La inteligencia artificial no viene por tu empleo - Opinión
El verdadero reto de la inteligencia artificial no es reemplazar empleos, sino prepararnos para transformar la forma de trabajar.
Cada gran transformación tecnológica ha venido acompañada del mismo temor: ¿qué pasará cuando aquello que hemos creado termine por alterar la forma en que vivimos y trabajamos? Quienes tenemos edad suficiente para recordarlo, vivimos una versión particular de ese miedo cuando despedíamos 1999.
Mientras el mundo se preparaba para recibir el año 2000, se hablaba insistentemente del Y2K, o “Millennium Bug”. Muchos sistemas informáticos identificaban los años con solo dos dígitos. El temor era que, al llegar “00”, las computadoras interpretaran el año 2000 como 1900 y comenzaran a fallar. Las predicciones eran inquietantes. Se hablaba de problemas en los bancos, los sistemas eléctricos, los aeropuertos y las redes gubernamentales. Hubo quienes almacenaron efectivo, comida y agua ante la posibilidad de que los servicios esenciales dejaran de funcionar cuando el reloj marcara la medianoche.
Llegó el año 2000 y el mundo siguió funcionando. No porque el problema hubiese sido imaginario, sino porque gobiernos y empresas habían dedicado años y enormes recursos a identificarlo, a corregir sistemas y a prepararse. Esta experiencia dejó una lección que hoy resulta pertinente: ante una transformación tecnológica, el miedo sirve de poco si no va acompañado de preparación.
Veintiséis años después enfrentamos una revolución tecnológica mucho más profunda: la inteligencia artificial. Herramientas que parecían provenir de una película de ciencia ficción pueden redactar documentos, analizar enormes cantidades de información, generar imágenes, programar, traducir idiomas y realizar en segundos tareas que antes requerían horas. Y nuevamente escuchamos predicciones inquietantes.
Ahora la pregunta no es si las computadoras dejarán de funcionar cuando cambie el calendario. Es si, eventualmente, podrán hacer nuestro trabajo. Quizás estamos haciendo la pregunta equivocada.
La pregunta no debe ser si la inteligencia artificial viene por nuestros empleos, sino qué ocurrirá con aquellos trabajadores y profesionales que decidan ignorarla. La competencia del futuro inmediato probablemente no será simplemente entre seres humanos y máquinas. Será entre personas que aprendieron a utilizar estas herramientas y aquellas que decidieron continuar trabajando exactamente como antes.
Un abogado que utiliza inteligencia artificial no deja de necesitar criterio jurídico. Todo lo contrario. Necesita criterio para identificar errores, verificar fuentes, proteger información confidencial y distinguir entre una respuesta que parece convincente y otra que realmente es correcta. Lo mismo ocurrirá con médicos, ingenieros, contables, arquitectos, maestros y comerciantes. La tecnología puede acelerar una tarea. No necesariamente puede asumir la responsabilidad por ella. Y ahí está la oportunidad.
Durante décadas hemos asociado la productividad con trabajar más horas. La inteligencia artificial nos obliga a pensar distinto: a producir más valor en las mismas horas.
Una pequeña empresa puede automatizar algunas tareas administrativas. Un profesional independiente puede analizar información con mayor rapidez. Un comerciante puede comprender mejor sus inventarios. Un estudiante puede recibir explicaciones individualizadas sobre aquello que no entendió en el salón de clases. Eso no significa que todos los empleos permanezcan intactos. Sería ingenuo afirmarlo.
Algunas funciones desaparecerán. Otras se reducirán. Muchas cambiarán. Y surgirán ocupaciones que hoy ni siquiera conocemos. La historia de la tecnología también siempre ha sido la historia de la transformación del trabajo. Por eso la conversación verdaderamente importante no debe limitarse a si la inteligencia artificial es maravillosa o aterradora. Debemos preguntarnos: ¿estamos preparando a nuestra gente para utilizarla?
Para Puerto Rico, esa pregunta debería tener una urgencia particular. Durante años hemos discutido cómo aumentar nuestra productividad, atraer inversión, retener profesionales y competir con jurisdicciones mucho más grandes. Ahora contamos con una tecnología capaz de mitigar algunas de las desventajas de operar en una economía pequeña.
Un empresario puertorriqueño puede acceder a herramientas similares a las que utiliza una multinacional. Un profesional puede prestar servicios a clientes que se encuentran a miles de millas de distancia desde Puerto Rico. Una empresa pequeña puede alcanzar niveles de productividad que antes requerían una estructura considerablemente mayor. Esto debería entusiasmarnos más de lo que debería asustarnos, pero requiere abandonar una vieja costumbre: esperar a que el mundo cambie para empezar a prepararnos.
Las universidades deberían incorporar la inteligencia artificial de manera transversal en sus currículos, no solamente en ingeniería o ciencias de computadoras. Los futuros abogados, contables, educadores y profesionales de todas las disciplinas necesitan aprender a utilizarla correctamente. Prohibirla no prepara a nadie para el futuro. Enseñar a utilizarla responsablemente, sí.
Las empresas también tendrán que capacitar a sus empleados, revisar sus procesos y determinar dónde la tecnología realmente aumenta la productividad. Y los trabajadores tendremos nuestra propia responsabilidad.
Durante mucho tiempo pensamos que obtener un título universitario significaba haber terminado de estudiar. Ese mundo está desapareciendo. El profesional del futuro tendrá que aprender durante toda su carrera porque las herramientas cambiarán demasiado rápido como para depender exclusivamente de lo aprendido a los veinte años.
La inteligencia artificial tampoco debería verse como una forma de hacer menos. Debería utilizarse para mejorar. Ahorrarnos dos horas puede significar atender a otro cliente, desarrollar una idea, estudiar un problema con mayor profundidad o brindar un mejor servicio.
Puerto Rico ha llegado tarde a demasiadas transformaciones económicas. No tenemos por qué llegar tarde a esta.
En 1999 mirábamos el reloj esperando ver qué ocurriría cuando llegara la medianoche. Hoy no tenemos que esperar. La transformación ya comenzó.
Las herramientas cambian. Lo que hacemos con ellas sigue dependiendo de nosotros. Y quizás dentro de algunos años descubramos que la inteligencia artificial nunca vino por nuestros empleos. Lo que hizo fue cambiar las reglas para conservarlos.

Janille Rodríguez Beamud es abogada, notaria y asesora estratégica con cerca de dos décadas de experiencia en derecho corporativo, transacciones comerciales, relaciones laborales, cumplimiento regulatorio, derecho administrativo y planificación estratégica. A lo largo de su carrera, ha asesorado a empresas, organizaciones profesionales, entidades gubernamentales y organizaciones sin fines de lucro en asuntos legales, regulatorios, legislativos y de política pública, incluidos temas relacionados con el desarrollo económico, las relaciones gubernamentales y los asuntos federales. Participa activamente en el análisis de temas legales, económicos, regulatorios y de política pública que inciden en la competitividad, la inversión y el desarrollo de Puerto Rico.




