido. Yo, niño todavía, la observaba desde el pasillo y pensaba, que algo importante estaba ocurriendo en esa cocina. Mi abuela rezaba. Y mientras rezaba, el día se iba ordenando.

Esa imagen me acompaña todavía. La mujer que se levantaba antes que todos para hablar con Dios sobre los suyos. La que pedía por mi papá, mi madre y mis tíos que iban a trabajar, por los nietos que iban a la escuela, por la vecina enferma, por el que andaba perdido. La que cargaba en sus oraciones nombres que ni nosotros sabíamos que cargaba. 

Yo sé que en cada casa puertorriqueña hubo, alguna vez, una mujer así. Una que rezaba antes que amaneciera. Una que sostenía el techo con las manos juntas. Una que sabía, sin que nadie se lo enseñara, que la fe es el único hilo capaz de coser lo que la vida insiste en romper.

La madre puertorriqueña es agua bendita en la frente del hijo antes de salir a la calle. Es una estampita de la Virgen pegada con cinta adhesiva en el carro. Es el "que Dios te acompañe" dicho bajito cuando su familia cruza la puerta. Es la mano que se persigna sin pensarlo cuando pasa una ambulancia. Son gestos pequeños que parecen casi nada, y que sin embargo han sostenido más vidas de las que cualquier estadística podría tabular y explicar. 

Ella reza por el hijo que se fue lejos y no llama. Reza por el que está enfermo y no se atreve a decirlo. Reza por el que se equivocó y todavía no encuentra el camino de regreso. Reza por el que sí volvió, dando gracias, sin que el hijo siquiera sepa que volvió porque ella lo pidió a Dios primero.

Hay una verdad que solo se entiende con los años y el tiempo con nuestra madre no se devuelve. Detrás de cada hijo que salió adelante en este mundo, casi siempre hubo una mujer arrodillada que nadie vio. Una madre que negoció con Dios en silencio, mientras la casa dormía, las cosas que sus hijos no podían pedir por sí mismos.

A las madres que todavía rezan, gracias. A las que ya están con Dios, gracias también, porque algo me dice que desde allá arriba siguen pidiendo por nosotros, igual que antes.

Hoy, antes de cualquier flor, antes de cualquier regalo, hay que detenerse a pensar en eso. En las oraciones que todavía nos sostienen. En un rosario que se ha rezado tanto, que ya las cuentas se sienten suaves al tacto.. En la mujer que se levantaba antes que amaneciera para hablar con Dios sobre nosotros.

Que Dios las bendiga, abuelas y madres.  Hoy y siempre.

Feliz Día de las Madres.