Maternidad en supervivencia
"Mamá que me lees, te veo, te entiendo y solo puedo decirte que todo pasa." expone Karla Mercado en esta columna llena de sentimientos.
Por Lcda. Karla Gabriela Mercado Rivera |Opinión|
Nunca en mi vida había escrito públicamente sobre mi vida personal, jamás pensé hacerlo. A duras penas hablo sobre ella, mucho menos escribir sobre ella. Pero algo se movió en mi este pasado 22 de mayo de 2026, el día de la graduación de cuarto año de mi hijo mayor.
Voy a comenzar diciendo que vivo rodeada de mujeres que maternan en supervivencia. Estas amigas en los chats y cafés, donde nos damos terapias no profesional que no tienen tiempo de procesar, de llorar, detenerse, de entender qué les pasó. Mujeres que no se preguntan cómo se sienten porque tienen que resolver y viven estresadas y esos momentos de hablar esporádicamente se sienten como el oasis del día. Mujeres que aman profundamente, pero aman corriendo, trabajando, estudiando, pagando cuentas. Con mucho miedo y con poca o ninguna red apoyo. Cansadas.
Durante mucho tiempo yo también fui una de ellas, pero siempre contando con una red de apoyo, lo que ayudó a que hoy por hoy esté donde quiero estar. Y aunque las entiendo y sé lo que se siente el haber estado en modo supervivencia por casi 18 años, de alguna manera me había vuelto inmune y borrado esas memorias. Porque cuando uno está sobreviviendo no tiene lenguaje para explicarlo, solo sigue y muchas veces hasta sin sentir nada.
La maternidad en supervivencia puede nacer de la edad, la necesidad económica, la salud, la relación con quien se coparenta, el momento de vida, la falta de apoyo, las decisiones que se tomaron o las que otros tomaron por ti. No hay una sola historia pero sí hay una sensación común y es que no es suficiente. No hay tiempo para pensar, no hay tiempo para sufrir, para superar... Hay que levantarse y resolver, ser fuerte, aunque por dentro sientas que te estás muriendo.
Yo fui madre muy joven. Y ser madre adolescente tiene una carga particular. La gente se cree con derecho a juzgarte, a señalarte, a corregirte, a decirte cómo debes maternar, como si desde el primer día ya estuvieras en deuda con el mundo. Que por haber sido madre joven, tuvieras que probar el doble que eres buena y de entrada fueras una mala madre hasta que demuestres lo contrario. Y ese juicio me endureció. A quien le ha pasado, sabe que todo eso te obliga a vivir a la defensiva y a sentirte sin derecho quejarte o cansarte. A no decir que tienes miedo. Porque cualquier vulnerabilidad parece confirmarle al mundo que tenían razón.
Hay un primer shock del que se habla poco. Ese momento en que nace tu bebé y no necesariamente sientes lo que todo el mundo dice que se supone que se sienta. La maternidad se idealiza tanto que, cuando llega acompañada de miedo, ansiedad, soledad o agotamiento, te sientes culpable. Y ahí comienza todo. Ahí creí que esa era la norma y no quise volver a tener hijos. Ciertamente los que me conocen saben que eso fue plan fallido.
Y llegó el 22 de mayo, la graduación de ese bebé que nació de una bebé. Ese día me obligó a mirar hacia atrás y dolió mucho. Abrí ese baúl donde todo lo vivido y esa supervivencia estaba bloqueada. Incluso trataba de recordar a mi hijo de pequeño y no podía. Ahí entendí lo mucho que se me fue de las manos. Lo mucho que no pude disfrutar y todo lo que hice en automático. Mi hijo mayor también vivió conmigo desde esa etapa de lucha, cambios constantes, cansancio y de una realidad dura. Pero así como para otras madres aunque le diera para atrás al tiempo no habría manera de hacerlo diferente porque había que sobrevivir.
Ese reconocimiento ha sido un luto. El luto de la maternidad que no pude tener con el. El luto por las versiones de mí que estaban tratando de sostenerlo todo sin saber cómo y por el tiempo que no vuelve. Y para todas aquella que me leen sepan que ese duelo es tan necesario. Para perdonarte y para poder dejar de tener una maternidad de supervivencia.
Sé que aun pudiendo retroceder el tiempo, muchas cosas probablemente tendrían que haber sido así. Porque esa era mi vida en ese momento. Esa era mi realidad.
Afortunadamente, con el tiempo, tuve la oportunidad de experimentar otra maternidad con mi segundo bebé. Una maternidad más consciente y despacio. Claro está, con madurez, estabilidad y un gran papá. He podido detenerme en sus etapas, mirar los detalles, profundizar en lo bueno y también en lo difícil. Una maternidad donde no todo se siente como emergencia. Y agradezco profundamente haber conocido esa otra cara que me estaba ayudando a despertar.
Así que con todo eso en contexto estoy lista para disfrutarme a mi hijo mayor desde esta etapa. Enfocada en lo que todavía podemos construir. Quiero abrirme a una nueva oportunidad con él y no volver a estar en modo automático. Mirarlo no solo como el niño que creció conmigo mientras yo luchaba, sino como el ser humano que todavía tengo la oportunidad de conocer, acompañar y amar de otra manera.
Creo que este escrito es parte de sanar. Parte de hacer las paces con la madre que fui. Con la mujer que fui. Con la niña que también estaba tratando de criar mientras criaba.
Porque tenemos que entender que maternar en supervivencia también es maternar con amor y entrega, aunque sea difícil. Pero llega un momento en que nos merecemos dejar de sobrevivir y empezar a vivir como madres.
Mamá que me lees, te veo, te entiendo y solo puedo decirte que todo pasa. Cuando llegue el duelo algo muere y la nueva oportunidad de amar viviendo llega. A mi me llegó el día de sanar. Mi hijo entró al cuarto y me dijo: “fuiste una buena mamá y te amo”. Para todas ustedes ese día también llegará.




