Ramón Luis: la satisfacción del deber cumplido - Opinión

Una reflexión sobre el legado de Ramón Luis Rivera, padre, y las lecciones que deja su trayectoria, servicio público, obra y cercanía con la gente.

Por Lcda. Janille Rodríguez BeamudOpinión|

Ramón Luis Rivera Rivera, quien dirigió el Municipio de Bayamón entre 1977 y 2001, dejó una huella marcada por obras de infraestructura, cultura, recreación y desarrollo urbano que transformaron la ciudad. El exalcalde falleció a los 97 años. (INDIARIO)
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Hay obras políticas que duran lo que dura un cuatrienio. Hay otras que sobreviven elecciones, administraciones y colores partidistas. Esas son las que convierten una carrera política en un verdadero servicio público.

El fallecimiento de Ramón Luis Rivera, padre, nos invita a mirar su trayectoria precisamente desde esa perspectiva. No solamente desde la historia del Partido Nuevo Progresista, del cual fue fundador, ni exclusivamente desde Bayamón, municipio que dirigió durante veinticuatro años. Su partida permite reflexionar sobre algo mucho más amplio: qué significa servir y, sobre todo, qué debe quedar después de haber servido.

Los cargos terminan. Los títulos desaparecen. Los retratos eventualmente se sustituyen. Lo que permanece es la obra.

Ramón Luis entendió la administración municipal como una herramienta para transformar. Durante sus años como alcalde, Bayamón experimentó importantes cambios en infraestructura, servicios, cultura, recreación y desarrollo urbano. Entre las obras asociadas a su administración figuran el Parque de las Ciencias, Ciudad Dorada, así como instalaciones culturales, teatros, museos y bibliotecas. También impulsó iniciativas relacionadas con los servicios de salud, la infraestructura y el acceso al agua potable en comunidades rurales.

Podemos discutir políticas públicas, prioridades y modelos de gobierno. Eso es parte natural de una democracia. Lo que resulta más difícil de discutir es la importancia de que quien ocupa un cargo público comprenda que llegó allí para hacer.

Y esa, quizás, sea la primera enseñanza que deja Ramón Luis: gobernar es producir resultados.

Vivimos una época en la que resulta demasiado fácil confundir comunicación con gestión. Un anuncio puede convertirse en noticia antes de que exista un proyecto. Una conferencia de prensa puede generar más atención que meses de trabajo silencioso. Las redes sociales permiten proyectar presencia permanente aun cuando los problemas permanecen sin resolver. Pero el servicio público no puede medirse en publicaciones, titulares ni seguidores. Al final, la pregunta es mucho más sencilla y también más incómoda: ¿qué resolviste?

La segunda enseñanza tiene que ver con la cercanía.

Quienes conocieron a Ramón Luis han resaltado repetidamente su trato con la gente y su manera de ejercer el poder, que no parecía requerir distancia entre el funcionario y el ciudadano. Esa característica puede parecer sencilla, pero encierra una lección importante.

Los gobiernos manejan presupuestos, estadísticas y estructuras administrativas. Pero detrás de cada expediente hay una persona. Detrás de una solicitud de vivienda hay una familia. Detrás de una carretera deteriorada hay alguien que la transita todos los días. Detrás de una espera interminable hay un ciudadano que necesita una respuesta. La eficiencia gubernamental no es una abstracción. Tiene consecuencias humanas.

La tercera enseñanza quizás sea la más importante: la buena obra pública puede trascender las líneas partidistas.

Hace apenas unos meses quedó demostrado cuando el Senado de Puerto Rico reconoció su trayectoria. Las expresiones de respeto no provienen únicamente de integrantes de su colectividad. Senadores de distintas afiliaciones políticas reconocieron aspectos de su legado y de su manera de servir. Eso debería decirnos algo.

Ramón Luis nunca ocultó sus convicciones políticas. No tenía que hacerlo. Trascender las líneas partidistas no significa renunciar a las ideas propias ni pretender que las diferencias ideológicas no existen. Significa construir una trayectoria que pueda ser respetada incluso por quien piensa distinto. En tiempos de tanta polarización, esa distinción cobra especial importancia.

Podemos defender nuestras ideas con firmeza sin convertir al adversario en enemigo. Podemos discrepar sobre el futuro de Puerto Rico y coincidir en la necesidad de administrar bien. Podemos pertenecer a partidos distintos y reconocer cuando alguien deja una obra valiosa. Quizás necesitamos recuperar un poco de eso.

También existe otra enseñanza que solo el tiempo permite apreciar. Un proyecto verdaderamente importante no debería existir únicamente mientras permanezca en el poder quien lo inauguró. Las instituciones sólidas sobreviven a sus creadores. Las buenas ideas pueden mejorarse por quienes vienen después. La obra pública alcanza otra dimensión cuando una generación puede recibirla, transformarla y continuarla. Por eso, el legado de un servidor público no debe medirse únicamente por el último día que ocupa su cargo. Hay que volver diez, veinte o treinta años después y preguntar qué permanece.

Ramón Luis tuvo algo que pocos servidores públicos tienen la oportunidad de experimentar: vivió muchos años después de dejar la alcaldía y pudo observar cómo Bayamón continuaba evolucionando sobre la base de las iniciativas desarrolladas durante su administración.

Hoy Puerto Rico despide a un hombre que perteneció a una generación política distinta. Cambiaron las campañas, los medios de comunicación, la tecnología y las formas de relacionarnos con el gobierno. Pero algunas cosas no deberían cambiar.

El funcionario debe recordar que administra recursos que pertenecen al Pueblo. Debe rodearse de personas capaces. Debe escuchar. Debe ejecutar. Debe resolver. Y debe comprender que ocupar un cargo público es una oportunidad temporal para dejar algo permanente.

Hoy, ante la partida de Ramón Luis, Puerto Rico puede mirar su trayectoria desde distintas ideologías y encontrar enseñanzas comunes. Su obra pertenece a una época, pero sus lecciones no. Porque los buenos ejemplos en el servicio público no tienen por qué ser partidistas.

Quizás esa sea la mayor aspiración de quien decide dedicar su vida a servir: que mucho después de abandonar el cargo, cuando las campañas hayan terminado y las diferencias políticas hayan perdido importancia, permanezca la obra.

Y con ella, la satisfacción del deber cumplido.

 

Lcda Janille Rodriguez Beamud (INDIARIO)

Janille Rodríguez Beamud es abogada, notaria y asesora estratégica con cerca de dos décadas de experiencia en derecho corporativo, transacciones comerciales, relaciones laborales, cumplimiento regulatorio, derecho administrativo y planificación estratégica. A lo largo de su carrera, ha asesorado a empresas, organizaciones profesionales, entidades gubernamentales y organizaciones sin fines de lucro en asuntos legales, regulatorios, legislativos y de política pública, incluidos temas relacionados con el desarrollo económico, las relaciones gubernamentales y los asuntos federales. Participa activamente en el análisis de temas legales, económicos, regulatorios y de política pública que inciden en la competitividad, la inversión y el desarrollo de Puerto Rico.