Midterms: ¿qué le conviene realmente a Puerto Rico?
Entre el rechazo republicano a la estadidad, y las contradicciones demócratas, urge pensar en nuestros intereses.
A solo dos días de las elecciones de medio término en Estados Unidos, conocidas como midterms, el Partido Republicano parece estar más cerca de recibir una pela electoral que de celebrar una victoria. Y no hace falta consultar a Nostradamus ni contratar una encuestadora para darse cuenta. Eso se ve desde un avión. Y sin abrir la ventanilla.
Pero mientras los estadounidenses deciden si le ponen un freno a Donald Trump, nosotros deberíamos preguntarnos: ¿qué resultado le conviene realmente a Puerto Rico?
Porque una cosa es lo que le conviene a los republicanos, otra a los demócratas y otra, muy distinta, a Puerto Rico.
Trump, el ELA y los populares callaos
Hace unos días ocurrió algo que, en otros tiempos, habría provocado una celebración en la sede del Partido Popular Democrático.
La administración Trump cuestionó ante las Naciones Unidas al Comité de Descolonización, criticó las gestiones promovidas por Cuba y recordó que Puerto Rico fue retirado de la lista de Territorios No Autónomos en 1953, tras el establecimiento del Estado Libre Asociado.
¡Setenta y tres años después, Washington continúa invocando aquel reconocimiento!
Y yo pregunto: ¿dónde estaban los populares?
No escuché grandes expresiones de agradecimiento ni una defensa contundente del significado histórico de aquella determinación.
¿Será que defender al ELA está permitido solamente cuando el presidente estadounidense es demócrata?
¿O será que algunos populares le tienen tanto miedo a Trump que prefieren tragarse la lengua antes que reconocer una expresión favorable a su propia institución política?
¿Vamos a terminar diciendo que somos colonia solamente porque Trump dice lo contrario?
Reconocer una postura favorable al ELA no significa respaldar toda una administración. Y aquella exclusión de la lista tampoco elimina las controversias constitucionales sobre nuestra relación con Washington.
Pero convertir la defensa de nuestras instituciones en un concurso de antipatías presidenciales no es doctrina política.
Es un berrinche ideológico.
Elon Musk y la estadidad que nadie quiere pagar
Como si faltaran ingredientes para este sancocho, apareció Elon Musk.
El magnate tecnológico, vinculado al movimiento MAGA, advirtió que una victoria demócrata completa en 2028 podría facilitar la estadidad para Washington D. C. y Puerto Rico. Por eso pidió conservar el control republicano del Senado.
Mientras el PNP lleva décadas vendiendo la estadidad como una mercancía esperando despacho en Washington, Musk recordó una realidad incómoda: admitir nuevos estados también es un cálculo de poder político.
Pero salgamos del libreto.
Puerto Rico tiene una deuda reestructurada, ingresos comprometidos y una Junta de Supervisión Fiscal interviniendo en sus finanzas.
¿Podemos asumir nuevas obligaciones contributivas federales mientras sostenemos nuestro sistema fiscal?
La estadidad podría ampliar beneficios federales, pero también modificaría las contribuciones sobre ingresos y las condiciones económicas de empresas y ciudadanos.
¿Se reducirían los impuestos locales? ¿Quién pagaría los servicios públicos?
Porque si mantenemos buena parte de las contribuciones locales y añadimos obligaciones federales, algunos terminarían pagando más.
Y la estadidad no viene con una tarjeta de regalo de Costco.
Ahora pongámonos en los zapatos de un congresista estadounidense.
¿Le conviene admitir un estado con problemas fiscales, infraestructura deteriorada y necesidades de inversión multimillonarias, especialmente si cree que elegiría dos senadores demócratas?
Washington no es una organización benéfica. Allí hasta los ideales pasan por la calculadora electoral.
Los demócratas y la independencia socialista
Quienes esperan que una victoria demócrata abra automáticamente las puertas de la estadidad deberían mirar hacia su izquierda.
La organización Democratic Socialists of America (DSA), vinculada al movimiento socialista estadounidense, respaldó expresamente la independencia de Puerto Rico en julio pasado.
No la estadidad. No el ELA.
La independencia.
Es cierto que DSA no controla al Partido Demócrata, pero su postura evidencia las diferencias internas sobre nuestro futuro político.
Mientras algunos estadistas esperan que los demócratas les entreguen la estrella número 51, sectores de la izquierda promueven exactamente lo contrario.
¿De dónde saldrían entonces los votos congresionales para admitirnos?
Porque ganar un plebiscito local no equivale a conseguir la estadidad.
Hace falta que el Congreso quiera admitirnos.
Ese pequeño detalle suele desaparecer de la propaganda estadista.
¿Y quién financia la independencia?
Tampoco podemos ignorar a quienes presentan la independencia como solución a nuestros problemas.
Una república tendría que negociar ciudadanía, comercio, seguridad, relaciones internacionales y la continuidad o sustitución de programas federales.
¿Puede Puerto Rico ser económicamente viable como nación independiente? Sí, pero necesitaría instituciones sólidas, crecimiento económico y una transición cuidadosamente negociada.
La soberanía no produce electricidad, no llena embalses ni deposita dinero automáticamente en Hacienda.
Y tampoco podemos presumir que Washington financiaría indefinidamente nuestra independencia porque algún socialista estadounidense considere que tiene una deuda moral con nosotros.
Las deudas morales no necesariamente se cobran en el Departamento del Tesoro.
El ELA necesita defensores, no acomplejados
Puerto Rico necesita fortalecer su relación con Estados Unidos, proteger su ciudadanía, ampliar su autonomía y defender sus intereses económicos.
Eso exige reconocer las limitaciones constitucionales existentes y trabajar por reformas reales, no vivir de fotografías de Muñoz Marín o Hernández Colón ni esconderse cada vez que defender al ELA pueda provocar críticas.
Defender la unión permanente no obliga a ser estadista. Defender nuestra autonomía tampoco obliga a ser independentista.
Este martes, los estadounidenses decidirán quién controla el Congreso.
Los republicanos defenderán sus intereses. Los demócratas, los suyos.
¿Y nosotros?
Quizás el problema no sea quién gane en Washington, sino que seguimos esperando que otros definan lo que nosotros mismos no nos atrevemos a defender.
Y así, señores, no se defiende un país.
Se administra un complejo.
Porque aquí sobran los discursos, pero escasean los pantalones.

Juan Luis Camacho es empresario, comunicador, analista político y exsecretario general del Partido Popular Democrático. Ha trabajado en medios, gobierno y estrategia pública, con experiencia en comunicaciones, mercadeo, asesoría legislativa y asuntos públicos. Escribe sobre política, gobierno y temas de actualidad con un enfoque crítico, directo y orientado al interés público.




