Especial 250 Años: El manifiesto y las cadenas - Parte 8
En la continuación de este especial de INDIARIO, nos asomamos sobre el hombro de Thomas Jefferson mientras redactaba el borrador
Por Redacción InDiario|Historia|
Filadelfia, finales de junio de 1776. Si pudiéramos viajar en el tiempo 250 años atrás, esquivar el asfixiante calor del verano y asomarnos por la ventana del segundo piso de la casa del albañil Jacob Graff, veríamos a un joven pelirrojo encorvado sobre un pequeño escritorio portátil de caoba.
Ese joven es Thomas Jefferson. Está a punto de escribir la oración más famosa de la historia política moderna: "Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales...".
Hoy, a 15 días del Semiquincentenario de la nación, en Indiario decidimos asomarnos por encima del hombro de Jefferson. Queremos ver de dónde salieron esas palabras inmortales y, lo más perturbador, examinar la colosal disonancia cognitiva que se respiraba dentro de esa misma habitación.
¿Genio original o un brillante "copy-paste"?
La mitología estadounidense a menudo retrata a Jefferson experimentando una especie de epifanía divina al redactar la Declaración. La realidad académica es distinta. Años más tarde, el propio Jefferson admitiría que no intentó inventar ideas nuevas, sino simplemente plasmar "la mente de América".
Sus fuentes de inspiración eran evidentes. Jefferson canalizó directamente a John Locke, el filósofo inglés de la Ilustración, quien un siglo antes había argumentado que los individuos tienen derechos naturales a la "vida, la libertad y la propiedad". El golpe de genio literario y propagandístico de Jefferson fue cambiar la palabra "propiedad" por "la búsqueda de la felicidad", elevando el documento de un mero reclamo económico a una aspiración espiritual profunda.
Además de Locke, Jefferson tenía sobre su escritorio borradores de la Declaración de Derechos de Virginia, recién redactada por su compatriota George Mason. Mason había escrito que "todos los hombres nacen igualmente libres e independientes". Jefferson simplemente tomó las ideas de la Ilustración europea y el activismo virginiano, y las pulió con la prosa de un poeta.
La inmensa hipocresía: Té servido por un esclavo
Pero es aquí donde el análisis histórico de Indiario choca de frente con la mitología. Mientras la pluma de Jefferson trazaba las palabras "todos los hombres son creados iguales y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables", él no estaba solo en esa habitación alquilada.
Junto a él, atendiéndolo, vistiéndolo y probablemente sirviéndole el té o limpiando su escritorio, estaba Robert Hemings. Robert era un joven negro esclavizado, propiedad legal de Jefferson (y, por cierto, medio hermano de Sally Hemings, la mujer esclavizada con quien Jefferson tendría posteriormente varios hijos no reconocidos públicamente).
Esa es la cicatriz original y la inmensa hipocresía de la fundación de Estados Unidos capturada en un solo instante: el hombre que le estaba dando voz al grito universal por la libertad humana, era dueño absoluto del cuerpo, el tiempo y el destino de otro ser humano a escasos metros de distancia. A lo largo de su vida, Jefferson esclavizó a más de 600 personas en su plantación de Monticello.
La paradoja fundacional
¿Cómo reconciliaron esta contradicción? No lo hicieron. Los líderes de la Revolución sabían que la esclavitud era una abominación moral —Jefferson mismo la llamó un "ensamblaje de horrores"—, pero estaban aterrados de perder sus privilegios económicos y la frágil unidad de las 13 colonias si intentaban abolirla.
El borrador que Jefferson redactó en esa habitación no era un reflejo de la realidad de 1776. Era, en el mejor de los casos, una promesa a futuro; y en el peor, un ejercicio de cinismo político. Sin embargo, al poner esas palabras en papel, Jefferson soltó un genio de la botella que ya nadie podría volver a encerrar. Al escribir que todos los hombres son iguales, le dio a los abolicionistas, a las mujeres y a los movimientos de derechos civiles de los siglos venideros el arma exacta que usarían para exigir que el país finalmente cumpliera su palabra.
(Mañana, en nuestra entrega para el Día 14, veremos qué pasó cuando Jefferson presentó su borrador al Congreso. Detallaremos el "crimen literario" que más le dolió al virginiano: cómo la sala despedazó su texto y borró sin piedad la única cláusula que condenaba directamente el comercio transatlántico de esclavos).





