Groenlandia y la lección que Puerto Rico debe mirar -Opinión
El acuerdo con Groenlandia demuestra que Estados Unidos puede proteger intereses estratégicos sin exigir integración política ni borrar identidades.
Hay negocios que se cierran con un apretón de manos. Otros con abogados, tratados y documentos de muchas páginas. Y hay otros en los que uno termina preguntándose quién compró qué, porque nadie vendió nada, pero alguien salió de la reunión con las llaves en el bolsillo.
Algo similar pasó con Groenlandia.
Durante meses, Donald Trump repitió que Estados Unidos necesitaba esa enorme isla helada que muchos, seamos honestos, no miraban desde la clase de geografía. Le dijeron que no. Groenlandia no estaba en venta. Trump habló incluso de anexión y de una posible estadidad. Desde Nuuk y Copenhague, el mensaje fue el mismo: gracias, pero no, gracias.
Ahora bien, Estados Unidos no compró Groenlandia, pero consiguió bastante de lo que quería. Y ahí es donde la historia se pone interesante.
El acuerdo entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia reafirma la soberanía danesa y reconoce el derecho de autodeterminación del pueblo groenlandés. Eso está en blanco y negro y conviene recordarlo. Sin embargo, el acuerdo también autoriza a Estados Unidos a modernizar y ampliar sus operaciones en la base espacial de Pituffik, establecer nuevas áreas de defensa en Narsarsuaq y Mestersvig y proponer otras adicionales.
Sus aeronaves tendrán amplio acceso al espacio aéreo y sus buques militares podrán operar en aguas groenlandesas bajo los términos establecidos. Además, ningún país que no pertenezca a la OTAN podrá establecer instalaciones militares o mantener una presencia militar persistente en Groenlandia sin acuerdo entre las partes.
Y para colmo, el acuerdo no tiene fecha de expiración. No son diez años, ni veinte, ni es «renovable». Es indefinido y solo puede modificarse por consentimiento mutuo.
En otras palabras, Groenlandia sigue siendo Groenlandia, Dinamarca continúa siendo Dinamarca, pero Washington consiguió garantías duraderas sobre asuntos que considera esenciales para su seguridad.
Y ahí, inevitablemente, pensé en Puerto Rico.
No porque seamos iguales. No lo somos. Nuestra historia, nuestro marco constitucional y nuestra realidad política son distintos. Pero la comparación sirve como pregunta, no como consigna.
Alguno seguramente me dirá: «Juan, pero Groenlandia no se convirtió en un territorio estadounidense y no está bajo la Cláusula Territorial del Congreso».
Correcto.
Precisamente por eso no pretendo venderles la idea de que Groenlandia acaba de inventar un nuevo Estado Libre Asociado. No es así. Groenlandia permanece bajo soberanía danesa, mientras Puerto Rico continúa bajo soberanía estadounidense y sujeto a los poderes que nuestro ordenamiento constitucional reconoce al Congreso.
Para un estadolibrista, reconocer esa realidad no significa enterrar el ELA. Significa reconocer precisamente qué tenemos que mejorar.
Porque el Estado Libre Asociado tampoco tiene que convertirse en una pieza de museo de 1952 que miramos con nostalgia mientras repetimos discursos de hace setenta años. Si algo demuestra la política internacional es que las relaciones políticas evolucionan cuando las partes identifican intereses comunes y existe voluntad para negociar.
Y Groenlandia ofrece una lección interesante precisamente ahí.
Estados Unidos identificó lo que necesitaba: seguridad en el Ártico, capacidad militar, acceso estratégico y garantías frente a una posible presencia de Rusia o China. Groenlandia y Dinamarca, por su parte, conservaron su estructura política y su identidad.
No hubo que poner otra estrella en la bandera estadounidense para conseguirlo.
Esa realidad debería provocar una conversación más adulta en Puerto Rico. Una que no comience necesariamente con la pregunta de siempre: «¿Estadidad o independencia?», sino con otra posiblemente más difícil: ¿qué relación podemos construir que responda tanto a los intereses de Puerto Rico como a los de Estados Unidos?
Yo quiero mi ciudadanía americana. Quiero una relación permanente con Estados Unidos, acceso a su mercado y mantener los vínculos económicos, sociales y culturales construidos durante más de un siglo.
Pero también quiero mi bandera. Quiero mi Comité Olímpico. Quiero escuchar La Borinqueña cuando mi equipo campeón suba al podio. Quiero poder decir Puerto Rico sin sentir que para querer a Estados Unidos primero tengo que renunciar a una parte de lo que soy.
Yo quiero mis dos banderas.
Eso no significa que Washington vaya a aceptar mañana un ELA mejorado ni que todas las aspiraciones del estadolibrismo sean constitucionalmente posibles. Esas cosas precisamente se negocian. Y negociar comienza por reconocer la realidad, no por inventarla.
Las grandes potencias tampoco esperan eternamente. Definen sus intereses, negocian, aseguran posiciones y siguen adelante. Groenlandia defendió su identidad y su derecho a decidir. Estados Unidos identificó lo que consideraba vital y aseguró buena parte de ello mediante un acuerdo de largo alcance.
Para Puerto Rico, la pregunta no es menor.
Durante demasiado tiempo hemos discutido qué queremos nosotros de Estados Unidos: beneficios, ciudadanía, representación, autonomía, poder político. Todo eso importa. Pero también deberíamos preguntarnos qué quiere o qué necesitará Estados Unidos de Puerto Rico en las próximas décadas.
Quizás ahí esté la conversación que el estadolibrismo del siglo XXI necesita comenzar.
Porque una cosa es sentarse a negociar el futuro.
Otra muy distinta es descubrir, cuando por fin llegamos a la mesa, que los demás ya ordenaron la cena.

Juan Luis Camacho es empresario, comunicador, analista político y exsecretario general del Partido Popular Democrático. Ha trabajado en medios, gobierno y estrategia pública, con experiencia en comunicaciones, mercadeo, asesoría legislativa y asuntos públicos. Escribe sobre política, gobierno y temas de actualidad con un enfoque crítico, directo y orientado al interés público.




