Trump les aguó la fiesta de la peregrinación a la ONU
La ofensiva de la administración Trump contra el Comité de Descolonización de la ONU desnuda las contradicciones del debate sobre el estatus.
Hay noticias que provocan indignación, otras sorpresa y algunas que, inevitablemente, nos arrancan una sonrisa. Esta semana me encontré con una de esas últimas: la administración de Donald Trump, por conducto de su embajadora adjunta ante las Naciones Unidas, Tammy Bruce, pidió ponerle fin al Comité Especial de Descolonización. Aunque algunos medios no quisieron hablar de esta noticia, yo voy a quitarle la sábana que trataron de ponerles por encima para esconderla.
¡A los que iban a la ONU todos los años, se les puede acabar la peregrinación!
Y no es poca cosa. Washington cuestionó la utilidad de un organismo que lleva décadas aprobando resoluciones que, al menos en el caso de Puerto Rico, no han cambiado absolutamente nada.
Pero lo verdaderamente interesante fue que Bruce utilizó precisamente a Puerto Rico para ilustrar las contradicciones del organismo.
Resulta que el 27 de noviembre de 1953, mediante la Resolución 748 (VIII), la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció el nuevo arreglo de gobierno propio establecido con la Constitución del Estado Libre Asociado y determinó que Estados Unidos no tenía que continuar presentando informes sobre Puerto Rico como territorio no autónomo.
¡Hace 73 años!
Para disgusto de independentistas y estadistas, Puerto Rico dejó de figurar en aquella lista. Eso no significa que desaparecieran las controversias sobre los poderes del Congreso federal o nuestro futuro político. Significa, sencillamente, que la ONU tomó una determinación histórica que algunos llevan siete décadas intentando revertir.
Actualmente existen 17 territorios no autónomos en la lista de Naciones Unidas. Entre ellos están Guam, Samoa Americana y las Islas Vírgenes estadounidenses.
¿Puerto Rico? ¡Fuera de la lista desde 1953!
Sin embargo, cada año observamos la tradicional peregrinación de independentistas boricuas a Nueva York. Más recientemente, algunos estadistas también descubrieron las virtudes del turismo diplomático. Llegan, pronuncian discursos, se toman fotografías, celebran otra resolución y regresan anunciando que la descolonización está más cerca.
Lo curioso es quiénes impulsan esas resoluciones: Cuba y aliados como Nicaragua, Venezuela, Iran y Rusia, entre otros gobiernos que difícilmente pueden presumir de impecables credenciales democráticas.
¡Los mismos que restringen libertades en sus países vienen a darnos cátedra sobre autodeterminación!
Pero la historia se pone todavía más interesante cuando recordamos los pronósticos que circularon al comenzar este cuatrienio.
Que Trump odiaba a Puerto Rico. Que era un racista dispuesto a castigarnos. Que firmaría una orden ejecutiva concediéndonos la independencia. Hasta hubo quienes fantasearon con que Venezuela y Groenlandia alcanzarían la estadidad americana antes que nosotros.
Pues llegó la realidad. Y llegó sin pedir permiso.
En enero, Trump ordenó la operación militar que terminó con Nicolás Maduro capturado y trasladado a una cárcel federal en Nueva York, donde enfrenta acusaciones criminales.
Se terminó el gobierno de Maduro, aunque su antigua vicepresidenta, Delcy Rodríguez, asumió interinamente el poder.
Y aquí viene algo que, en mi opinión, merece mayor discusión.
Durante décadas, el petróleo venezolano sirvió como instrumento de influencia política y económica del chavismo en América Latina. Cuba fue uno de sus principales beneficiarios, recibiendo combustible mediante acuerdos preferenciales que representaban un respaldo extraordinario para su régimen.
Tras la captura de Maduro y la intervención estadounidense en las exportaciones venezolanas, aquel suministro se interrumpió.
Se cerró una llave petrolera que durante años sostuvo mucho más que plantas generadoras. También sostuvo alianzas políticas.
Sostengo una tesis que probablemente incomodará a muchos: la pérdida de esa capacidad venezolana para repartir recursos y respaldar gobiernos ideológicamente afines puede estar acelerando el avance de la derecha latinoamericana.
No digo que sea la única razón. Sería absurdo ignorar la inflación, la criminalidad, la corrupción y el desencanto ciudadano. Tampoco afirmo que cada victoria conservadora se explique por la caída de Maduro. De hecho, varias ocurrieron antes.
Pero cuando se reduce el acceso privilegiado a recursos económicos y energéticos, también disminuye la capacidad de sostener determinadas alianzas políticas. A mi juicio, eso puede contribuir a que las distintas corrientes compitan en condiciones menos desiguales.
Y los resultados electorales muestran una transformación regional.
Argentina eligió a Javier Milei. Chile llevó a José Antonio Kast a la presidencia. Ecuador respaldó nuevamente a Daniel Noboa. Este año Bolivia, Honduras, Laura Fernández en Costa Rica, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia también registraron victorias de fuerzas conservadoras o de centroderecha.
Y ahora todas las miradas están puestas en Brasil.
Este domingo, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, enfrenta al presidente Luiz Inácio Lula da Silva en una segunda vuelta electoral.
Bolsonaro llegó primero en la votación inicial, con 47.03 % frente al 45.16 % de Lula. La competencia sigue cerrada, pero el resultado de la primera vuelta demuestra que el movimiento conservador brasileño conserva una fuerza electoral formidable.
Brasil podría convertirse en otro capítulo de esta transformación política continental.
Mientras tanto, Trump consiguió algo que también desbarató ciertos pronósticos: un acuerdo con Dinamarca y Groenlandia que amplía significativamente la presencia militar estadounidense en el Ártico, establece nuevas posibilidades para instalaciones de defensa y restringe inversiones estratégicas de países adversarios.
Sin convertir a Groenlandia en un estado. Sin anexarla. Y manteniendo formalmente la soberanía danesa.
¡Qué inconveniente para los fabricantes de teorías!
Y aquí regresamos a nuestra querida Isla del Encanto.
Los independentistas contemplan cómo Washington cuestiona precisamente el organismo internacional al que llevan décadas recurriendo. Los estadistas tampoco tienen mucho que celebrar: Trump no les ha prometido convertir a Puerto Rico en el estado 51.
Algunos miran esperanzados hacia el Partido Demócrata, sin recordar que dentro de esa colectividad conviven partidarios de la estadidad, defensores de la independencia y sectores socialistas que respaldan otras fórmulas de autodeterminación.
¡Vaya enredo!
Unos esperando que Naciones Unidas les consiga la independencia. Otros esperando que Washington les conceda la estadidad. Y demasiados olvidando que las aspiraciones políticas requieren algo más que resoluciones simbólicas, consignas y viajes a Nueva York.
Aclaremos que Trump todavía no ha eliminado el Comité. Ha solicitado que se termine su mandato. Pero el mensaje político estadounidense quedó establecido.
Personalmente, sigo convencido de que Puerto Rico debe fortalecer su autonomía, mejorar su relación política con Estados Unidos y defender los instrumentos de gobierno propio que hemos construido, en lugar de convertir nuestro futuro en rehén de las disputas ideológicas internacionales.
Porque mientras el mundo cambia, aquí algunos siguen discutiendo cómo regresar a una lista de la que salimos hace siete décadas.
Y después de tantos viajes, discursos y fotografías en Naciones Unidas, Trump parece haberles enviado un mensaje bastante sencillo:
No solamente se quedaron esperando que les resolvieran el estatus. ¡Ahora hasta les quieren cerrar la ventanilla donde iban a pedirlo!

Juan Luis Camacho es empresario, comunicador, analista político y exsecretario general del Partido Popular Democrático. Ha trabajado en medios, gobierno y estrategia pública, con experiencia en comunicaciones, mercadeo, asesoría legislativa y asuntos públicos. Escribe sobre política, gobierno y temas de actualidad con un enfoque crítico, directo y orientado al interés público.




