Padre, juez y brújula, ese era Juan Camacho Fabre
Hoy dia de los Padres, hago una reflexión sobre mi papá, la paternidad moderna y el reto de guiar hijos en tiempos distintos
Por Juan Luis Camacho Semidei|Opinión|
Quiero pedirles permiso amigos lectores, para hablarles de mi Papá. Podría hablarles de mil memorias, anécdotas y cuentos que muchos amigos de "El Viejo" me han hecho con el pasar de los años. Pero hoy quiero hablar de Papi, la paternidad y los padres de hoy.Hay hombres cuyo legado no cabe en un título. Mi padre, Juan Camacho Fabre, fue juez, guitarrista, servidor público y hombre de ley. Pero para mí, antes que cualquier cargo, siempre ha sido simplemente papá.
Crecí viendo en él una figura de disciplina, carácter y responsabilidad. La toga representaba una parte de su vida pública, pero en casa su autoridad no venía del puesto que ocupaba, sino del ejemplo. Enseñaba con su presencia, con su forma de hablar, con sus silencios y con esa manera firme de marcar el camino cuando uno todavía no sabía muy bien hacia dónde iba.
En los últimos años de su carrera judicial, mi padre se dedicó mayormente a atender casos de familia. Aquello también marcó mi manera de verlo. Recuerdo verlo llegar a casa, en ocasiones, emocionalmente destruido por lo que había tenido que escuchar y decidir desde el estrado.
Yo apenas era un niño, cursaba segundo o cuarto grado, y no entendía del todo la dimensión de aquellos casos. Pero hay imágenes que se quedan grabadas para siempre. Recuerdo una vez que llegó a casa, se sentó en el suelo de la marquesina y, hablando con un vecino, dijo entre lágrimas que había visto un caso desgarrador: una niña pequeña había sido maltratada por su propio padre.
Luego añadió una frase que nunca se me olvidó: “Yo la adoptaría, porque esa niña jamás será feliz en ese hogar”.
Con los años entendí que aquel momento decía mucho más de mi padre que cualquier sentencia. Detrás del juez había un ser humano profundamente sensible al dolor ajeno. Un hombre que entendía que la paternidad no era un derecho para ejercerse con abuso, sino una responsabilidad sagrada para proteger, cuidar y amar.

Hoy, siendo padre de dos adolescentes, entiendo mejor muchas cosas que antes quizá no comprendía. Uno mira hacia atrás y descubre que aquellas correcciones, aquellas reglas y aquellos consejos que a veces parecían excesivos eran, en realidad, expresiones de amor.
Pero también me ha tocado criar en un mundo muy distinto al que me criaron a mí.
Antes, la autoridad del padre se entendía de otra manera. Había menos explicaciones, menos negociación y menos ruido externo. La casa, la escuela y la familia extendida marcaban los límites principales. Hoy, nuestros hijos crecen en un mundo acelerado, hiperconectado, expuesto y muchas veces confuso. Las redes sociales, la presión de grupo digital, la ansiedad, los cambios culturales y la velocidad con que todo se mueve han transformado profundamente la paternidad.
Ser padre hoy exige firmeza, pero también mucha conversación. Exige poner límites, pero también escuchar. Exige corregir, pero también entender que nuestros hijos enfrentan presiones que nosotros no vivimos de la misma manera.
En mi caso, ser papá de dos jóvenes adolescentes ha sido una de las experiencias más retantes y más hermosas de mi vida. Uno aprende que no basta con proveer. Hay que estar. Hay que observar. Hay que preguntar aunque a veces contesten poco. Hay que insistir aunque parezca que no escuchan. Hay que acompañar incluso cuando ellos comienzan a reclamar su propio espacio.
También soy padre divorciado. Y esa realidad, que muchas familias viven hoy, me ha enseñado otra dimensión de la paternidad: la importancia de anteponer siempre a los hijos por encima de cualquier diferencia adulta.
En mi caso, tengo una excelente relación con la madre de mis hijos. Hemos procurado mantener la cordialidad, la comunicación y la cordura, no por apariencia ni por conveniencia, sino porque entendemos que nuestros hijos merecen crecer sin cargar conflictos que no les pertenecen.
La paternidad moderna también exige eso: madurez emocional. Entender que aunque una relación de pareja pueda terminar, la responsabilidad de criar, orientar y proteger a los hijos continúa. Y continúa mejor cuando los adultos actúan con respeto.
Y ahí es donde vuelvo a pensar en mi padre.
Porque aunque los tiempos han cambiado, los valores esenciales siguen siendo los mismos: respeto, responsabilidad, honestidad, trabajo, palabra y familia. Quizá hoy se transmiten de otra manera, con otro lenguaje y bajo otras circunstancias, pero siguen siendo la base sobre la cual se forma el carácter.
Mi padre fue diagnosticado con Alzheimer en el año 2013. Poco a poco, esa enfermedad fue llevándose sus recuerdos. Fue olvidándonos a todos. Y aquel hombre fuerte, aquel juez, aquel padre que tantas veces había sido guía, autoridad y refugio, pasó a ser también un hijo más al que había que cuidar.
Hoy ya no está con nosotros. Y su ausencia la llevo muy presente. No desde el duelo permanente ni desde la tristeza como única forma de recordarlo, sino desde la enseñanza. Desde el aprendizaje. Desde la brújula que sigue siendo en mi vida.
La enfermedad le arrebató muchos recuerdos, pero no pudo borrar lo más importante: todo lo que sembró antes de que llegara. Sus lecciones siguen presentes cuando tomo decisiones, cuando enfrento dificultades, cuando corrijo a mis hijos y cuando intento ser un mejor ser humano. De alguna manera, sigue acompañándome.
La paternidad no es perfecta. Ningún padre lo es. Uno se equivoca, se desespera, duda y muchas veces aprende sobre la marcha. Pero también descubre que ser padre es vivir con el corazón fuera del pecho. Es celebrar los logros de los hijos como propios, sufrir sus tropiezos más de lo que ellos imaginan y seguir apostando por ellos incluso en los días difíciles.
Por eso, en este Día de los Padres, mi reconocimiento no es solo para mi papá. Es también para todos los padres que hacen lo mejor que pueden con las herramientas que tienen. Para los que madrugan, trabajan, aconsejan, disciplinan, acompañan y aman, aun cuando no siempre saben cómo decirlo.
Hoy honro a Juan Camacho Fabre, el juez, el hombre recto, el servidor público. Pero sobre todo honro al padre que me dio raíces.
Y desde mi propia experiencia, también reconozco la enorme responsabilidad de intentar darles alas a mis hijos sin soltar los valores que recibí.
Porque al final, la paternidad es eso: recibir una antorcha, cargarla con humildad y pasarla encendida a la próxima generación.
Feliz Día de los Padres




