Domenech, de lustre a lastre en menos na- OPINIÓN
Entre chats, excusas, preguntas en Washington y Puerto Rico, el secretario de la Gobernación pasó de activo político a carga para La Fortaleza
Por Juan Luis Camacho Semidei|Opinión|
Hay funcionarios que llegan al gobierno como promesa. Otros llegan como ficha. Algunos llegan como solución. Y hay unos cuantos que, con el tiempo, terminan convertidos en problema.
Francisco Domenech parecía llegar a La Fortaleza con lustre. Con conexiones, con millaje, con contactos, con ese brillo que tanto impresiona en ciertos círculos donde se confunde tener acceso con tener juicio. Venía con el empaque de operador político sofisticado, de hombre de confianza, de puente entre mundos, de pieza clave para aceitar la maquinaria.
Pero en política, como en los zapatos bien brillados, el lustre dura hasta que aparece el fango.
Y el fango apareció.
La querella presentada por el exsecretario del DDEC, Sebastián Negrón Reichard, ante el Panel sobre el Fiscal Especial Independiente no es poca cosa. Según los documentos, Negrón alegó presuntas intervenciones indebidas relacionadas con contrataciones, decretos contributivos y procesos vinculados a OGPe y DDEC. También se ha reseñado que los hechos alegados se originan entre marzo y mayo de 2026, en medio de un proceso competitivo para servicios de publicidad con fondos federales administrados por OGPe.
Claro, en Puerto Rico siempre aparece la palabra mágica: “alegaciones”.
“Alegaciones” es ese paraguas institucional que se abre cada vez que empieza a llover corrupción, conflicto de interés, presión indebida o chat incómodo. No importa si el aguacero cae por el techo, por las ventanas o por los plafones; alguien siempre sale con cara seria a decir que, por ahora, son solo “alegaciones”.
Y técnicamente es correcto.
Pero políticamente es insuficiente.
Porque el problema de Domenech ya no es solamente jurídico. Es político. Es de confianza. Es de juicio. Es de peso muerto.
En los textos que se le adjudican a Domenech hay una frase que retrata mucho más que una conversación. Retrata una actitud. Ante la urgencia de un funcionario que pedía una carta necesaria para evitar que los permisos siguieran saliendo mal, la contestación atribuida al secretario fue: “Let me have my morning”.
Déjenme tener mi mañana.
Ahí está el gobierno resumido en cinco palabras.
El país con permisos enredados, agencias en crisis, secretarios renunciando, explicaciones torcidas, funcionarios huyéndole a la verdad, y desde algún rincón del poder alguien diciendo: déjenme tener mi mañana.
Qué maravilla.
Mientras Puerto Rico pierde la paciencia, algunos en Fortaleza piden espacio para descansar la mente. Mientras el ciudadano no puede descansar del apagón, del valvuleo, del permiso que no sale, de la factura que sube y del servicio que baja, el poder pide su mañanita libre.
Eso no es solamente cinismo.
Eso es desconexión con aire acondicionado.
Cuando un secretario de la Gobernación —la persona que se supone organice, coordine y estabilice el gobierno— se convierte en el centro del ruido, deja de ser bombero y empieza a parecer fósforo. Cuando el hombre llamado a ordenar la casa termina mencionado en las grietas de la casa, la pregunta no es si tiene buenos abogados. La pregunta es si todavía le sirve al gobierno o si el gobierno está sirviéndole a él.
Domenech rechazó los señalamientos y sostuvo, según sus expresiones escritas que carecen de contexto relevante y presentan una versión distorsionada de los hechos. Pero nunca negó enviar los mensajes. También dijo que atendería el asunto en los foros correspondientes. .
Muy bien.
Que los atienda.
Pero el país también tiene derecho a atender lo suyo.
Y lo suyo es preguntarse cómo un gobierno que llegó prometiendo orden, transparencia y eficiencia termina otra vez dando explicaciones sobre chats, presiones, contratos, referidos, opiniones legales y versiones oficiales que parecen escritas con lápiz, borradas con saliva y reescritas con prisa.
El asunto tiene un agravante: esto no ocurre en una agencia cualquiera. Ocurre alrededor de OGPe y DDEC, dos espacios donde se supone que el gobierno facilite desarrollo económico, permisos, inversión y confianza. Es decir, precisamente las áreas donde Puerto Rico menos puede darse el lujo de parecer una feria de empujones, padrinos y llamadas desde arriba.
Porque el inversionista no solo mira incentivos. Mira estabilidad.
El empresario no solo mira decretos. Mira reglas.
El ciudadano no solo mira permisos. Mira si el proceso es derecho o si depende de quién llama, quién conoce, quién presiona y quién tiene el celular correcto.
Ahí es donde el lustre se vuelve lastre.
Y el lastre ya no se quedó en San Juan.
Ayer, en el Senado federal, la gobernadora Jenniffer González tuvo que contestar preguntas de senadores republicanos, su propio partido nacional, y de senadores demócratas, del partido donde Domenech ha tenido su propio historial político. Preguntas sobre el escándalo en DDEC. Sobre LUMA. Sobre fondos federales. Sobre esa nube que ya no se puede esconder con comunicados de prensa ni con frases de manual.
La gobernadora contestó diciendo que todo era falso.
Todo.
Como si en Puerto Rico no hubiésemos visto renuncias, documentos, mensajes, contradicciones, referidos y versiones oficiales cambiantes. Como si la política pública se pudiera limpiar con un “eso es falso” pronunciado en Washington. Como si decirlo en inglés, ante senadores federales, lo hiciera más cierto que decirlo en español frente al país.
Y entonces vino la otra parte: que ella ordenó una evaluación externa de la situación.
¿Dónde dijo eso en Puerto Rico?
No lo sabemos.
¿En qué conferencia lo anunció?
No aparece.
¿En qué mensaje al país lo explicó?
Tampoco.
Porque la verdad es más sencilla y más incómoda: aquí no lo dijo. Aquí no lo anunció. Aquí no lo presentó como política pública. Aquí el gobierno ha estado corriendo detrás del escándalo, no delante de él.
Decir en Washington que se ordenó una evaluación externa que el país nunca vio anunciar no es transparencia. Es tratar de pasarle polish federal a un zapato embarrado en la isla.
Y eso también es parte del problema.
La Fortaleza, por su parte, ha defendido a Domenech y ha insistido en tratar el asunto como alegaciones en trámite. Eso era predecible.
Los gobiernos casi nunca sueltan a sus fichas cuando deben. Las sueltan cuando ya no les queda otra. Antes de eso, viene el libreto conocido: confianza absoluta, proceso en curso, no comentamos asuntos bajo evaluación, respeto a las instituciones, y esa frase tan puertorriqueña de “vamos a dejar que las agencias hagan su trabajo”, como si las agencias vivieran en Marte y no bajo el mismo techo político.
Pero hay momentos en que defender a alguien deja de ser lealtad y se convierte en terquedad.
Y la terquedad, en política, sale cara.
Tan cara, que hasta Cucusa Hernández, madrina política de la gobernadora, terminó diciendo en televisión lo que en Fortaleza todavía no quieren admitir: que Jenniffer erró al decir que las alegaciones eran falsas y que Domenech debía renunciar.
Cucusa.
La misma Cucusa que en su libro le dedicó municiones denigrantes a Jenniffer, luego terminó haciéndole campaña y ahora, desde la pantalla, parece decirle lo que muchos dentro del PNP murmuran pero no se atreven a firmar: suelta ese lastre antes de que te hunda más.
Porque cuando hasta la madrina política prende una vela por la renuncia, ya no estamos ante una crisis fabricada por adversarios. Estamos ante una realidad que entró por la puerta, se sentó en la sala y pidió café.
Francisco Domenech puede tener trayectoria. Puede tener relaciones. Puede tener experiencia. Puede tener defensores. Puede incluso tener razón en algunos puntos procesales. Pero cuando el nombre de un funcionario empieza a pesar más que su utilidad, el cálculo cambia. Ya no se mide por currículo. Se mide por costo político.
Y ese costo lo paga la gobernadora.
Lo paga el gabinete.
Lo paga la credibilidad del gobierno.
Lo paga, como siempre, el ciudadano que no tiene acceso al chat, ni al intermediario, ni al amigo poderoso, ni al “mala mía” de los que se equivocan desde cómodas oficinas y luego pretenden que el país aplauda la corrección.
Domenech pudo haber sido vendido como un activo. Hoy luce como una carga. Pudo ser el hombre que ayudara a estabilizar La Fortaleza. Hoy parece el nombre que obliga a La Fortaleza a estabilizarse de él. Pudo ser operador. Hoy corre el riesgo de convertirse en operación. Pudo ser lustre. Hoy es lastre.
Y cuando un funcionario pasa de adornar el zapato a llenarlo de lodo, no hay betún que lo salve.
Hay que cambiar de paso.



