¿Por qué América Latina gira a la derecha? - Opinión
Los temas de seguridad, economía y desencanto con la política impulsan a la derecha en América Latina y plantean una pregunta para Puerto Rico.
Algo está cambiando en América Latina. No ocurre simultáneamente, ni responde exactamente a las mismas causas en todos los países. Tampoco significa que el continente haya abrazado de repente una misma ideología. Pero los últimos ciclos electorales comienzan a trazar una tendencia que merece atención: distintas expresiones de la derecha han ganado terreno y, en varios países, han logrado canalizar el descontento ciudadano. La pregunta inevitable es: ¿por qué?
Quizás la primera equivocación sea asumir que millones de latinoamericanos despertaron una mañana convertidos ideológicamente a la derecha. Los electorados rara vez funcionan de manera tan doctrinaria. Más que una conversión ideológica colectiva, parece que lo que ocurre es un cambio de prioridades.
Durante años, buena parte de la conversación política latinoamericana estuvo dominada por debates sobre desigualdad, redistribución, derechos sociales y expansión del Estado. Muchos de esos asuntos siguen siendo importantes. Pero cuando el ciudadano teme salir a la calle, cuando el salario no alcanza, cuando conseguir empleo se vuelve difícil o cuando se percibe que el gobierno no puede controlar la criminalidad, administrar eficientemente los recursos públicos ni garantizar servicios esenciales, la jerarquía de sus preocupaciones cambia.
La seguridad es probablemente el ejemplo más evidente.
El crecimiento del crimen organizado, del narcotráfico y de la violencia ha transformado el debate político en distintos países. Incluso sociedades que durante años se consideraron relativamente seguras han visto cómo la preocupación por el crimen ocupa cada vez más espacio en las campañas electorales. Y existe una realidad política bastante sencilla: quien tiene miedo no quiere una explicación académica sobre las causas de la criminalidad. Quiere poder caminar por su comunidad, abrir su negocio y criar a sus hijos con tranquilidad.
Pero existe otro factor igualmente importante: la economía volvió a sentirse en el bolsillo.
No hablamos solamente del crecimiento del producto interno bruto ni de las estadísticas que se presentan en una conferencia de prensa. Hablamos del precio de los alimentos, de la vivienda, de la energía y del crédito. Hablamos de cuánto dinero queda después de pagar las cuentas y de si una persona siente que, al trabajar, puede progresar.
Argentina representa quizás el experimento más dramático de este nuevo escenario. Javier Milei llegó al poder prometiendo reducir el tamaño del Estado, enfrentar la inflación descontrolada y recuperar la disciplina fiscal. Sus políticas han implicado ajustes importantes y continúan generando un intenso debate. Pero su llegada al poder reintrodujo con fuerza una conversación que, durante demasiado tiempo, algunos sectores parecían evitar: el Estado también tiene límites. No todo problema se resuelve creando una agencia, aumentando el presupuesto, imponiendo una regulación o estableciendo un nuevo subsidio. Eventualmente, alguien paga la cuenta.
Existe, además, otro elemento que trasciende la tradicional división entre izquierda y derecha: el cansancio por la política.
Durante años, diversos estudios regionales han evidenciado bajos niveles de confianza en las instituciones democráticas. Para muchos ciudadanos, las promesas se repiten mientras los problemas persisten. Ese desencanto abre espacio para candidatos que prometen romper con las formas tradicionales de gobernar. Por eso figuras muy distintas pueden conectar con un sentimiento parecido. No necesariamente comparten la misma filosofía política ni ofrecen las mismas soluciones. Lo que comparten es un electorado que exige cambios y parece tener cada vez menos paciencia para esperar resultados. Ahí está, precisamente, la advertencia que la derecha debería escuchar.
Ganar elecciones no equivale a haber ganado de manera permanente la confianza de los ciudadanos. El mismo elector que ayer castigó a la izquierda puede mañana castigar a la derecha si esta repite los mismos vicios bajo otra bandera. América Latina conoce demasiado bien ese péndulo.
Por eso, quizás estemos presenciando más bien una enorme demanda de efectividad que una conversión ideológica. Los ciudadanos quieren seguridad sin perder libertad; crecimiento económico que llegue a sus hogares; gobiernos capaces de administrar sin convertir cada problema en otra estructura burocrática; instituciones que funcionen; oportunidades para progresar y dirigentes capaces de producir resultados.
La derecha tiene ante sí el reto de demostrar que sus principios pueden traducirse en bienestar cotidiano. Defender la libertad económica no significa ignorar a quien atraviesa dificultades. La responsabilidad fiscal no es sinónimo de insensibilidad social. Al contrario: pocas cosas resultan más injustas para quienes menos tienen que una inflación que destruye su poder adquisitivo o un Estado endeudado que promete beneficios que mañana no podrá pagar.
Hablar de inflación es hablar del trabajador cuyo salario pierde valor. Hablar de criminalidad es hablar de una familia que tiene miedo. Hablar de crecimiento económico es hablar del joven que necesita empleo. Hablar de disciplina fiscal es preguntarnos quién pagará mañana las obligaciones que asumimos hoy. Ahí puede encontrarse una de las claves para entender este momento político.
América Latina quizás no se esté volviendo simplemente más de derecha. Puede que se haya cansado de esperar resultados y esté buscando alternativas distintas a las que, durante años, no han logrado resolver sus problemas más inmediatos.
Ahora les corresponde a quienes reciben esa oportunidad demostrar que pueden hacerlo mejor.
Ojalá lo hagan. Ojalá gobiernen con responsabilidad, protejan las instituciones democráticas, recuperen la seguridad, generen oportunidades y entiendan que una victoria electoral no es un cheque en blanco, sino una encomienda. Porque el verdadero éxito no será que la derecha gane más elecciones. Lo será que el gobierno lo haga lo suficientemente bien como para que los pueblos no tengan que regresar al punto del que sus ciudadanos quisieron salir. Ese sería, más que un triunfo de la derecha, un triunfo para América Latina.
Y mientras observamos cómo cambian las prioridades políticas en nuestro hemisferio, quizás convenga hacernos una última pregunta, mucho más cercana: ¿está Puerto Rico experimentando ese mismo cambio de prioridades o todavía seguimos teniendo las discusiones políticas de siempre?

Janille Rodríguez Beamud es abogada, notaria y asesora estratégica con cerca de dos décadas de experiencia en derecho corporativo, transacciones comerciales, relaciones laborales, cumplimiento regulatorio, derecho administrativo y planificación estratégica. A lo largo de su carrera, ha asesorado a empresas, organizaciones profesionales, entidades gubernamentales y organizaciones sin fines de lucro en asuntos legales, regulatorios, legislativos y de política pública, incluidos temas relacionados con el desarrollo económico, las relaciones gubernamentales y los asuntos federales. Participa activamente en el análisis de temas legales, económicos, regulatorios y de política pública que inciden en la competitividad, la inversión y el desarrollo de Puerto Rico.




