Bendición, madre mía

Es una palabra corta, casi un suspiro. Pero es, quizás, la más honda que pronuncia un puertorriqueño toda su vida escribe Anthony Maceira.

Por Anthony O. Maceira ZayasOpinión|

A selfie of a smiling middle-aged woman with blonde hair and a young man with a dark beard, posing together outdoors. They are standing in front of a sprawling green vineyard under a large leafy tree. The man is wearing a blue Columbia button-down shirt.
Foto del autor con su madre. (Suministrada)
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Bendición. Palabra que es una frase. Frase que consiste en una sola palabra. La bendición que le pedimos a nuestras madres es una costumbre puertorriqueña que no admite clase social, ni generación, ni ideología política. La pide el nieto de cinco años que apenas la pronuncia completa. La pide el hombre de sesenta que entra a la casa de su mamá y, sin pensarlo, baja la voz como cuando era niño. La pide el que vive en Nueva York y llama un domingo cualquiera. La pide el que está preso y solo tiene una llamada. La pide el ejecutivo que contesta el celular en medio de una reunión de Junta porque quien llama es su madre. La pide el que no la ha pedido en años y, frente a un cajón abierto, se da cuenta de que ya no puede pedirla más.

Es una palabra corta, casi un suspiro. Pero es, quizás, la más honda que pronuncia un puertorriqueño toda su vida.

En esa palabra cabe todo. Cabe el respeto, que ya pocos enseñan. Cabe la humildad, porque uno no le pide bendición a un igual, se la pide a quien lo trajo al mundo. Cabe la fe, porque al pedirla uno reconoce que hay algo más grande que nosotros mismos, y que esa fuerza, sea cual sea la forma en que cada quien la nombre, pasa primero por las manos de una madre. Cabe la gratitud por todo lo que no se dijo a tiempo. Y cabe, sobre todo, una verdad que esta Isla no debería olvidar nunca, que antes de cualquier título, de cualquier carrera, de cualquier cargo, uno fue, primero, el hijo de alguien.

Yo he visto a hombres duros, hombres que no lloran fácil, esos que muchos llaman "jefe", llegar donde su mamá y, antes de saludar a nadie más, decir bajito, "bendición". Y he visto a esa mamá, a veces encorvada, a veces ya con la mirada cansada, contestar lo de siempre, "Dios te bendiga, mijo". En ese intercambio de seis palabras se resume una nación entera. Ahí está nuestra crianza. Ahí está nuestra fe. Ahí está lo que ningún gobierno nos enseñó y que ninguna moda nos ha podido quitar.

Pedir la bendición es reconocer un orden. Es decir, sin elaboración innecesaria, que en esta vida hay jerarquías que son inmutables y valen, las del amor, las del sacrificio, las de quien se levantó mil madrugadas por uno. Es admitir que uno no se hizo solo. Que detrás de cada hombre y de cada mujer de bien, hubo una madre que se privó de algo para que su hijo tuviera. Una madre que aguantó lo que no le tocaba aguantar. Una madre que creyó cuando ya nadie creía.

Como sociedad invertimos muchos en discutir sobre derechos. Pero hay un deber que no se discute en ninguna asamblea, y es el deber con la mujer que nos dio la vida. Ese deber no se cumple una vez al año. Se cumple llamándola sin razón. Se cumple yendo a buscarla para su cita médica. Se cumple sentándose a escuchar, otra vez, la misma historia que ya nos contó cien veces, porque para ella sigue siendo importante contárnosla. Se cumple, sobre todo, pidiéndole la bendición mientras todavía se puede pedir.

Porque llega un día, y llega para todos, en que uno cruza la puerta de la casa y ya no hay quien conteste. Y entonces uno entiende, demasiado tarde a veces, que aquella palabra pequeña era en realidad la más grande que uno pronunció en la vida.

A las madres que están, gracias. A las que ya no están, que Dios las tenga en su gloria, y que sepan, donde quiera que estén, que sus hijos siguen pidiéndoles la bendición en silencio, todos los días, aunque ya no haya quien la conteste en voz alta.

En este Día de las Madres, doy gracias a Dios que puedo decirte: "bendición". Bendición, madre mía. Hoy y siempre.

Feliz Día de las Madres a la mujer puertorriqueña, raíz, refugio y razón de este pueblo.