Cuando la realidad derrota a la narrativa - Opinión

La autora analiza cómo los hechos desmontaron los pronósticos sobre el Mundial y advierte sobre el poder de las narrativas.

Por Lcda. Janille Rodríguez BeamudOpinión|

Las narrativas de inseguridad, caos y fracaso que algunos planteaban sobre el Mundial FIFA quedaron solo en eso, narrativas. (INDIARIO)
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Durante meses, antes de que comenzara la Copa Mundial de la FIFA 2026, se difundió toda clase de pronósticos sobre lo que ocurriría cuando millones de aficionados llegaran a Norteamérica y, particularmente, a Estados Unidos.

Se habló de inseguridad, hostilidad hacia los visitantes, falta de interés por el fútbol, deficiencias en el transporte y una infraestructura incapaz de responder a un evento de semejante magnitud. Algunas preocupaciones parecerían legítimas; otras, exageradas. Muchas se repitieron tantas veces que dejaron de presentarse como posibilidades y comenzaron a aceptarse como ciertas.

El Mundial terminó. España levantó la copa después de vencer a Argentina y, más allá del resultado deportivo, quedó otra conclusión: muchos de los escenarios catastróficos que dominaron la conversación antes del torneo simplemente no ocurrieron. El campeonato concluyó con una asistencia histórica y una organización que, aunque no estuvo libre de errores, respondió exitosamente al reto de recibir millones de visitantes.

La experiencia tampoco confirmó la imagen de una sociedad hostil hacia quienes llegaban del extranjero. Muchos aficionados destacaron la hospitalidad de las comunidades, la disposición de las personas para ayudar y una infraestructura capaz de sostener uno de los eventos deportivos más grandes del planeta.

Esto no significa que Estados Unidos sea una nación perfecta ni que todas las críticas fueran infundadas. Hubo precios elevados, largas distancias entre las sedes, altas temperaturas y el humo provocado por los incendios forestales en Canadá que incluso amenazó la celebración de la final. Pero una cosa es reconocer problemas reales y otra muy distinta convertirlos en una caricatura de todo un país.

No se trata de vanagloriar a Estados Unidos. Se trata de admitir lo que demostraron los hechos. Y precisamente ese es el verdadero tema de esta columna. No es el fútbol. Tampoco es Estados Unidos. Es el poder de las narrativas y nuestra creciente disposición a aceptarlas sin someterlas a examen.

Una narrativa no siempre es una mentira. Con frecuencia se construye utilizando hechos reales, pero seleccionando algunos, omitiendo otros y organizándolos de manera que conduzcan al público hacia una conclusión determinada. Su eficacia no depende necesariamente de que todo lo que afirme sea falso. Basta con que ofrezca una explicación sencilla, emocionalmente atractiva y compatible con los prejuicios de quienes la escuchan.

El peligro comienza cuando la narrativa sustituye la curiosidad. Cuando eso ocurre, dejamos de preguntar. Ya no buscamos la fuente original, no contrastamos versiones y tampoco examinamos la evidencia que pudiera contradecir lo que deseamos creer. Compartimos titulares sin leer las noticias. Repetimos estadísticas sin conocer su procedencia. Convertimos videos de pocos segundos en pruebas definitivas y suponemos que una afirmación es cierta porque miles de personas la han repetido.  La repetición, sin embargo, no transforma una opinión en un hecho.

Resulta paradójico que esto suceda en plena era de la información. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible de manera inmediata. Desde un teléfono podemos consultar documentos públicos, estadísticas oficiales, investigaciones, leyes, decisiones judiciales, discursos y medios de comunicación de distintas partes del mundo.

Hace apenas unas décadas, verificar determinada información podía requerir una visita a una biblioteca, la búsqueda de un documento impreso o la ayuda de una persona especializada. Hoy, en muchos casos, bastan varios minutos. Aun así, demasiadas personas prefieren aceptar la versión que les presenta un algoritmo, un comentarista o un influencer que confirme exactamente lo que ya pensaban.

Tenemos más instrumentos para conocer la verdad, pero no necesariamente una mayor voluntad de buscarla.

Además, las plataformas digitales han aprendido a mostrarnos aquello que provoca una reacción. La indignación, el miedo y el prejuicio generan más interacción que la prudencia. Una explicación equilibrada rara vez circula con la misma rapidez que una acusación escandalosa. La realidad suele ser compleja; la narrativa, en cambio, ofrece culpables fáciles, respuestas absolutas y conclusiones inmediatas.

Lo ocurrido durante el Mundial nos recuerda que las percepciones colectivas no siempre coinciden con la realidad. Ese mismo fenómeno ocurre cuando discutimos sobre economía, inmigración, criminalidad, educación, energía, sistemas políticos o el futuro de Puerto Rico. Cada sector posee sus historias predilectas, sus datos cuidadosamente seleccionados y sus explicaciones para todo.

Ninguna ideología tiene el monopolio de la manipulación. Nadie está completamente protegido contra el deseo de creer aquello que confirma sus convicciones. Por eso, el pensamiento crítico no consiste únicamente en cuestionar lo que dicen nuestros adversarios. La verdadera prueba es atrevernos a examinar con igual rigor las afirmaciones de aquellos con quienes estamos de acuerdo. Es fácil detectar los prejuicios ajenos. Mucho más difícil es reconocer los propios.

Tampoco debemos caer en el error contrario: asumir que toda narrativa es falsa, que todos los medios mienten o que ninguna institución merece confianza. El escepticismo absoluto puede ser tan dañino como la credulidad. Una sociedad en la que nadie cree en nada queda igualmente expuesta a la manipulación, porque termina aceptando como verdad la versión de quien grite más fuerte. Lo que necesitamos no es desconfianza indiscriminada, sino criterio.

La realidad rara vez cabe en un titular, un meme o un video de treinta segundos. Para comprenderla hay que buscar, comparar, escuchar y pensar. La libertad no consiste solamente en poder expresar nuestras opiniones. También exige la responsabilidad de procurar que esas opiniones descansen sobre hechos.

Porque el mayor peligro de una narrativa no es que sea completamente falsa. Es que logre convencernos de que ya sabemos suficiente y que, por tanto, dejemos de hacer preguntas. Y una sociedad que deja de hacer preguntas termina renunciando, poco a poco, a la libertad de pensar por sí misma.

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Lcda Janille Rodriguez Beamud (INDIARIO)

Janille Rodríguez Beamud es abogada, notaria y asesora estratégica con cerca de dos décadas de experiencia en derecho corporativo, transacciones comerciales, relaciones laborales, cumplimiento regulatorio, derecho administrativo y planificación estratégica. A lo largo de su carrera, ha asesorado a empresas, organizaciones profesionales, entidades gubernamentales y organizaciones sin fines de lucro en asuntos legales, regulatorios, legislativos y de política pública, incluidos temas relacionados con el desarrollo económico, las relaciones gubernamentales y los asuntos federales. Participa activamente en el análisis de temas legales, económicos, regulatorios y de política pública que inciden en la competitividad, la inversión y el desarrollo de Puerto Rico.