30 años de tecnología: doce cosas que dejamos atrás

Del periódico al VHS y la guía telefónica, tres décadas de avances convirtieron en prescindibles objetos que parecían indispensables.

Por Redacción InDiarioTecnología|

Objetos que durante décadas fueron parte de la vida cotidiana han perdido protagonismo ante una revolución digital que, en apenas 30 años, concentró muchas de sus funciones en un teléfono inteligente. (INDIARIO)
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Hace apenas 30 años, una casa puertorriqueña estaba llena de objetos que parecían destinados a acompañarnos para siempre. Había un teléfono conectado a la pared, una guía telefónica cerca, enciclopedias en algún librero, VHS junto al televisor y casetes o discos compactos para escuchar música.

En el automóvil podía haber un mapa en la guantera. Las fotografías se tomaban con una cámara y había que esperar para revelarlas. Algunos llevaban un beeper en la cintura. Muchas cuentas se pagaban con cheques y, para conocer con detalles lo ocurrido el día anterior, se compraba el periódico.

No estamos describiendo la vida de nuestros abuelos. Estamos hablando de 1996.

Treinta años después, muchas de aquellas cosas han desaparecido de nuestra rutina. Algunas todavía existen y otras incluso han encontrado nuevos mercados entre coleccionistas y nostálgicos, pero dejaron de ser necesarias para la mayoría de las personas.

La tecnología no eliminó las actividades que realizábamos. Seguimos escuchando música, viendo películas, hablando, leyendo, tomando fotografías, buscando información y viajando.

Lo que cambió fueron las cosas que necesitábamos para hacerlo.

El periódico impreso

Durante generaciones, el periódico tuvo algo que hoy resulta extraño: había que esperar por las noticias. Lo ocurrido durante el día se recopilaba, editaba, imprimía durante la noche y llegaba a las manos del lector a la mañana siguiente. Internet eliminó esa espera. Una noticia puede publicarse segundos después de ocurrir y actualizarse constantemente con fotografías, vídeos y documentos. El cierre de las ediciones impresas de Primera Hora, el 24 de septiembre, y El Nuevo Día, este domingo 27, representa ahora en Puerto Rico otro capítulo de esa transformación. Los periódicos continúan; el papel dejó de ser indispensable.

El casete

Una generación completa sabe perfectamente que un bolígrafo también servía para rebobinar un casete. Comprábamos álbumes completos, grabábamos canciones de la radio y preparábamos nuestros propios mixtapes. El CD comenzó a desplazar al casete y posteriormente el MP3 hizo posible almacenar cientos de canciones sin utilizar ningún soporte físico. Finalmente llegó el streaming. Hoy llevamos acceso a millones de canciones en el teléfono y aquel pequeño rectángulo de plástico con cinta magnética se convirtió en una curiosidad para las generaciones más jóvenes.

El disco compacto

El CD parecía representar el futuro cuando sustituyó progresivamente al casete. No había cinta que rebobinar, permitía saltar directamente de una canción a otra y ofrecía mejor calidad de sonido. Durante años acumulamos torres y estuches llenos de discos. Pero también terminó siendo víctima de la misma revolución tecnológica que ayudó a comenzar. Primero llegaron los archivos MP3 y luego servicios de streaming como Spotify y Apple Music. La transformación fue profunda: dejamos de necesitar poseer físicamente la música para poder escucharla. El vinilo, entretanto, sobrevivió y experimentó un renacimiento como objeto de colección.

El VHS

Durante años, una película en casa significaba una cinta VHS. Podíamos comprarla, grabarla de la televisión o visitar una videotienda para alquilarla. Había que rebobinarla antes de devolverla y, en ocasiones, descubrir que la película que queríamos ver ya estaba alquilada. El DVD mejoró la imagen y eliminó muchas de aquellas molestias; posteriormente llegó el Blu-ray. Pero el streaming terminó haciendo innecesario hasta el disco. Netflix y otras plataformas convirtieron miles de películas y series en contenido disponible instantáneamente desde el televisor.

La guía telefónica

Era enorme, pesada y llegaba prácticamente a todas las casas. Las Páginas Blancas servían para encontrar personas y las Páginas Amarillas para localizar comercios y servicios. Si necesitábamos un plomero, un restaurante, una farmacia o el teléfono de una oficina, comenzábamos pasando páginas. Los buscadores de Internet terminaron haciendo innecesario aquel voluminoso directorio. Hoy una búsqueda no solamente proporciona el número telefónico: ofrece dirección, horario, fotografías, reseñas y hasta la ruta para llegar.

Las enciclopedias

Una colección completa de enciclopedias era durante décadas una inversión educativa para muchas familias. Ocupaba un librero completo y podía contener decenas de volúmenes. Los estudiantes acudían a ellas para realizar asignaciones y los adultos para consultar información. Internet transformó radicalmente aquella experiencia. En 2012, Encyclopaedia Britannica anunció que dejaría de producir su histórica edición impresa después de 244 años. La información no desapareció; ocurrió exactamente lo contrario. Ahora tenemos acceso desde un teléfono a cantidades de conocimiento que ninguna colección doméstica podría almacenar.

El mapa de carreteras

Hubo un tiempo en que viajar a un lugar desconocido requería planificación. Había que estudiar el mapa, identificar carreteras, recordar salidas y tratar de descubrir exactamente dónde estábamos. Equivocarse podía significar detenerse en una gasolinera y preguntar cómo llegar. El GPS cambió completamente aquella experiencia y aplicaciones como Google Maps, Apple Maps y Waze la llevaron todavía más lejos. Ahora el mapa conoce nuestra posición, calcula el tiempo de llegada, detecta tráfico y modifica la ruta automáticamente. Antes buscábamos dónde estábamos en el mapa; ahora el mapa sabe dónde estamos nosotros.

La cámara de rollo

Tomar una fotografía implicaba aceptar una incertidumbre que hoy casi hemos olvidado: no sabíamos cómo había quedado. Un rollo podía ofrecer 12, 24 o 36 fotografías y después había que llevarlo a revelar. La cámara digital eliminó el rollo y permitió ver las imágenes inmediatamente. Después llegó el teléfono inteligente y para millones de consumidores hizo innecesario cargar incluso una cámara separada. Las cámaras profesionales siguen siendo herramientas indispensables en determinados campos, pero la fotografía cotidiana terminó viviendo dentro del celular.

El teléfono fijo

Hace 30 años no llamábamos necesariamente a una persona; llamábamos a una casa. Alguien contestaba y entonces preguntábamos por quien queríamos localizar. Si nadie estaba allí, simplemente no había comunicación. El celular convirtió el número telefónico en algo asociado directamente a una persona y no a un lugar. Después llegaron los mensajes de texto, las aplicaciones y las videollamadas. El teléfono conectado a la pared, alguna vez indispensable en prácticamente cualquier hogar u oficina, se convirtió progresivamente en un aparato opcional.

El beeper

Sonaba, aparecía un numero en una pequeña pantalla y comenzaba entonces la segunda parte del proceso: encontrar un teléfono para devolver la llamada. El beeper fue símbolo de una época y herramienta indispensable para muchos profesionales que necesitaban estar localizables fuera de una oficina. El telefono celular terminó aquella complicada intermediación. Ya no hacía falta recibir un aviso para despues buscar un telefono: comenzamos a llevar el teléfono con nosotros.

La chequera

Durante décadas pagar una cuenta podía significar escribir una cantidad, colocar una fecha, identificar al destinatario y firmar un pedazo de papel. La banca electrónica, las tarjetas, los débitos automáticos y posteriormente los pagos móviles redujeron progresivamente esa necesidad. En Puerto Rico, servicios como ATH Móvil llevaron esa transformación incluso a pequeños pagos cotidianos entre personas. La chequera todavía existe, pero para muchos consumidores puede permanecer durante meses en una gaveta sin utilizarse.

La agenda de papel

Cumpleaños, reuniones, citas médicas, teléfonos y compromisos importantes vivían dentro de una agenda. Perderla podía significar perder una parte considerable de nuestra organización personal. El calendario digital comenzó a desplazarla y el teléfono inteligente completó la transformación: las citas pueden sincronizarse entre dispositivos, emitir recordatorios y modificarse instantáneamente. La agenda física sobrevive porque algunas personas prefieren escribir, pero dejó de ser necesaria para organizar nuestra vida.

La libreta de teléfonos

Antes de que el teléfono recordara por nosotros, teníamos que recordar nosotros —o escribirlo. Las casas tenían pequeñas libretas llenas de nombres y números telefónicos, algunos tachados y reemplazados cuando alguien se mudaba. Los celulares convirtieron esa información en una lista digital de contactos. El cambio produjo incluso un efecto curioso: hace 30 años muchas personas podían recitar de memoria decenas de números. Hoy podemos comunicarnos diariamente con alguien sin saber cuál es su número telefónico.

El reloj despertador

Durante décadas ocupó un lugar privilegiado sobre la mesa de noche. Algunos utilizaban campanas; otros, enormes números digitales rojos. Muchos radiorelojes nos despertaban con una emisora programada. El teléfono inteligente absorbió también esa función. Podemos programar múltiples alarmas, seleccionar diferentes sonidos y establecer horarios distintos para cada día. El despertador no desapareció completamente, pero otro objeto que antes parecía indispensable dejó de ser necesario.

La calculadora de bolsillo

Era imprescindible en escuelas, oficinas, comercios y hogares. Había modelos básicos y calculadoras científicas capaces de resolver operaciones mucho más complejas. Siguen siendo necesarias en determinados ambientes académicos y profesionales, pero para una operación cotidiana basta con sacar el teléfono. Incluso podemos preguntarle verbalmente cuánto es el 18% de una cantidad sin presionar una sola tecla. Una herramienta que alguna vez necesitó su propio aparato terminó convertida en una aplicación.

La grabadora portátil

Periodistas, estudiantes y profesionales cargaban pequeñas grabadoras con casetes para registrar entrevistas, conferencias y reuniones. Después aparecieron las grabadoras digitales. Finalmente, el teléfono absorbió otra vez la función. Hoy puede grabar horas de audio, almacenarlo, compartirlo y hasta convertir automáticamente una conversación en texto. La necesidad permaneció; el aparato desapareció de nuestros bolsillos.

Y entonces llegó el teléfono que se comió todo

Quizás la mejor manera de comprender lo ocurrido durante estos 30 años sea vaciar imaginariamente los bolsillos, la cartera y el maletín de una persona en 1996.

Podía necesitar una agenda, calculadora, libreta telefónica, cámara, mapa, beeper, reproductor de música, grabadora y dinero. Al llegar a casa utilizaría el teléfono fijo, consultaría una enciclopedia, buscaría algún negocio en la guía telefónica, colocaría una película en el VHS y quizás abriría el periódico.

En 2026, gran parte de aquello cabe dentro de un solo aparato.

El teléfono inteligente se convirtió en cámara, mapa, agenda, calculadora, grabadora, reproductor de música, videoteca, biblioteca, banco, directorio telefónico, buzón, reloj, televisión y periódico.

Treinta años de innovación no eliminaron necesariamente lo que hacíamos.

Eliminó buena parte de lo que necesitábamos cargar, comprar, almacenar o esperar para poder hacerlo.

Y quizás por eso sentimos nostalgia cuando desaparece alguno de estos objetos. No necesariamente extrañamos rebobinar un casete, doblar un mapa que nunca quería regresar correctamente a su forma original o esperar varios días para descubrir que alguien había cerrado los ojos en la única fotografía familiar que habíamos tomado.

Extrañamos la época.

Esta semana Puerto Rico añadió otro objeto a esa larga transformación con el final de dos importantes ediciones impresas.

Algún día tendremos que explicarle a una generación que nunca lo experimentó que, todas las mañanas, alguien imprimía las noticias durante la madrugada, montaba miles de periódicos en vehículos y recorría pueblos y urbanizaciones para dejarlos frente a nuestras casas.

Probablemente nos mirarán con la misma curiosidad con la que un adolescente observa hoy un casete, un beeper o una guía telefónica.

Y tendremos que explicárselo de la manera más sencilla:

“Es que antes las cosas eran diferentes”.