Especial 250 Años: La primera guerra civil - Parte 13
En la continuación de este especial de INDIARIO, hablaremos de cómo los "patriotas" cazaron y torturaron a sus propios vecinos por apoyar la corona
Por Redacción InDiario|Historia|
La mitología escolar nos ha vendido la Revolución Estadounidense como un levantamiento unánime: un continente entero, unido por el amor a la libertad, marchando brazo a brazo para expulsar al malvado invasor británico. Pero en Indiario sabemos que esa es una mentira conveniente. La Revolución no fue solo una guerra de independencia; fue la primera y más brutal guerra civil de Estados Unidos.
Hoy, a 10 días del Semiquincentenario, apartamos la mirada de los héroes de mármol para enfocarnos en los grandes perdedores de 1776: Los Lealistas (o Tories). ¿Qué pasó con ese 20% (y en algunas colonias hasta el 30%) de la población que miró la Declaración de Independencia y dijo "No, yo me quedo con el Rey"? La respuesta es una historia de persecución, tortura sistemática y el mayor éxodo de refugiados en la historia temprana de la nación.
El mito del "aristócrata" lealista
La propaganda patriota dibujó a los lealistas como aristócratas esnobs que bebían té con el meñique levantado y despreciaban al pueblo. La realidad era mucho más compleja. Había lealistas ricos, sí, pero la inmensa mayoría eran granjeros comunes, comerciantes recientes, minorías religiosas (como los cuáqueros pacifistas), indígenas y afroamericanos libres que consideraban que el verdadero peligro no era el Rey Jorge III, sino la turba enfurecida de sus propios vecinos. Para ellos, romper el juramento a la corona era un pecado, y la tiranía de la mayoría (el gobierno de las masas) era mucho más aterradora que los impuestos del Parlamento.
La tiranía de los "Comités de Seguridad"
Para asegurar el control del territorio, los revolucionarios no apelaron a la libertad de expresión. Crearon "Comités de Seguridad" y "Comités de Inspección" en cada pueblo. Estos grupos actuaban como policías secretas y tribunales inquisidores.
Si un vecino sospechaba que no apoyabas la guerra, te citaban. Si te negabas a firmar un juramento de lealtad a la nueva república, o si te negabas a usar la devaluada moneda continental, te declaraban "enemigo de las libertades de América". ¿El castigo? Te confiscaban las tierras, congelaban tus negocios y te quitaban el derecho a votar o a defenderte en un tribunal. Se aprobó el robo de propiedades a escala industrial, disfrazado de patriotismo.
Alquitrán y plumas: El terrorismo callejero
Cuando la confiscación legal no era suficiente, los patriotas recurrían al terrorismo de las turbas. La historia ilustrada a menudo muestra la práctica de untar "alquitrán y plumas" (tarring and feathering) como una travesura cómica. Fue todo lo contrario.
Era una forma de tortura salvaje. Las turbas desnudaban al lealista, calentaban alquitrán de pino hasta que estaba hirviendo y se lo vertían sobre la piel desnuda, causando quemaduras horribles de segundo y tercer grado que a menudo se infectaban. Luego, le arrojaban plumas para humillarlo públicamente, lo subían a la fuerza a un riel de madera afilado y lo paseaban por el pueblo. El objetivo no era matar (aunque a veces sucedía), sino destruir psicológicamente a la oposición política mediante el terror público.
La nación que nació de un éxodo
A medida que la guerra avanzaba y finalmente terminaba con la victoria patriota, la vida para los lealistas se volvió insostenible. Al final del conflicto, entre 80,000 y 100,000 colonos (una cifra asombrosa para la población de la época) tuvieron que huir para salvar sus vidas.
Dejaron atrás sus granjas, sus fortunas y las tumbas de sus antepasados. Fueron empacados en barcos británicos y exiliados a Canadá (donde fundaron la provincia de Nuevo Brunswick y poblaron Nueva Escocia), a las islas del Caribe o a una Inglaterra que muchos de ellos nunca habían pisado.
En Indiario recordamos hoy a estos vecinos exiliados porque nos obligan a confrontar una verdad incómoda: la república que se fundó sobre el principio de que "todos los hombres tienen derechos inalienables", consolidó su poder cazando, silenciando y desterrando a la quinta parte de su propia población que se atrevió a pensar diferente.
(Mañana, en nuestra entrega para el Día 9 de la cuenta regresiva, viajaremos al otro lado del Atlántico para conocer el arma secreta de la Revolución: Benjamin Franklin en París. Descubriremos cómo este estadista de 70 años usó la fama, la diplomacia de salón y hasta la seducción para manipular a la monarquía francesa y salvar financieramente a los Estados Unidos).





