Cuando arrestan al dictador… y aquí protestan

Maduro fue arrestado tras años de investigaciones, acusaciones formales y procesos judiciales abiertos desde la era de Barack Obama, explica Juan Luis Camacho.

Por Juan Luis Camacho SemideiOpinión|

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Hay algo profundamente revelador —y patológicamente increíble— en ver a cierta gente indignada no por los crímenes de Nicolás Maduro, sino por su arresto. No por los presos políticos, no por los ocho millones de exiliados, no por el hambre, no por el narcotráfico, sino porque “Estados Unidos no tenía derecho”, porque “eso es una invasión”, o porque “el imperio otra vez”.

Uno escucha esas quejas y se pregunta si estamos hablando de Venezuela… o de una asamblea universitaria en Río Piedras.

Maduro no cayó del cielo. Fue arrestado tras años de investigaciones, acusaciones formales y procesos judiciales abiertos desde la era de Barack Obama. No fue una invasión: no quedaron tropas, no se ocupó territorio, no se derrocó al régimen en 48 horas. Fue una operación quirúrgica, jurídica y ejecutada con precisión. Tan precisa, que lo único que quedó fuera fue la narrativa favorita de la izquierda tropical: el mártir.

Y ahí está el problema. Sin mártir, no hay consigna. Sin consigna, no hay pancarta. Sin pancarta, no hay selfie revolucionario.

Ahí empieza el cortocircuito ideológico en Puerto Rico. Lo verdaderamente incómodo para muchos opinadores de café no es que arrestaran a Maduro. Es que ya no pueden seguir defendiendo lo indefendible sin quedar desnudos. Durante años se nos vendió aquello como una “democracia imperfecta”, luego una “democracia asediada”, después un “proceso soberano”, y ahora… silencio incómodo o berrinche ideológico.

Aquí aparece el coro de siempre: los que jamás han vivido bajo una dictadura, los que nunca han tenido que huir con una maleta, los que jamás han visto cerrar un periódico o un canal por ser de “oposición”. Desde la comodidad del aire acondicionado, dictan cátedra de “derecho internacional” y “soberanía”, conceptos que solo recuerdan cuando conviene al libreto.

Resulta curioso —por no decir cínico— ver a quienes jamás protestan por Cuba, Nicaragua o Venezuela, escandalizarse ahora porque “Estados Unidos se extralimitó”. Para ellos, nunca se extralimitó Maduro cuando encarceló opositores. Nunca se extralimitó cuando robó elecciones. Nunca se extralimitó cuando convirtió al Estado en un cartel. El problema es el arresto, al que ahora llaman “secuestro”.

Peor aún: si esto lo hubiese anunciado Obama, Biden o Kamala Harris, hoy estarían celebrando, escribiendo columnas emotivas y hablando de “justicia histórica”. Pero como lo hizo el presidente Donald Trump, mejor callarse. O peor: criticarlo. Aquí hay gente que no se atreve a celebrar el arresto de un dictador simplemente porque no les gusta quién lo logró.

A Maduro se le ofreció irse. Varias veces. Con salvoconducto, con exilio y con garantías. Pudo haber terminado dando conferencias en Europa, escribiendo memorias falsas o asesorando movimientos de izquierda desde algún retiro cómodo. Prefirió quedarse. Prefirió el poder, la represión y el negocio. Hoy no duerme en Miraflores; duerme en Nueva York. Las decisiones tienen consecuencias, aunque a algunos les moleste que esta vez sí las haya.

Trump no actúa como filósofo ni como diplomático de salón. Actúa como empresario: protege intereses, corta pérdidas y ejecuta cuando entiende que el costo de no hacerlo es mayor. Avisó. Dio opciones. Esperó. Y cuando se cansó, actuó. Lo demás es literatura.

En una edición especial de Primera Pregunta por Telemundo, el profesor Perichi, miembro del exilio venezolano en Puerto Rico, necesitó solo un minuto y cuarenta segundos para dar una clase. Sin gritos ni consignas, desmontó la narrativa completa de la izquierda local, incluyendo a los llamados “ni fu, ni fa”: los que andan “ni con Trump ni con Maduro”. Yo los llamaría los equidistantes. Por estrategia o por diseño, quedaron como espectadores cómodos de una tragedia ajena.

Porque cuando uno no puede decir claramente que el arresto de un dictador es una buena noticia —aunque no te guste quién lo logró— el problema no es el análisis. Es el carácter.

Y para los que todavía repiten que “todo esto es por el petróleo”, conviene refrescar la memoria. No fue Estados Unidos quien se quedó con el petróleo venezolano; fue el chavismo quien expulsó a las empresas americanas y entregó la industria. Tras eso no llegaron ONG ni colectivas solidarias: llegaron China, Rusia e Irán. Y no, no estaban en Venezuela por la receta de las arepas. Estaban —y están— por intereses estratégicos, financieros y geopolíticos. El petróleo no fue la causa; fue el botín que el chavismo repartió cuando decidió cambiar socios democráticos por aliados autoritarios.

¿Es este el final del chavismo-madurismo? No. ¿Es el principio del fin? Todo apunta a que sí.

Habrá transición, habrá tensión y habrá tiempo. No se desmontan 25 años de desastre en un fin de semana sin provocar una guerra civil. Por eso algunos personajes incómodos seguirán ahí por ahora. No por virtud, sino por cálculo. La justicia no es instantánea; es persistente.

Lo que sí quedó claro es que esta vez no fue retórica. Esta vez fue real. Y eso es lo que más les molesta.

En Puerto Rico, a muchos no les duele Maduro. Les duele Trump. Y les duele más que el cuento, esta vez, se acabó.